Chorradas Cosa sexual más rara que hayáis hecho

Con 18 y en la mili me lie con una puretona que trabajaba en la cocina del cuartel que le ponía que le diera zapatilla mientras freia huevos... más raro que eso no sabría decirte.
 
Yo lo mas raro fué hacerme una paja con la mano izquierda.

Soy diestro




Y virgen
 
Eres un patodegenerado, con la mano izquierda, que escándalo!!
No me esperaba esto de ti :dale2:
Pero tu viste como dejé la mano derecha un dia??pues me la tuve que zurrar con la izquierda la cual jodi otra vez mira
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@gonso05 Pues no voy a dejarte colgando de la brocha, te cuento la historia que complementa a la que publiqué en un hilo en el que creo exponíamos nuestras fantasías sexuales. Al lío:

Mi familia tenía relación con un matrimonio formado por un hombre que recuerdo trabajaba de comercial y una señora, aparentemente sin mayor trascendencia. Ama de casa, sin hijos. Matrimonio bien posicionado económicamente, que vivía en un piso céntrico. La señora y un familiar cercano mío eran amigas de juventud, y la relación progresó con los años hasta considerarlos ya casi como parte de la familia.

Como dije antes, un matrimonio de apariencia intachable, siempre correctos y amables, pulcros, educados y de derechas. De misa no diaria pero sí semanal. Vamos, gente con clase. Yo de pequeño los veía aparecer por casa en cumpleaños y fiestas de guardar, al igual que yo iba a la suya y me imponía el piso donde vivían. Grande, de techos altos, luminoso, con habitaciones bien amuebladas y cortinajes recios... Sólo el mobiliario valía casi tanto como el piso en el que vivía yo con mis padres y mi hermano.

Bueno, los años van pasando, vas creciendo, y llegas a los 19. Hablamos de principios de los 90, y a este buen señor se le estropea el ordenador de su despacho. A mi familiar le faltó tiempo para ofrecerme como solución al problema, por aquel entonces estaba muy metido en el mundillo informático y podía desmontar un 386 o un 486 con los ojos cerrados. Así que un Sábado a primera hora de la tarde quedé con esta señora (su marido andaba de viaje de negocios y volvía el Domingo por la noche en avión) para revisar el ordenador de su santo esposo, armado con unos destornilladores, algunos diskettes y sobre todo con un cuerpo juvenil relleno de hormonas como un pavo en Navidad. La circunstancia, aunque totalmente verídica, parecía más propia de una novela rosa o pornográfica a la vista de los hechos que sucedieron a posteriori. Casi un estereotipo.

Ya había advertido yo que esta señora, a la que llamaré figuradamente Carolina, oponía a su edad (unos 55 años calculé a bote pronto) un carácter algo pícaro, aunque siempre dentro de la corrección que sus (pensaba yo) preceptos morales le imponían. Y he de reconocer que, aunque podía aparentar esa edad, se prodigaba en cuidados y sabía exactamente como vestir para, dentro de una severa corrección, favorecer sus atributos, ya de por sí nada despreciables como pude comprobar a lo largo de aquellas tarde y noche. La falda, siempre ceñida a la parte alta de la cintura, algo por debajo del pecho, por otro lado de un tamaño aparentemente más que correcto. Medias blancas con zapato de medio tacón, y blusa blanca de manga francesa. Pelo oscuro recogido en un moño no muy ceñido, manicura impecable, maquillaje discreto y un perfume que recuerdo como una mezcla sutil a flores y talco.

Total, que sin más dilación me siento en el sillón de cuero que había tras el escritorio de madera maciza, y comienzo a trastear el aparato. El ordenador, quiero decir. La verdad es que no recuerdo qué era lo que le sucedía, pero se que me llevó mis buenas dos horas dar con el chiste. Mientras tanto escuchaba en otra habitación la televisión, y a Carolina hablar ocasionalmente con alguna amiga por teléfono planeando salidas de compras o cenas, no recuerdo bien. De tanto en cuanto venía para ver qué tal iba, y me ofrecía una coca cola, o algo de picoteo, preocupándose por no abusar de mi confianza y de que me encontrase bien atendido. En un momento, enfrascado con la pila de la placa base del ordenador, se sentó en el mismo escritorio para interesarse por la reparación, y viendo que quizás hubiera descubierto qué le sucedía se alegró y se acercó a mí para darme un beso en la mejilla, Algo casto, pero que hasta el momento nunca había sucedido, ni siquiera cuando era un niño.

A lo tonto la tarde avanzaba y comenzó a hacerse tarde. Cuando terminé de reparar el ordenador eran casi las ocho de la tarde, pero como yo no había quedado con nadie ese Sábado no me importó en absoluto. Carolina se empeñó en que me quedase a cenar, ya que estaba muy agradecida por la reparación y no iba a dejar que mi familia pensase que era una desagradecida (yo ya había rechazado una generosa propina porque sinceramente no me parecía apropiado), así que llamé a casa para decir que llegaría tarde y que no me esperasen despiertos. A mis padres no les importó, solía llegar los Domingos por la mañana a casa después de toda la noche de juerga, pero siempre en buen estado y sin haber bebido tan apenas (nunca me ha gustado). Así que me preparó una cena fría, informal, y nos sentamos a cenar los dos, muy cómodos y conversando acerca de las clases, de mis intereses profesionales... En fin, una charla distendida en la que me sentí muy a gusto, y en la que he de remarcar que ninguno de los dos bebimos alcohol. Le ayudé a llevar los platos a la cocina, y sin saber cómo, ni por qué, empezamos un tonteo entre plato y plato. Que si eres muy guapo, que si no te conservas nada mal (me atreví a tutearla), que si acércame esa copa, que si seguro que tendrás alguna chica por ahí esperándote...

Total, que en uno de esos intercambios de copas y cumplidos me puse tras ella y me apreté a su culo, le puse las manos en la cintura y acerqué mi nariz a su cuello. Y ella se estremeció, pero sólo un poco, y dejó los platos y las copas para pasar una mano por mi pelo. Cuando quise darme cuenta, la estaba besando... primero un piquito, luego con más firmeza, para seguir poco a poco hasta que al final cada uno buscaba la lengua del otro. Me sorprendió haber llegado a esa situación tan rápido, sin ninguna bofetada por su parte, o al menos cierta aprensión. Al contrario, creo que lo esperaba, o más bien lo necesitaba. Ahora lo recuerdo y pienso cómo me pude tirar tan a ciegas a una piscina que tenía muy pocas posibilidades de tener agua.

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en un sofá retorciéndonos los dos, desnudos y sudando como animales a la carrera. Uno de los polvos más espectaculares de mi vida, si no el que más. Y que no acabó en el sofá sino que siguió en la cama de un cuarto de invitados, y cuanto más tiempo pasaba más se desinhibía Carolina, aunque la notaba nerviosa y tensa. Quizás culpable. La imagen de aquella maravillosa mujer madura desnuda no la podré borrar de mi mente nunca, y la sensación de haber asaltado un jardín prohibido, casi de haber cometido un delito, tampoco. Después del primer polvo vino un descanso con algo de conversación nerviosa, con silencios incómodos intercalados, porque ella tampoco se creía lo que estaba sucediendo. Y tras ese descanso poco a poco, entre arrumacos y caricias, surgió otro polvo más en el que ella ya se encontraba mucho más relajada, y que fue más lento y lo disfrutamos mucho más. Fue en ese segundo polvo cuando me volví a tirar a la piscina, esta vez con un doble tirabuzón, y le introduje un dedo en el ano en mitad de la refriega. Ya me esperaba yo un grito cuando lo que obtuve fue un jadeo caliente como el de un secador de pelo puesto a tope de potencia. Total, que abrí otro condón y, tras un trabajo de lubricación previa minucioso, me dispuse a cambiar de orificio como quien cambia de puerto un pendrive. Y así nos pegamos buena parte de la noche, cambiando el pendrive de un puerto a otro hasta que ya por puro cansancio lo dejamos, nos despedimos y me fui a casa andando, quizás a las cinco de la mañana.

Volvimos a repetir experiencia y cuando coincidíamos ella y su marido en alguna reunión familiar me costaba mucho quitarle la vista de encima. Tampoco mantuvimos una aventura prolongada en el tiempo, ni mucho menos. Quizás en el plazo de unos tres años tuvimos cuatro o cinco encuentros más, de mayor o menor intensidad. Hasta que por razones mundanas como los estudios, primeros trabajos, la lógica y paulatina separación de la familia para llevar mi propia vida, o la primera novia, el contacto se fue enfriando y los encuentros espaciándose hasta desaparecer. Hace unos diez años enviudó, ya mayor, y ella falleció creo que en pandemia. La verdad es que me entristeció muchísimo y aunque no había vuelto a verla desde hacía por lo menos quince años la recordaba de tanto en cuanto, no con lujuria sino con cariño. Se me quedaron con ella muchas cosas en el tintero, más humanas que sexuales, y me apena no haber indagado más en su historia, su vida, sus sentimientos o sus ilusiones. Aunque tengo claro que yo para ella era un juguete, o una válvula de escape para sus frustraciones personales y sociales, un juguete por el que me consta sentía muchísimo aprecio, pero algo a la postre pasajero.
 
@gonso05 Pues no voy a dejarte colgando de la brocha, te cuento la historia que complementa a la que publiqué en un hilo en el que creo exponíamos nuestras fantasías sexuales. Al lío:

Mi familia tenía relación con un matrimonio formado por un hombre que recuerdo trabajaba de comercial y una señora, aparentemente din mayor trascendencia. Ama de casa, sin hijos. Matrimonio bien posicionado económicamente, que vivía en un piso céntrico. La señora y un familiar cercano mío eran amigas de juventud, y la relación perduró hasta considerarlos ya casi como parte de la familia.

Como dije antes, un matrimonio de apariencia intachable, siempre correctos y amables, pulcros, educados y de derechas. De misa no diaria pero sí semanal. Vamos, gente con clase. Yo de pequeño los veía aparecer por casa en cumpleaños y fiestas de guardar, al igual que yo iba a la suya y me imponía el piso donde vivían. Grande, de techos altos, luminoso, con habitaciones bien amuebladas y cortinajes recios... Sólo el mobiliario valía casi tanto como el piso en el que vivía yo con mis padres y mi hermano.

Bueno, los años van pasando, vas creciendo, y llegas a los 19. Hablamos de principios de los 90, y a este buen señor se le estropea el ordenador de su despacho. A mi familiar le faltó tiempo para ofrecerme como solución al problema, por aquel entonces estaba muy metido en el mundillo informático y podía desmontar un 386 o un 486 con los ojos cerrados. Así que un Sábado a primera hora de la tarde quedé con esta señora (su marido andaba de viaje de negocios y volvía el Domingo por la noche en avión) para revisar el ordenador de su santo esposo, armado con unos destornilladores, algunos diskettes y sobre todo con un cuerpo juvenil relleno de hormonas como un pavo en Navidad. La circunstancia, aunque totalmente verídica, parecía más propia de una novela rosa o pornográfica a la vista de los hechos que sucedieron a posteriori. Casi un estereotipo.

Ya había advertido yo que esta señora, a la que llamaré figuradamente Carolina, oponía a su edad (unos 55 años calculé a bote pronto) un carácter algo pícaro, aunque siempre dentro de la corrección que sus (pensaba yo) preceptos morales le imponían. Y he de reconocer que, aunque podía aparentar esa edad, se prodigaba en cuidados y sabía exactamente como vestir para, dentro de una severa corrección, favorecer sus atributos, ya de por sí nada despreciables como pude comprobar a lo largo de aquellas tarde y noche. La falda, siempre ceñida a la parte alta de la cintura, algo por debajo del pecho, por otro lado de un tamaño aparentemente más que correcto. Medias blancas con zapato de medio tacón, y blusa blanca de manga francesa. Pelo oscuro recogido en un moño no muy ceñido, manicura impecable, maquillaje discreto y un perfume que recuerdo como una mezcla sutil a flores y talco.

Total, que sin más dilación me siento en el sillón de cuero que había tras el escritorio de madera maciza, y comienzo a trastear el aparato. El ordenador, quiero decir. La verdad es que no recuerdo qué era lo que le sucedía, pero se que me llevó mis buenas dos horas dar con el chiste. Mientras tanto escuchaba en otra habitación la televisión, y a Carolina hablar ocasionalmente con alguna amiga por teléfono planeando salidas de compras o cenas, no recuerdo bien. De tanto en cuanto venía para ver qué tal iba, y me ofrecía una coca cola, o algo de picoteo, preocupándose por no abusar de mi confianza y de que me encontrase bien atendido. En un momento, enfrascado con la pila de la placa base del ordenador, se sentó en el mismo escritorio para interesarse por la reparación, y viendo que quizás hubiera descubierto qué le sucedía se alegró y se acercó a mí para darme un beso en la mejilla, Algo casto, pero que hasta el momento nunca había sucedido, ni siquiera cuando era un niño.

A lo tonto la tarde avanzaba y comenzó a hacerse tarde. Cuando terminé de reparar el ordenador eran casi las ocho de la tarde, pero como yo no había quedado con nadie ese Sábado no me importó en absoluto. Carolina se empeñó en que me quedase a cenar, ya que estaba muy agradecida por la reparación y no iba a dejar que mi familia pensase que era una desagradecida (yo ya había rechazado una generosa propina porque sinceramente no me parecía apropiado), así que llamé a casa para decir que llegaría tarde y que no me esperasen despiertos. A mis padres no les importó, solía llegar los Domingos por la mañana a casa después de toda la noche de juerga, pero siempre en buen estado y sin haber bebido tan apenas (nunca me ha gustado). Así que me preparó una cena fría, informal, y nos sentamos a cenar los dos, muy cómodos y conversando acerca de las clases, de mis intereses profesionales... En fin, una charla distendida en la que me sentí muy a gusto, y en la que he de remarcar que ninguno de los dos bebimos alcohol. Le ayudé a llevar los platos a la cocina, y sin saber cómo, ni por qué, empezamos un tonteo entre plato y plato. Que si eres muy guapo, que si no te conservas nada mal (me atreví a tutearla), que si acércame esa copa, que si seguro que tendrás alguna chica por ahí esperándote...

Total, que en uno de esos intercambios de copas y cumplidos me puse tras ella y me apreté a su culo, le puse las manos en la cintura y acerqué mi nariz a su cuello. Y ella se estremeció, pero sólo un poco, y dejó los platos y las copas para pasar una mano por mi pelo. Cuando quise darme cuenta, la estaba besando... primero un piquito, luego con más firmeza, para seguir poco a poco hasta que al final cada uno buscaba la lengua del otro. Me sorprendió haber llegado a esa situación tan rápido, sin ninguna bofetada por su parte, o al menos cierta aprensión. Al contrario, creo que lo esperaba, o más bien lo necesitaba. Ahora lo recuerdo y pienso cómo me pude tirar tan a ciegas a una piscina que tenía muy pocas posibilidades de tener agua.

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en un sofá retorciéndonos los dos, desnudos y sudando como animales a la carrera. Uno de los polvos más espectaculares de mi vida, si no el que más. Y que no acabó en el sofá sino que siguió en la cama de un cuarto de invitados, y cuanto más tiempo pasaba más se desinhibía Carolina, aunque la notaba nerviosa y tensa. Quizás culpable. La imagen de aquella maravillosa mujer madura desnuda no la podré borrar de mi mente nunca, y la sensación de haber asaltado un jardín prohibido, casi de haber cometido un delito, tampoco. Después del primer polvo vino un descanso con algo de conversación nerviosa, con silencios incómodos intercalados, porque ella tampoco se creía lo que estaba sucediendo. Y tras ese descanso poco a poco, entre arrumacos y caricias, surgió otro polvo más en el que ella ya se encontraba mucho más relajada, y que fue más lento y lo disfrutamos mucho más. Fue en ese segundo polvo cuando me volví a tirar a la piscina, esta vez con un doble tirabuzón, y le introduje un dedo en el ano en mitad de la refriega. Ya me esperaba yo un grito cuando lo que obtuve fue un jadeo caliente como el de un secador de pelo puesto a tope de potencia. Total, que abrí otro condón y, tras un trabajo de lubricación previa minucioso, me dispuse a cambiar de orificio como quien cambia de puerto un pendrive. Y así nos pegamos buena parte de la noche, cambiando el pendrive de un puerto a otro hasta que ya por puro cansancio lo dejamos, nos despedimos y me fui a casa andando, quizás a las cinco de la mañana.

Volvimos a repetir experiencia y cuando coincidíamos ella y su marido en alguna reunión familiar me costaba mucho quitarle la vista de encima. Tampoco mantuvimos una aventura prolongada en el tiempo, ni mucho menos. Quizás en el plazo de unos tres años tuvimos cuatro o cinco encuentros más, de mayor o menor intensidad. Hasta que por razones mundanas como los estudios, primeros trabajos, la lógica y paulatina separación de la familia para llevar mi propia vida, o la primera novia, el contacto se fue enfriando y los encuentros espaciándose hasta desaparecer. Hace unos diez años enviudó, ya mayor, y ella falleció creo que en pandemia. La verdad es que me entristeció muchísimo y aunque no había vuelto a verla desde hacía por lo menos quince años la recordaba de tanto en cuanto, no con lujuria sino con cariño. Se me quedaron con ella muchas cosas en el tintero, más humanas que sexuales, y me apena no haber indagado más en su historia, su vida, sus sentimientos o sus ilusiones. Aunque tengo claro que yo para ella era un juguete, o una válvula de escape para sus frustraciones personales y sociales, un juguete por el que me consta sentía muchísimo aprecio, pero algo a la postre pasajero.
Yo me espero la peli
 
Hay que lubricar la zona, limar los callos y darle con cariño... que no es un palo pa prender fuego
Yaaaaa, lo de lubricar es cierto, la saliva es solo pal primer bombeo.
La proxima usaré el aceite de la freidora que lo tengo sin cambiar desde la pandemia
 
Yaaaaa, lo de lubricar es cierto, la saliva es solo pal primer bombeo.
La proxima usaré el aceite de la freidora que lo tengo sin cambiar desde la pandemia
Prueba el aceite de coco, hidrata, nutre, alisa, rejuvenece y da un olorcito muy rico.
🤣🤣🤣
 
@gonso05 Pues no voy a dejarte colgando de la brocha, te cuento la historia que complementa a la que publiqué en un hilo en el que creo exponíamos nuestras fantasías sexuales. Al lío:

Mi familia tenía relación con un matrimonio formado por un hombre que recuerdo trabajaba de comercial y una señora, aparentemente sin mayor trascendencia. Ama de casa, sin hijos. Matrimonio bien posicionado económicamente, que vivía en un piso céntrico. La señora y un familiar cercano mío eran amigas de juventud, y la relación progresó con los años hasta considerarlos ya casi como parte de la familia.

Como dije antes, un matrimonio de apariencia intachable, siempre correctos y amables, pulcros, educados y de derechas. De misa no diaria pero sí semanal. Vamos, gente con clase. Yo de pequeño los veía aparecer por casa en cumpleaños y fiestas de guardar, al igual que yo iba a la suya y me imponía el piso donde vivían. Grande, de techos altos, luminoso, con habitaciones bien amuebladas y cortinajes recios... Sólo el mobiliario valía casi tanto como el piso en el que vivía yo con mis padres y mi hermano.

Bueno, los años van pasando, vas creciendo, y llegas a los 19. Hablamos de principios de los 90, y a este buen señor se le estropea el ordenador de su despacho. A mi familiar le faltó tiempo para ofrecerme como solución al problema, por aquel entonces estaba muy metido en el mundillo informático y podía desmontar un 386 o un 486 con los ojos cerrados. Así que un Sábado a primera hora de la tarde quedé con esta señora (su marido andaba de viaje de negocios y volvía el Domingo por la noche en avión) para revisar el ordenador de su santo esposo, armado con unos destornilladores, algunos diskettes y sobre todo con un cuerpo juvenil relleno de hormonas como un pavo en Navidad. La circunstancia, aunque totalmente verídica, parecía más propia de una novela rosa o pornográfica a la vista de los hechos que sucedieron a posteriori. Casi un estereotipo.

Ya había advertido yo que esta señora, a la que llamaré figuradamente Carolina, oponía a su edad (unos 55 años calculé a bote pronto) un carácter algo pícaro, aunque siempre dentro de la corrección que sus (pensaba yo) preceptos morales le imponían. Y he de reconocer que, aunque podía aparentar esa edad, se prodigaba en cuidados y sabía exactamente como vestir para, dentro de una severa corrección, favorecer sus atributos, ya de por sí nada despreciables como pude comprobar a lo largo de aquellas tarde y noche. La falda, siempre ceñida a la parte alta de la cintura, algo por debajo del pecho, por otro lado de un tamaño aparentemente más que correcto. Medias blancas con zapato de medio tacón, y blusa blanca de manga francesa. Pelo oscuro recogido en un moño no muy ceñido, manicura impecable, maquillaje discreto y un perfume que recuerdo como una mezcla sutil a flores y talco.

Total, que sin más dilación me siento en el sillón de cuero que había tras el escritorio de madera maciza, y comienzo a trastear el aparato. El ordenador, quiero decir. La verdad es que no recuerdo qué era lo que le sucedía, pero se que me llevó mis buenas dos horas dar con el chiste. Mientras tanto escuchaba en otra habitación la televisión, y a Carolina hablar ocasionalmente con alguna amiga por teléfono planeando salidas de compras o cenas, no recuerdo bien. De tanto en cuanto venía para ver qué tal iba, y me ofrecía una coca cola, o algo de picoteo, preocupándose por no abusar de mi confianza y de que me encontrase bien atendido. En un momento, enfrascado con la pila de la placa base del ordenador, se sentó en el mismo escritorio para interesarse por la reparación, y viendo que quizás hubiera descubierto qué le sucedía se alegró y se acercó a mí para darme un beso en la mejilla, Algo casto, pero que hasta el momento nunca había sucedido, ni siquiera cuando era un niño.

A lo tonto la tarde avanzaba y comenzó a hacerse tarde. Cuando terminé de reparar el ordenador eran casi las ocho de la tarde, pero como yo no había quedado con nadie ese Sábado no me importó en absoluto. Carolina se empeñó en que me quedase a cenar, ya que estaba muy agradecida por la reparación y no iba a dejar que mi familia pensase que era una desagradecida (yo ya había rechazado una generosa propina porque sinceramente no me parecía apropiado), así que llamé a casa para decir que llegaría tarde y que no me esperasen despiertos. A mis padres no les importó, solía llegar los Domingos por la mañana a casa después de toda la noche de juerga, pero siempre en buen estado y sin haber bebido tan apenas (nunca me ha gustado). Así que me preparó una cena fría, informal, y nos sentamos a cenar los dos, muy cómodos y conversando acerca de las clases, de mis intereses profesionales... En fin, una charla distendida en la que me sentí muy a gusto, y en la que he de remarcar que ninguno de los dos bebimos alcohol. Le ayudé a llevar los platos a la cocina, y sin saber cómo, ni por qué, empezamos un tonteo entre plato y plato. Que si eres muy guapo, que si no te conservas nada mal (me atreví a tutearla), que si acércame esa copa, que si seguro que tendrás alguna chica por ahí esperándote...

Total, que en uno de esos intercambios de copas y cumplidos me puse tras ella y me apreté a su culo, le puse las manos en la cintura y acerqué mi nariz a su cuello. Y ella se estremeció, pero sólo un poco, y dejó los platos y las copas para pasar una mano por mi pelo. Cuando quise darme cuenta, la estaba besando... primero un piquito, luego con más firmeza, para seguir poco a poco hasta que al final cada uno buscaba la lengua del otro. Me sorprendió haber llegado a esa situación tan rápido, sin ninguna bofetada por su parte, o al menos cierta aprensión. Al contrario, creo que lo esperaba, o más bien lo necesitaba. Ahora lo recuerdo y pienso cómo me pude tirar tan a ciegas a una piscina que tenía muy pocas posibilidades de tener agua.

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en un sofá retorciéndonos los dos, desnudos y sudando como animales a la carrera. Uno de los polvos más espectaculares de mi vida, si no el que más. Y que no acabó en el sofá sino que siguió en la cama de un cuarto de invitados, y cuanto más tiempo pasaba más se desinhibía Carolina, aunque la notaba nerviosa y tensa. Quizás culpable. La imagen de aquella maravillosa mujer madura desnuda no la podré borrar de mi mente nunca, y la sensación de haber asaltado un jardín prohibido, casi de haber cometido un delito, tampoco. Después del primer polvo vino un descanso con algo de conversación nerviosa, con silencios incómodos intercalados, porque ella tampoco se creía lo que estaba sucediendo. Y tras ese descanso poco a poco, entre arrumacos y caricias, surgió otro polvo más en el que ella ya se encontraba mucho más relajada, y que fue más lento y lo disfrutamos mucho más. Fue en ese segundo polvo cuando me volví a tirar a la piscina, esta vez con un doble tirabuzón, y le introduje un dedo en el ano en mitad de la refriega. Ya me esperaba yo un grito cuando lo que obtuve fue un jadeo caliente como el de un secador de pelo puesto a tope de potencia. Total, que abrí otro condón y, tras un trabajo de lubricación previa minucioso, me dispuse a cambiar de orificio como quien cambia de puerto un pendrive. Y así nos pegamos buena parte de la noche, cambiando el pendrive de un puerto a otro hasta que ya por puro cansancio lo dejamos, nos despedimos y me fui a casa andando, quizás a las cinco de la mañana.

Volvimos a repetir experiencia y cuando coincidíamos ella y su marido en alguna reunión familiar me costaba mucho quitarle la vista de encima. Tampoco mantuvimos una aventura prolongada en el tiempo, ni mucho menos. Quizás en el plazo de unos tres años tuvimos cuatro o cinco encuentros más, de mayor o menor intensidad. Hasta que por razones mundanas como los estudios, primeros trabajos, la lógica y paulatina separación de la familia para llevar mi propia vida, o la primera novia, el contacto se fue enfriando y los encuentros espaciándose hasta desaparecer. Hace unos diez años enviudó, ya mayor, y ella falleció creo que en pandemia. La verdad es que me entristeció muchísimo y aunque no había vuelto a verla desde hacía por lo menos quince años la recordaba de tanto en cuanto, no con lujuria sino con cariño. Se me quedaron con ella muchas cosas en el tintero, más humanas que sexuales, y me apena no haber indagado más en su historia, su vida, sus sentimientos o sus ilusiones. Aunque tengo claro que yo para ella era un juguete, o una válvula de escape para sus frustraciones personales y sociales, un juguete por el que me consta sentía muchísimo aprecio, pero algo a la postre pasajero.
Gracias DeepSeek

Este relato narra una experiencia personal del autor, quien cuenta una historia íntima y sorprendente que vivió a los 19 años con una mujer mayor, llamada "Carolina", esposa de un amigo cercano de su familia. La historia comienza con el autor siendo invitado a reparar el ordenador de Carolina, ya que era conocido por sus habilidades informáticas. Durante la visita, ambos mantienen una conversación amistosa y distendida, pero la situación deriva en un encuentro sexual inesperado y apasionado.

El autor describe a Carolina como una mujer madura, elegante y atractiva, que rompe con la imagen de corrección y moralidad que aparentaba. Aunque inicialmente sorprendido por la situación, el autor se deja llevar por el momento, y ambos mantienen una relación esporádica durante unos años, con encuentros sexuales intensos y llenos de complicidad. Con el tiempo, la relación se enfría debido a los cambios en la vida del autor, como estudios, trabajo y nuevas relaciones.

El relato no solo se centra en el aspecto sexual, sino que también refleja cierta nostalgia y cariño hacia Carolina, a quien el autor recuerda con afecto y respeto, reconociendo que para ella él fue una especie de "válvula de escape" en su vida. La historia termina con un tono melancólico, ya que el autor lamenta no haber profundizado más en la vida y sentimientos de Carolina, quien falleció años después. En resumen, es una historia de deseo, complicidad y conexión humana, con un trasfondo de reflexión sobre el paso del tiempo y las relaciones efímeras
 
No me quiero imaginar, después de probar de todo, si la mano está así.... cómo estará lo otro 🤣🤣🤣
Lo tengo tan duro que podria taladrar la cibeles y dejar los leones del carro maullando como mininos
 
Soy una señorita con pene muy recatada, no hablo de esas cosas.
 
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