La noche del 31 de diciembre de 2025 se cernía sobre Madrid con una frialdad que no era solo climática. Elías, un programador de sistemas de 34 años, había elegido la soledad de su ático para trabajar en un bug crítico. Desde su ventana, la Puerta del Sol era un punto de luz y ruido distante, un vórtice de alegría que él había decidido evitar. Su única compañía era el zumbido de los servidores y el tic-tac de un viejo reloj de pared que marcaba las 23:58.
Había apagado el televisor para concentrarse, pero el sonido de las campanadas de prueba, graves y resonantes, se filtró por el doble acristalamiento. Elías se frotó los ojos, sintiendo el peso de un año que se negaba a terminar. A las 23:59, se levantó para servirse un vaso de agua, una tregua autoimpuesta antes de la medianoche.
Cuando el reloj de la Puerta del Sol comenzó su ritual, Elías se detuvo.
Una. El primer golpe vibró en el cristal de su vaso.
Dos. Una sombra, que no estaba antes, se proyectó en la pared de su estudio, aunque la única luz venía de su monitor.
Tres. Elías sintió un escalofrío que no era del frío. La sombra se alargó, distorsionándose.
Cuatro. Elías se giró, pero no había nada detrás de él. Solo la pared blanca.
A las doce campanadas, el ritual debía terminar. El estallido de júbilo, los gritos de “¡Feliz Año Nuevo!”, la explosión de fuegos artificiales. Pero el silencio se hizo más profundo, y el reloj siguió sonando.
Trece. Elías miró su reloj de pared. Marcaba las 00:00 del 1 de enero de 2026. Pero el sonido continuaba, un golpe metálico, lento y deliberado.
Catorce. La sombra regresó, más definida. No era la silueta de un hombre, sino algo con extremidades demasiado largas, una figura que desafiaba la geometría de la luz.
Quince. Elías se acercó a la ventana. Abajo, la multitud en Sol no celebraba. Estaban inmóviles, cabezas levantadas, mirando el reloj en un silencio sepulcral.
Dieciséis. El aire se hizo denso. Elías notó un olor a azufre y a metal oxidado. El monitor de su ordenador parpadeó, mostrando un único mensaje en texto verde: COUNTING.
El pánico se instaló. Intentó gritar, pero su garganta estaba seca. Las campanadas seguían, cada una un martillazo en la realidad.
Veinte. Elías vio que la multitud en la plaza no eran personas. Eran estatuas de sal, o quizás de ceniza, perfectamente quietas.
Veinticinco. El cristal de su ventana se agrietó con un sonido seco, como un hueso rompiéndose.
Treinta. La sombra ya no estaba en la pared. Estaba en el techo, moviéndose con la lentitud de un insecto gigante.
Elías corrió hacia la puerta, pero la manija estaba hirviendo. Se quemó la mano al intentar girarla. Estaba atrapado.
Cuarenta. El sonido de las campanadas ya no venía de la torre. Venía de dentro de su cabeza, un eco sordo que le hacía sangrar la nariz.
Cincuenta. La figura del techo se dejó caer. No hizo ruido. Era alta, delgada, y sus ojos eran los huecos oscuros de un cráneo. Se acercó a Elías, que se había desplomado en el suelo.
Sesenta. Elías cerró los ojos, esperando el final. El golpe fue tan fuerte que el edificio entero pareció temblar.
Y entonces, el silencio.
Elías abrió los ojos. La figura se había ido. El olor a azufre se había disipado. Se levantó con dificultad. Su reloj de pared marcaba las 00:05 del 1 de enero de 2026.
Se acercó a la ventana, temblando. La Puerta del Sol estaba vacía. No había estatuas de ceniza, ni multitudes. Solo basura y confeti.
Pero en el centro de la plaza, el reloj de la torre ya no tenía manecillas. En su lugar, había un único y gigantesco ojo negro, que parpadeó una vez.
Y en el silencio del primer día del año, Elías escuchó un susurro, no con sus oídos, sino con el centro de su alma:
Sesenta y uno.
Elías supo entonces que el año 2026 no había llegado. Solo había llegado la cuenta. Y él era el siguiente.