Resulta que Perséfone era hija de Deméter, la diosa de la agricultura y la fertilidad. La chavala era guapísima, alegre, siempre correteando por los campos, y claro… llamó la atención de Hades, el dios del Inframundo. El tío, en vez de declararse como cualquiera, lo que hizo fue raptarla. Salió con su carro negro de las profundidades, abrió la tierra y se la llevó al mundo de los muertos.
Deméter, al darse cuenta de que su hija había desaparecido, se volvió loca de dolor. Se puso a buscarla por todo el mundo y mientras tanto descuidó los campos, las cosechas y la tierra. Todo empezó a marchitarse, los hombres se morían de hambre, y los dioses empezaron a preocuparse, porque si la humanidad desaparecía, ¿quién iba a rendirles culto?
Entonces intervino Zeus, que mandó a Hermes como mensajero al Inframundo para negociar. Hades, con su cara de “yo no he hecho nada”, aceptó devolverla… peeero antes de dejarla ir, le dio a comer unos granitos de granada. Y aquí viene la trampa: cualquiera que comiera algo en el Inframundo quedaba atado a él.
Al final llegaron a un acuerdo: Perséfone pasaría una parte del año con Hades en el Inframundo y otra parte con su madre en la tierra. Y ahí está la clave:
Cuando Perséfone está con Deméter, la tierra florece, nacen los frutos, todo es abundancia: primavera y verano.
Cuando vuelve con Hades, Deméter se entristece, los campos se apagan, la tierra muere: otoño e invierno.
Así que, según los griegos, las estaciones no eran por el movimiento de la Tierra ni nada de eso, sino por el drama de una madre y su hija.