Níobe era la hija de Tántalo (sí, el del mito de la condena eterna de hambre y sed en el Tártaro). Era reina de Tebas y estaba casada con Anfión. La tía no era cualquier cosa: guapa, poderosa, con un palacio lleno de lujos y, para rematar, tuvo un montón de hijos
La cosa es que en aquella época se veneraba mucho a Leto, madre de los dioses gemelos Apolo y Artemisa. En su honor se hacían rituales y sacrificios. Pero a Níobe, tanta devoción a Leto le parecía exagerada. Y un día, delante de todos, suelta algo así como:
¿Pero por qué tanto respeto a Leto? Si solo tuvo dos hijos! Yo tengo un ejército de críos, soy más madre, más fuerte y más digna de culto que ella.
Error. Tremendo error.
Porque claro, Apolo y Artemisa no iban a dejar que se metieran con su madre. Bajaron del Olimpo directos a Tebas y se pusieron en plan Terminators. Uno a uno, fueron cazando a los hijos de Níobe con sus flechas divinas. Ella intentaba protegerlos, corría, gritaba, pero no podía hacer nada. Según la versión más dura del mito, mataron a todos. En otras, le dejaron a uno o dos vivos, solo para que recordara eternamente la masacre.
El golpe fue tan brutal que Níobe se desplomó de dolor. Lloró y lloró durante días enteros, hasta que los dioses decidieron acabar con su sufrimiento transformándola en piedra. Pero incluso convertida en roca, seguía llorando. Y de esas lágrimas eternas nació una fuente en las montañas de Asia Menor.
Este mito es la típica advertencia griega contra la hybris, el orgullo de creerte más que los dioses. Pero también tiene un aire muy humano: el dolor de una madre que lo pierde todo. Por eso su figura petrificada, llorando por la eternidad, sigue siendo una de las imágenes más tristes y potentes de la mitología griega.