Titovic
Shurmano Infinite
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Esta historia parece una ida de olla total, pero pasó de verdad.
Allá por los años 50, cuando la Guerra Fría estaba en modo paranoia máxima, a los americanos se les fue completamente la cabeza.
Los rusos habían lanzado el Sputnik, aquello en el cielo que decía al mundo: mirad, ya estamos en el espacio, pringaos
Y claro, en Estados Unidos se lo tomaron fatal.
Les dolía el orgullo.
Así que un grupo de tipos con mucho despacho y poco sentido común dijeron: “Vale, ellos han puesto un satélite, pero nosotros vamos a hacer algo que deje al mundo con la boca abierta.”
Y lo que propusieron fue…
reventar la Luna con una bomba nuclear. Sí, así, literal.
No una metáfora, no una prueba subterránea, no.
Querían lanzar un misil con una cabeza nuclear hasta la superficie lunar y hacerlo explotar ahí, a plena vista de todo el planeta.
Le pusieron nombre serio: Proyecto A119.
Y lo mejor (o peor) es que no era un rumor. Era un plan real, con cálculos, presupuestos y hasta científicos de verdad trabajando en ello.
Entre ellos, nada menos que un jovencito llamado Carl Sagan.
Sí, el mismo Carl Sagan que luego hablaba del universo con esa calma de sabio zen, pidiendo paz y conciencia cósmica.
Pues antes de eso, estuvo metido en un plan para volarle un trozo a la Luna. Ironías de la vida.
El objetivo era simple y demencial a la vez:
que la explosión se viera desde la Tierra.
Querían que el flash brillara lo bastante como para que todo el mundo lo viera y dijera:“Ah, vale, los yankees han petado la Luna. Son los jefes, los bosses".
Los científicos decían que no pasaría nada, que la Luna es demasiado grande, que no se movería ni un centímetro.
Pero otros no estaban tan seguros.
Había quien pensaba que podía alterar la órbita, o mandar rocas radiactivas hacia la Tierra.
Y aun así… el plan siguió su curso.
Durante meses hicieron cálculos, simulaciones, estimaciones de brillo, hasta que un día, alguien con un poco de sensatez dijo:“Eh, chicos… y si la gente lo toma como una señal de locura en vez de de poder?”
Y claro, eso junto a que la NASA ya andaba soñando con mandar hombres a la Luna, hizo que el proyecto muriera.
Porque no quedaba muy bien eso de “vamos a visitar la Luna”… después de haberle metido un pepinazo nuclear.
Así que lo guardaron bajo llave.
Durante décadas nadie supo nada, hasta que en los 90 se desclasificaron los documentos y la historia salió a la luz.
Y ahí estaba todo: los planos, los cálculos, los informes… y las notas de Sagan, usando parte de esos datos para su tesis.
Como si fuera algo normal.
Lo más bestia de todo es pensar que, si no hubieran cancelado aquello, hoy miraríamos la Luna y veríamos una cicatriz, un cráter brillante hecho por nosotros o incluso no estaría aquí escribiendo esta historia.
Por puro orgullo. Por demostrar quién la tenía más grande. Y te juro que cada vez que miro la Luna y pienso en eso, me da entre risa y miedo.
Risa, porque es tan absurdo que parece broma. Y miedo, porque demuestra lo cerca que hemos estado, muchas veces, de cargarnos algo precioso y necesario para la vida.
Solo por querer impresionar a los demás.
Allá por los años 50, cuando la Guerra Fría estaba en modo paranoia máxima, a los americanos se les fue completamente la cabeza.
Los rusos habían lanzado el Sputnik, aquello en el cielo que decía al mundo: mirad, ya estamos en el espacio, pringaos
Y claro, en Estados Unidos se lo tomaron fatal.
Les dolía el orgullo.
Así que un grupo de tipos con mucho despacho y poco sentido común dijeron: “Vale, ellos han puesto un satélite, pero nosotros vamos a hacer algo que deje al mundo con la boca abierta.”
Y lo que propusieron fue…
reventar la Luna con una bomba nuclear. Sí, así, literal.
No una metáfora, no una prueba subterránea, no.
Querían lanzar un misil con una cabeza nuclear hasta la superficie lunar y hacerlo explotar ahí, a plena vista de todo el planeta.
Le pusieron nombre serio: Proyecto A119.
Y lo mejor (o peor) es que no era un rumor. Era un plan real, con cálculos, presupuestos y hasta científicos de verdad trabajando en ello.
Entre ellos, nada menos que un jovencito llamado Carl Sagan.
Sí, el mismo Carl Sagan que luego hablaba del universo con esa calma de sabio zen, pidiendo paz y conciencia cósmica.
Pues antes de eso, estuvo metido en un plan para volarle un trozo a la Luna. Ironías de la vida.
El objetivo era simple y demencial a la vez:
que la explosión se viera desde la Tierra.
Querían que el flash brillara lo bastante como para que todo el mundo lo viera y dijera:“Ah, vale, los yankees han petado la Luna. Son los jefes, los bosses".
Los científicos decían que no pasaría nada, que la Luna es demasiado grande, que no se movería ni un centímetro.
Pero otros no estaban tan seguros.
Había quien pensaba que podía alterar la órbita, o mandar rocas radiactivas hacia la Tierra.
Y aun así… el plan siguió su curso.
Durante meses hicieron cálculos, simulaciones, estimaciones de brillo, hasta que un día, alguien con un poco de sensatez dijo:“Eh, chicos… y si la gente lo toma como una señal de locura en vez de de poder?”
Y claro, eso junto a que la NASA ya andaba soñando con mandar hombres a la Luna, hizo que el proyecto muriera.
Porque no quedaba muy bien eso de “vamos a visitar la Luna”… después de haberle metido un pepinazo nuclear.
Así que lo guardaron bajo llave.
Durante décadas nadie supo nada, hasta que en los 90 se desclasificaron los documentos y la historia salió a la luz.
Y ahí estaba todo: los planos, los cálculos, los informes… y las notas de Sagan, usando parte de esos datos para su tesis.
Como si fuera algo normal.
Lo más bestia de todo es pensar que, si no hubieran cancelado aquello, hoy miraríamos la Luna y veríamos una cicatriz, un cráter brillante hecho por nosotros o incluso no estaría aquí escribiendo esta historia.
Por puro orgullo. Por demostrar quién la tenía más grande. Y te juro que cada vez que miro la Luna y pienso en eso, me da entre risa y miedo.
Risa, porque es tan absurdo que parece broma. Y miedo, porque demuestra lo cerca que hemos estado, muchas veces, de cargarnos algo precioso y necesario para la vida.
Solo por querer impresionar a los demás.

