Había un rey en Tesalia, Erysícton, que tenía todo lo que quería… pero era un pedazo de soberbio que pasaba de los dioses. Un día, se le metió entre ceja y ceja cortar un árbol enorme que estaba en un bosque sagrado de Deméter, la diosa de la cosecha. Ese árbol no era cualquiera: era un fresno gigante que las ninfas veneraban, como si fuera el corazón del bosque.
La gente le decía: “No lo toques, que está consagrado a la diosa”, pero el tío, chulo perdido, agarró el hacha y ¡zas!, empezó a darle golpes al tronco. Dicen que hasta brotó sangre del árbol, como si fuera un ser vivo. Y claro, Deméter lo vio y dijo: “Vale, tú te lo has buscado”.
No lo mató ni lo fulminó, no. Fue más cruel: lo condenó a un hambre infinita. Desde ese día, Erysícton se levantaba con el estómago vacío, comía un banquete entero y seguía con más hambre que antes. Vació sus graneros, se gastó toda la fortuna comprando comida, hasta que no le quedó ni para pan duro. Y nada, seguía devorando como una bestia.
La cosa acabó fatal: desesperado, cuando ya no tenía nada más que llevarse a la boca, se terminó comiéndose a sí mismo. Literal. Una maldición que lo destruyó desde dentro.
Y ese mito, más allá de lo crudo que es, es como una advertencia muy bestia: la codicia, el no respetar lo sagrado, o querer más y más sin límite… te acaba devorando.



Lo que no sé es como aquellas gentes siquiera se atrevían a nada, con lo hijoputas que son esos dioses griegos. No hay ni uno bueno, la virgen 