Resulta que Fáeton era hijo de Helios, el dios del Sol, y de una mortal. El chaval creció con esa duda de si de verdad era hijo de un dios o no, porque claro, a ojos de los demás era simplemente un mortal más. La gente le pinchaba, diciéndole que su padre no era Helios, que estaba flipando, y el chaval se fue calentando hasta que un día decidió buscarlo para pedirle pruebas.
Cuando por fin encontró a su padre en el palacio dorado del Sol, Helios le juró por el río Estigia (que era como el juramento más serio que podían hacer los dioses) que le concedería cualquier deseo que pidiera, con tal de demostrar que era su hijo. Y claro… Fáeton, ni corto ni perezoso, le pidió conducir el carro del Sol por el cielo durante un día entero.
Helios se llevó las manos a la cabeza: “hijo, estás loco, ese carro ni los propios dioses se atreven a manejarlo, los caballos son indomables y el camino es imposible para alguien sin experiencia”. Pero claro, había jurado. Y si jurabas por el Estigia, no podías echarte atrás.
Faetón subió al carro, agarró las riendas y los caballos se descontrolaron desde el primer momento. Subían demasiado y casi incendiaban el firmamento; bajaban de golpe y quemaban la Tierra. Se dice que por culpa de esa carrera loca nacieron los desiertos de África y la piel de los etíopes se volvió oscura, chamuscada por el Sol.
Viendo que el desastre era imparable, Zeus tuvo que intervenir: lanzó un rayo y mató a Faetón, que cayó fulminado al río Erídano.
Sus hermanas, las Helíades, lloraron tanto su muerte que fueron transformadas en álamos, y sus lágrimas se convirtieron en ámbar.




