General La Nochevieja Maldita. Historia de terror

Fenix_ardiente

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El aire helado de la última noche del año se colaba por las rendijas de la vieja cabaña, silbando una melodía discordante que ponía los pelos de punta. Éramos cinco amigos, buscando una “auténtica” experiencia de Nochevieja, lejos del ruido de la ciudad. Lo que encontramos fue un silencio tan denso que parecía absorber el sonido.

La cabaña, heredada por Marcos, estaba en lo profundo de un bosque que los lugareños evitaban. Nos advirtieron: “No celebren el cambio de año allí. El bosque no quiere que el tiempo avance.” Lo tomamos por superstición.

A las once y media, la fiesta era un fracaso. La chimenea crepitaba débilmente, y la botella de sidra estaba casi vacía. De repente, la luz se fue. Una oscuridad absoluta nos envolvió, solo rota por el rojo moribundo de las brasas.

—Genial —murmuró Sara, encendiendo la linterna de su móvil.

Fue entonces cuando lo oímos. Un sonido que venía de fuera, un arrastrar lento y pesado, como si alguien caminara descalzo sobre la nieve congelada, pero con una cadencia antinatural. Se detuvo justo en la puerta.

Marcos se levantó, pálido. —Voy a ver qué es.

—¡No! —le detuvo David—. Es casi medianoche. Esperemos.

El reloj de pared, que funcionaba con pilas, comenzó a sonar. Las campanadas no eran las alegres de la celebración, sino un tañido grave y lento, como el de una campana de iglesia en un funeral.

Once y cincuenta y nueve.

El arrastrar de pies se reanudó, pero esta vez venía del interior de la cabaña. Estaba en el pasillo, más allá de la luz de la chimenea. La linterna de Sara temblaba, iluminando brevemente una mancha oscura en el suelo de madera. No era barro. Era sangre.

Doce menos diez segundos.

El sonido se acercó. Un hedor a tierra mojada y carne putrefacta llenó la sala. Nos acurrucamos, paralizados por un terror primario.

Tres, dos, uno…

El reloj dio la primera campanada de medianoche. En lugar del grito de “¡Feliz Año Nuevo!”, un alarido gutural y desgarrador resonó en la cabaña.

La linterna de Sara cayó al suelo, rodando y apuntando hacia el rincón más oscuro. Vimos una figura. No era humana. Era alta, esquelética, con extremidades demasiado largas y una piel grisácea y apergaminada. Su rostro era una máscara de desesperación, con la boca abierta en un grito silencioso.

Pero lo peor no fue su apariencia. Fue lo que hizo.

Con un movimiento espasmódico, la criatura levantó su mano huesuda y señaló el reloj de pared. La manecilla de los minutos, que acababa de pasar el 12, retrocedió con un chirrido metálico hasta el 11.

La criatura se giró hacia nosotros, y en su mirada vacía, entendimos. No era un monstruo que venía a matarnos. Era algo que venía a impedir que el tiempo avanzara.

El reloj volvió a sonar. Once y cincuenta y nueve.

La criatura se desvaneció en la oscuridad. El arrastrar de pies se alejó.

Marcos, en un estado de shock catatónico, se arrastró hasta el reloj y lo arrancó de la pared. Lo destrozó contra el suelo.

—¡No! ¡No más! —sollozó.

El silencio regresó, pero era un silencio roto.

Salimos de allí al amanecer, sin mirar atrás. Nunca hablamos de lo que vimos.

Pero hay algo que sé con certeza.

Cuando miré mi móvil al salir del bosque, la fecha no era 1 de enero. Seguía siendo 31 de diciembre.

Y cada año, cuando se acerca la medianoche, siento el frío en el aire y escucho, muy a lo lejos, el arrastrar lento y pesado. El bosque no quiere que el tiempo avance. Y nosotros, por intentar celebrarlo allí, estamos condenados a revivir la víspera de Año Nuevo, una y otra vez, hasta que…

Hasta que el tiempo se detenga por completo.
 
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Pole escalofriante!!!
 
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