Hace mucho tiempo, cuando los dioses normalmente bajaban a la Tierra para ver el percal, existía un rey llamado Licaón.
Este rey gobernaba Arcadia y, la verdad, no tenía buena fama. Era arrogante, soberbio y, por si eso no era suficiente, le gustaba meterse demasiado con los dioses. Y una cosa que hemos aprendido sobre eso es que no suele terminar bien.
Un día, Zeus bajó del Olimpo convertido en mortal para ver si esos cotilleos que se hablaban sobre el rey eran ciertos. Quería comprobar si la humanidad se estaba volviendo tan gilipollas. Así que llega al palacio de Licaón, y este, en vez de recibirlo con buena hospitalidad (en la antigua Grecia se llevaba muy a rajatabla la ley de la hospitalidad), pensó: «Vamos a ver si este tipo es un dios de verdad».
Y aquí viene lo bueno...
Licaón, para poner a prueba al rey de los dioses, agarró a uno de sus hijos, lo despedazó y lo cocinó. Sí, tal cual te lo cuento: le sirvió carne humana al dios del rayo.
Zeus, al ver eso, se llenó de rabia. El cielo retumbó, y con voz de trueno gritó a todos los presentes. El castigo fue instantáneo y salvaje: destruyó el palacio con un rayo y transformó a Licaón en un lobo. No para un momentito, sino para siempre.
Porque en un lobo? Según los griegos, el lobo representaba la ferocidad salvaje y la pérdida total de humanidad.
Zeus lo convirtió en un ser que se alimenta de carne, vive en los bosques y aúlla a la luna, pero ya no puede hablar con los hombres.
Así nació el primer licántropo.
La palabra licantropía viene de lykos (lobo) y anthropos (hombre).


