No es una peli, es como un puñetazo en el estómago durante dos horas. Olvídate de zombis, explosiones o rollos de acción, aquí lo que hay es un mundo hecho polvo, gris, muerto, donde ya no queda nada. Y en medio de todo eso, un padre y su hijo caminando por una carretera que parece que no acaba nunca.
Viggo Mortensen está brutal, de esos papeles que te dejan marcado. El tío va con la cara chupada, la barba mugrienta y esa mirada de alguien que lo ha perdido todo, pero que se agarra a su hijo como si fuera lo único que queda en el planeta. Y el crío… joder, el crío es como esa última chispa de inocencia, la única luz en todo ese desierto de miseria.
Lo que más me ha flipado no es la dureza del mundo (que es tremendo), sino cómo los dos intentan mantener algo de humanidad. El padre obsesionado con que son “los buenos”, que tienen que llevar el fuego dentro, aunque por fuera solo haya frío y hambre. Y mientras, se cruzan con lo peor de la gente: caníbales, desesperados, almas vacías. Eso sí, todo contado con un ritmo lento, pesadote a veces, pero que te mete de lleno en ese ambiente de no ver salida por ningún lado.
No es peli para todos, aviso. Si buscas entretenimiento, te vas a aburrir. Si entras con el chip de dejarte llevar… uff, acabas con un nudo en la garganta. Es deprimente, sí, pero también es de esas que te hacen pensar en lo que de verdad importa cuando todo se va a la mierda.
¿Qué tiene de especial? Que sin mostrar casi nada, te enseña el apocalipsis más realista y humano que he visto.
¿Fácil de ver? Nada, es durísima y lenta, hay que pillarla en el día adecuado.
¿Recomendada? Sí, si quieres comerte un drama que se te queda clavado durante semanas.
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