La experiencia más desagradable de mi vida ha sido ir a un centro de aborto. Dos veces he ido acompañando a mujeres cercanas, yo no era el padre, y en las dos he comprobado el cinismo de la práctica y todo lo que la rodea y que efectivamente el aborto deja torcidas a las mujeres en todos los sentidos.
Las secuelas han sido físicas por los cambios hormonales que se producen, a una de ellas le desapareció la regla a los 32 años, engordaron, se le cayeron las tetas y la piel. Pasaron a ser 15 años mayores.
Pero las peores fueron las psicológicas. Se entristecieron, perdieron objetivos vitales, se aislaron, desconfiaban de todos y se hicieron intolerantes, no tenían tolerancia a la frustración y veían en el conflicto un ataque personal finalista.
En ambos casos lo afrontaron desde la mentalidad feminista y sus psicólogos igual, no se permitieron el duelo porque era lo contrario a lo que la ideología defendía. El mensaje era que ellas eran así más fuertes y que abortar era como limpiarse las pelazas de la ropa. Una llego a decirme: lo que está muerto no puede morir. Dudo que fantaseasen en ese momento sobre el nombre de sus hijos, pero sé que lo harán en las largas noches de vejez. También sé que me culparán a mí por mi papel de ayudante y como hombre.
De una tuve que alejarme porque me sentía parte del crimen y no podía dejar que se hiciera el daño que se estaba haciendo negando el hecho y falseando la realidad sin enfrentarse a la realidad del crimen. De la otra no puedo hacerlo, pero ha sentenciado un ostracismo total mientras su vida cae en una espiral de fracasos, soledad, soluciones mágicas y moralinas autocompasivas y victimistas.
En las dos situaciones, eran mujeres casquivanas que disfrutaban su juventud sin responsabilidad, pero con objetivos y capacidad, muy autónomas y capaces. El embarazo fue encararlas con su realidad de ser mujeres y era algo que no les habían enseñado a asumir. El aborto se lo habían vendido como la solución a sus problemas y algo fácil, la forma perfecta de mantenerse joven y no traspasar la línea de la madurez ni la responsabilidad ajena, pero la realidad fue que destrozó sus cuerpos y su vida.
...y un poco la mía.