Psicomonje Cortés
Shurmano Leyenda
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Es la primera vez que cuento esto por aquí.
Tengo Altas Capacidades (ACC) y TDA (no TDAH). Cuya combinación se conoce como Criterio de Doble Excepcionalidad.
IQ medido de 144 puntos.
En cierto modo, lo que muchos consideran una bendición puede convertirse en todo lo contrario. Por eso, podríamos decir que tener ACC es, como digo yo, como ser "retrasado por arriba".
Por supuesto, he crecido escuchando que quienes tenemos altas capacidades estamos destinados al éxito. Que la inteligencia es una ventaja infalible, una especie de pasaporte que abre puertas sin esfuerzo.
Con el tiempo comprendí que esa idea es tan cómoda como equivocada.
Tener una mente que funciona de manera diferente, incluso de forma más eficaz o eficiente que las mentes típicas en muchos ámbitos, no garantiza el éxito; a veces incluso lo complica todo.
Desde muy pequeño me acostumbré a pensar más rápido de lo que podía explicar. Observaba, analizaba y conectaba cosas que los demás ni siquiera parecían notar. Aquello que para mí era natural, para otros resultaba extraño o innecesario.
A los niños de mi edad, por lo general, les resultaba incomprensible. Tanto como a los adultos. La diferencia es que mientras los niños sentían curiosidad o admiración, los adultos tendían a tenerme por desobediente, perezoso e incluso impertinente.
Con frecuencia señalaba las fallas lógicas e incongruencias de los adultos y esto los ponía de los nervios. Especialmente a los profesores, a los que con frecuencia corregía en clase.
¿Como podía explicarle al profesor de matemáticas que era capaz de resolver los problemas más complejos de inmediato con tan solo leer el enunciado, sin que sintiera el más mínimo interés por hacer el desarrollo que exigía el curriculum escolar?
¿Como podía explicarle a la de Historia que su interpretación pseudo-marxista de la asignatura no solo era errada, si no sumamente estúpida?
Mi profesora de filosofía, en la selectividad, me pegó una bronca de primera porque había sacado el examen de filosofía con un 9,8 de nota, habiendo escogido a Marx. Nunca dimos Marx en clase. Pero yo ya me había leído El Capital a los 16 años en la biblioteca pública, porque descubrí pronto la afición de discutir con marxistas (su fanatismo e incongruencia me suscitan un extraño morbo intelectual).
Y qué decir de mis compañeros: ¿cómo iba a desarrollarme con ellos, entre ellos, si para mí carecían de profundidad y muchos me miraban con el recelo propio de la incomprensión?
En el colegio saltaba de una pelea a otra y no pertenecía a ningún grupo, pero tenía un lugar honorífico en todos. Las mujeres me seguían en manada porque percibían en mi cualidades particulares, pero era incapaz de relacionarme con ellas, porque la amplia mayoría me parecían simplemente retrasadas mentales. Cuando empecé a tontear con ellas en la adolescencia, me harté de oír la frase "es que me siento tonta a tu lado". Con el tiempo empecé a responderme mentalmente de forma involuntaria "Desde luego lo pareces y yo no sé qué coño hago perdiendo el tiempo aquí contigo."
Encontré pocos aliados en aquella época y pasaba más tiempo fuera de clase que dentro. Me expulsaban por toda clase de razones.
Sin embargo, otros adultos, pocos, me tenían en alta estima. Por desgracia, no supieron protegerme del resto.
En la universidad, más de lo mismo, quitando las peleas, que se trasladaron a bares y discotecas. Con las mujeres, la cosa mejoró ligeramente pero me cansé pronto de tener un séquito y muchas veces sentí que abusaba de mi comprensión superior de las dinámicas de seducción. Para mí, las relaciones con ellas se convirtieron en un divertido juego repleto de premios sexuales y egóticos que, con frecuencia, me traían más problemas que soluciones. Y quedé arrepentido de muchas chicas que se ilusionaron conmigo y a las que no les di más que fuegos de artificio y algún revolcón. Por todo ello comencé a ganarme una fama de doble filo de "playboy", que tampoco me ayudaba a integrarme.
La distancia entre mi manera de entender el mundo y la de los demás no tardó en volverse demasiado evidente. A menudo me sentí fuera de lugar, no porque quisiera ser diferente, sino porque simplemente lo era.
Aprendí pronto que pensar más no siempre ayuda a vivir mejor. Una comprensión profunda puede convertirse en un ruido constante, en una dificultad para desconectar, para disfrutar de la simplicidad o aceptar la incertidumbre.
Descubrí que muchas personas confunden la rapidez mental con arrogancia, una excelente capacidad de abstracción con pedantería y la curiosidad con rebeldía. Y cuando el entorno no entiende, lo más fácil es aislarse.
Esa desconexión tuvo consecuencias: el rendimiento académico dejó de entusiasmarme, las relaciones se volvieron complicadas y mi autoestima fluctuó entre la exigencia y la duda. No porque me sintiera superior, sino porque no terminaba de entender cuál era mi lugar en un mundo que parecía hablar otro idioma.
Además, veía mi talento desperdiciado en el colegio y en la universidad, pero tampoco sabía cómo sacarle partido, más allá de seguir el camino establecido que tan poco me interesaba. Mis padres, por desgracia, se habían acostumbrado a censurarme constantemente, como si fuera yo el problema, en vez de tenerlo.
Había muchas cosas que no entendía, a pesar de mi inteligencia, y me sentía como un Ferrari sobre una pista de barro, patinando de un lado a otro y alcanzando metas complicadas sin esfuerzo, pero las sencillas de forma desastrosa o con un coste brutal.
Cuando comprendes el tejido del mundo y sus dinámicas con rapidez, los intereses mundanos resultan vulgares y nuevas preguntas más complejas se agolpan en la cabeza. Muchas de ellas en bucle, sin respuesta aparente. Pero la porfía en el cálculo permanece incesante.
Esa marginalidad velada, esa separación del resto, me llevo a una especie de exilio social. Tendía a llevarme con gente mayor que yo y de ámbitos muy distintos. Mi curiosidad extrema me llevó a lugares muy peligrosos y a compañías nada recomendables, en algunos casos. Por fortuna, conseguía salir vivo para contarlo, pero amaba demasiado el riesgo.
Tardé mucho tiempo en conseguir que empezaran a encajar las piezas y, de alguna manera, todavía sigo en ello. Comprendí que las altas capacidades no son una mera etiqueta, si no una forma distinta de percibir y procesar la realidad.
No se trata de destacar, sino de aprender a convivir con una mente que a veces corre más de lo que las emociones pueden seguir, o incluso de lo que el resto de personas son capaces de interpretar y comprender.
Hoy miro esa diferencia con otra perspectiva. No la idealizo, pero tampoco la oculto. Entendí que el verdadero reto no está en ser más capaz, sino en ser más comprensivo: con uno mismo y con los demás. Porque al final, ninguna mente —por brillante que sea— puede florecer sola.
Creo que no hay una comprensión profunda y generalizada de este tema en sociedad, tan solo en ámbitos especializados. Si me hubieran detectado esto a tiempo y me hubieran metido en un colegio de educación especial, quizá hoy en día estaría trabajando en la puta NASA y no conocería Shurmanos, lo cual hubiera sido una auténtica pena.
Por supuesto que no me arrepiento de mi vida, aunque si tengo la sensación de haber perdido mucho tiempo y haber sufrido muchísimo más de lo que me tocaba, innecesariamente.
Ahora que veo la luz y comienzo a ubicarme mejor siento mayor compasión por el mundo y procuro hacerme todo lo comprensible que puedo a otros, aunque a veces no lo consiga.
Si habéis llegado hasta aquí, os estoy muy agradecido por vuestro interés.
Como recompensa os dejo una entrevista de un chico que pasó un proceso muy similar al mío y con el que me siento bastante identificado. De su boca podréis conocer más lo que las ACC y el TDA o TDAH suponen para una persona y el tipo de vida en el que puedes acabar si no se te detecta a tiempo.
Además de esta entrevista os recomiendo un documental que está en Movistar Plus solamente, que se llama Altas capacidades (Out of the box). Es único en su especie y merece mucho la pena verlo.
Por último, ya como bonus, os dejo una canción que descubrí hace unos pocos meses, y en la que de alguna manera veo reflejado el extenuante camino que he seguido en mi vida. Espero que os guste.
REMUSEN PARA SHURMANERS RETARDERS:
Tengo altas capacidades (IQ 144) y TDA: soy un "retrasado por arriba". Corregía a profesores sobre Marx a los 16 años, me expulsaban por listo, las chicas me seguían pero se sentían tontas a mi lado (¡y yo pensaba "lo eres!"). Me sentía como un Ferrari sobre barro: resuelvo lo jodido fácil, pero lo simple me la pela. Sufrí aislamiento, peleas y sexo egoico hasta que pillé que el truco es ser comprensivo, no solo listo. Ojalá me hubieran metido en un cole especial; ahora estaría en la NASA, no debatiendo con shurmanos.
Tengo Altas Capacidades (ACC) y TDA (no TDAH). Cuya combinación se conoce como Criterio de Doble Excepcionalidad.
IQ medido de 144 puntos.
En cierto modo, lo que muchos consideran una bendición puede convertirse en todo lo contrario. Por eso, podríamos decir que tener ACC es, como digo yo, como ser "retrasado por arriba".
Por supuesto, he crecido escuchando que quienes tenemos altas capacidades estamos destinados al éxito. Que la inteligencia es una ventaja infalible, una especie de pasaporte que abre puertas sin esfuerzo.
Con el tiempo comprendí que esa idea es tan cómoda como equivocada.
Tener una mente que funciona de manera diferente, incluso de forma más eficaz o eficiente que las mentes típicas en muchos ámbitos, no garantiza el éxito; a veces incluso lo complica todo.
Desde muy pequeño me acostumbré a pensar más rápido de lo que podía explicar. Observaba, analizaba y conectaba cosas que los demás ni siquiera parecían notar. Aquello que para mí era natural, para otros resultaba extraño o innecesario.
A los niños de mi edad, por lo general, les resultaba incomprensible. Tanto como a los adultos. La diferencia es que mientras los niños sentían curiosidad o admiración, los adultos tendían a tenerme por desobediente, perezoso e incluso impertinente.
Con frecuencia señalaba las fallas lógicas e incongruencias de los adultos y esto los ponía de los nervios. Especialmente a los profesores, a los que con frecuencia corregía en clase.
¿Como podía explicarle al profesor de matemáticas que era capaz de resolver los problemas más complejos de inmediato con tan solo leer el enunciado, sin que sintiera el más mínimo interés por hacer el desarrollo que exigía el curriculum escolar?
¿Como podía explicarle a la de Historia que su interpretación pseudo-marxista de la asignatura no solo era errada, si no sumamente estúpida?
Mi profesora de filosofía, en la selectividad, me pegó una bronca de primera porque había sacado el examen de filosofía con un 9,8 de nota, habiendo escogido a Marx. Nunca dimos Marx en clase. Pero yo ya me había leído El Capital a los 16 años en la biblioteca pública, porque descubrí pronto la afición de discutir con marxistas (su fanatismo e incongruencia me suscitan un extraño morbo intelectual).
Y qué decir de mis compañeros: ¿cómo iba a desarrollarme con ellos, entre ellos, si para mí carecían de profundidad y muchos me miraban con el recelo propio de la incomprensión?
En el colegio saltaba de una pelea a otra y no pertenecía a ningún grupo, pero tenía un lugar honorífico en todos. Las mujeres me seguían en manada porque percibían en mi cualidades particulares, pero era incapaz de relacionarme con ellas, porque la amplia mayoría me parecían simplemente retrasadas mentales. Cuando empecé a tontear con ellas en la adolescencia, me harté de oír la frase "es que me siento tonta a tu lado". Con el tiempo empecé a responderme mentalmente de forma involuntaria "Desde luego lo pareces y yo no sé qué coño hago perdiendo el tiempo aquí contigo."
Encontré pocos aliados en aquella época y pasaba más tiempo fuera de clase que dentro. Me expulsaban por toda clase de razones.
Sin embargo, otros adultos, pocos, me tenían en alta estima. Por desgracia, no supieron protegerme del resto.
En la universidad, más de lo mismo, quitando las peleas, que se trasladaron a bares y discotecas. Con las mujeres, la cosa mejoró ligeramente pero me cansé pronto de tener un séquito y muchas veces sentí que abusaba de mi comprensión superior de las dinámicas de seducción. Para mí, las relaciones con ellas se convirtieron en un divertido juego repleto de premios sexuales y egóticos que, con frecuencia, me traían más problemas que soluciones. Y quedé arrepentido de muchas chicas que se ilusionaron conmigo y a las que no les di más que fuegos de artificio y algún revolcón. Por todo ello comencé a ganarme una fama de doble filo de "playboy", que tampoco me ayudaba a integrarme.
La distancia entre mi manera de entender el mundo y la de los demás no tardó en volverse demasiado evidente. A menudo me sentí fuera de lugar, no porque quisiera ser diferente, sino porque simplemente lo era.
Aprendí pronto que pensar más no siempre ayuda a vivir mejor. Una comprensión profunda puede convertirse en un ruido constante, en una dificultad para desconectar, para disfrutar de la simplicidad o aceptar la incertidumbre.
Descubrí que muchas personas confunden la rapidez mental con arrogancia, una excelente capacidad de abstracción con pedantería y la curiosidad con rebeldía. Y cuando el entorno no entiende, lo más fácil es aislarse.
Esa desconexión tuvo consecuencias: el rendimiento académico dejó de entusiasmarme, las relaciones se volvieron complicadas y mi autoestima fluctuó entre la exigencia y la duda. No porque me sintiera superior, sino porque no terminaba de entender cuál era mi lugar en un mundo que parecía hablar otro idioma.
Además, veía mi talento desperdiciado en el colegio y en la universidad, pero tampoco sabía cómo sacarle partido, más allá de seguir el camino establecido que tan poco me interesaba. Mis padres, por desgracia, se habían acostumbrado a censurarme constantemente, como si fuera yo el problema, en vez de tenerlo.
Había muchas cosas que no entendía, a pesar de mi inteligencia, y me sentía como un Ferrari sobre una pista de barro, patinando de un lado a otro y alcanzando metas complicadas sin esfuerzo, pero las sencillas de forma desastrosa o con un coste brutal.
Cuando comprendes el tejido del mundo y sus dinámicas con rapidez, los intereses mundanos resultan vulgares y nuevas preguntas más complejas se agolpan en la cabeza. Muchas de ellas en bucle, sin respuesta aparente. Pero la porfía en el cálculo permanece incesante.
Esa marginalidad velada, esa separación del resto, me llevo a una especie de exilio social. Tendía a llevarme con gente mayor que yo y de ámbitos muy distintos. Mi curiosidad extrema me llevó a lugares muy peligrosos y a compañías nada recomendables, en algunos casos. Por fortuna, conseguía salir vivo para contarlo, pero amaba demasiado el riesgo.
Tardé mucho tiempo en conseguir que empezaran a encajar las piezas y, de alguna manera, todavía sigo en ello. Comprendí que las altas capacidades no son una mera etiqueta, si no una forma distinta de percibir y procesar la realidad.
No se trata de destacar, sino de aprender a convivir con una mente que a veces corre más de lo que las emociones pueden seguir, o incluso de lo que el resto de personas son capaces de interpretar y comprender.
Hoy miro esa diferencia con otra perspectiva. No la idealizo, pero tampoco la oculto. Entendí que el verdadero reto no está en ser más capaz, sino en ser más comprensivo: con uno mismo y con los demás. Porque al final, ninguna mente —por brillante que sea— puede florecer sola.
Creo que no hay una comprensión profunda y generalizada de este tema en sociedad, tan solo en ámbitos especializados. Si me hubieran detectado esto a tiempo y me hubieran metido en un colegio de educación especial, quizá hoy en día estaría trabajando en la puta NASA y no conocería Shurmanos, lo cual hubiera sido una auténtica pena.
Por supuesto que no me arrepiento de mi vida, aunque si tengo la sensación de haber perdido mucho tiempo y haber sufrido muchísimo más de lo que me tocaba, innecesariamente.
Ahora que veo la luz y comienzo a ubicarme mejor siento mayor compasión por el mundo y procuro hacerme todo lo comprensible que puedo a otros, aunque a veces no lo consiga.
Si habéis llegado hasta aquí, os estoy muy agradecido por vuestro interés.
Como recompensa os dejo una entrevista de un chico que pasó un proceso muy similar al mío y con el que me siento bastante identificado. De su boca podréis conocer más lo que las ACC y el TDA o TDAH suponen para una persona y el tipo de vida en el que puedes acabar si no se te detecta a tiempo.
Además de esta entrevista os recomiendo un documental que está en Movistar Plus solamente, que se llama Altas capacidades (Out of the box). Es único en su especie y merece mucho la pena verlo.
Por último, ya como bonus, os dejo una canción que descubrí hace unos pocos meses, y en la que de alguna manera veo reflejado el extenuante camino que he seguido en mi vida. Espero que os guste.
REMUSEN PARA SHURMANERS RETARDERS:
Tengo altas capacidades (IQ 144) y TDA: soy un "retrasado por arriba". Corregía a profesores sobre Marx a los 16 años, me expulsaban por listo, las chicas me seguían pero se sentían tontas a mi lado (¡y yo pensaba "lo eres!"). Me sentía como un Ferrari sobre barro: resuelvo lo jodido fácil, pero lo simple me la pela. Sufrí aislamiento, peleas y sexo egoico hasta que pillé que el truco es ser comprensivo, no solo listo. Ojalá me hubieran metido en un cole especial; ahora estaría en la NASA, no debatiendo con shurmanos.
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