EvaristoBukowski
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Toda esta jodida historia es tan real que solo escribirla me duele el puto alma. Espero os congratule y tengais mas decencia la proxima vez que vayais a un restaurante.
Ah, aquellos días de juventud en hostelería. Un maldito circo lleno de payasos tristes y domadores de almas. Recuerdo la humillación como si fuera ayer, como un perro encadenado. Y todo por un sueldo misero de 1.200 merkels. ¿Qué se podía hacer con eso? Ni para alquilar una ratonera, ni para emborracharte decentemente. Pero allí estaba yo, cada día, como un idiota, persiguiendo un sueño que ni siquiera sabia si algun dia llegaria.
Para que os hagais una idea del maravilloso compañerismo tenia que lidiar con ciertos individuos que eran de lo mas peculiares; Paco, era un trabajador que llevaba toda la vida trabajando para el puto palillero explotador del jefe. Se trataba de un tipo bajito, de 1,50cm de altura, con una chepa que parecia una montaña, obviamente estaba calvo, y tenia el ojo a la virulé, y se pasaba el dia con mal humor, refunfuñando, estaba amargado ¡y con razón! Pues el hijo de la gran puta este tenia los cojones de hablarme mal, de tratarme mal! Yo en el fondo sentia cierta empatia por este miserable individuo, sentia mucha pena ¿¡como un hombre puede acabar asi!?, me preguntaba. Cada dia que lo veia rezaba a Dios para no convertirme en algo asi, se lo rogaba.
El jefe era el tipico empresario catalan de mierda explotador, negrero, un verdadero hijo de la gran puta, un ser miserable que olía a sudor rancio y colonia barata. “Evaristo, no puedes hablarle así a los clientes”, me espetó un día en su despacho, que apestaba a tabaco de liar y a café recalentado. Todo por decirle a una puta gorda repugnante de 40 años amargada de la vida que esperara un minuto para su maldita cucharilla. Una cucharilla, por el amor de Dios. Ella se había pasado media comida mirándome como si fuera un insecto, y cuando me atreví a pedirle paciencia, ahí estaba yo, bajo el martillo del explotador en jefe.
"Es una clienta habitual", decía, como si eso justificara que yo tragara mierda con cuchara sopera. Claro, habitual. Venía todos los días a tomar café y tratar al personal como si fuéramos sus sirvientes del medievo. Y yo debía inclinarme, sonreír, pedir perdón por no ser lo suficientemente rápido, como si ser humano estuviera fuera del menú del día.
Con el tiempo las cosas no mejoraron, claro. El tipo encontró una manera aún más retorcida de joderme: el turno del infierno. Dieciséis horas seguidas los fines de semana. Treinta malditas horas entre sábado y domingo. Llegaba el sábado a las ocho de la mañana, y no veía la luz del día hasta que la última mesa estuviera recogida el domingo por la noche. Todo eso sin pausas, sin una mísera comida caliente. Apenas un batido proteico para no catabolizar rápidamente a escondidas para que no me viera el jefe descansar y parecer el empleado ejemplar, o mas bien, el siervo ejemplar.
Había momentos en los que me miraba en el espejo del baño del personal y no reconocía al tipo que me devolvía la mirada. ¿Qué había pasado con el Evaristo que soñaba con escribir poemas, o con viajar por el mundo? Ahora solo era un pedazo de carne explotado, con los pies destrozados y las manos oliendo a ajo y detergente barato.
Recuerdo una noche, después de uno de esos turnos maratónicos, cuando finalmente salí a la calle. La ciudad estaba en silencio, las farolas parpadeaban como si también estuvieran agotadas. Me senté en un banco, encendí un cigarro y me dije: “Esto no puede ser la vida. No puede ser.”
Pero al día siguiente estaba de vuelta. El hijo de puta de mi jefe me saludó con una sonrisa falsa, me dio un par de órdenes sin siquiera mirarme a los ojos, y ahí estaba yo, sirviendo cafés, recogiendo platos, y tragando toda la amargura del mundo. Porque, ¿a dónde iba a ir con 1.200 merkels? Era un círculo vicioso, un laberinto sin salida. Y yo, el idiota, no sabía cómo escapar.
Al final aquella rata miserable que era el jefe me despidió por lesionarme el hombro de cargar bandejas, platos y demás bazofia 16 horas seguidas, me hice una tendinitis, sin medias tintas me mandó a la calle. Era un negrero despiadado nos tenia a todos explotados y todos rindiéndole culto y lamiéndole el culo. Para que os deis cuenta de cuan repugnante ser era, el tipo estaba enfadado con sus propias hijas de lo egoista y miserable que era.
QUE TE JODAN MALDITO BASTARDO, PUDRETE EN EL INFIERNO.
@condiloma @Elvemon
Ah, aquellos días de juventud en hostelería. Un maldito circo lleno de payasos tristes y domadores de almas. Recuerdo la humillación como si fuera ayer, como un perro encadenado. Y todo por un sueldo misero de 1.200 merkels. ¿Qué se podía hacer con eso? Ni para alquilar una ratonera, ni para emborracharte decentemente. Pero allí estaba yo, cada día, como un idiota, persiguiendo un sueño que ni siquiera sabia si algun dia llegaria.
Para que os hagais una idea del maravilloso compañerismo tenia que lidiar con ciertos individuos que eran de lo mas peculiares; Paco, era un trabajador que llevaba toda la vida trabajando para el puto palillero explotador del jefe. Se trataba de un tipo bajito, de 1,50cm de altura, con una chepa que parecia una montaña, obviamente estaba calvo, y tenia el ojo a la virulé, y se pasaba el dia con mal humor, refunfuñando, estaba amargado ¡y con razón! Pues el hijo de la gran puta este tenia los cojones de hablarme mal, de tratarme mal! Yo en el fondo sentia cierta empatia por este miserable individuo, sentia mucha pena ¿¡como un hombre puede acabar asi!?, me preguntaba. Cada dia que lo veia rezaba a Dios para no convertirme en algo asi, se lo rogaba.
El jefe era el tipico empresario catalan de mierda explotador, negrero, un verdadero hijo de la gran puta, un ser miserable que olía a sudor rancio y colonia barata. “Evaristo, no puedes hablarle así a los clientes”, me espetó un día en su despacho, que apestaba a tabaco de liar y a café recalentado. Todo por decirle a una puta gorda repugnante de 40 años amargada de la vida que esperara un minuto para su maldita cucharilla. Una cucharilla, por el amor de Dios. Ella se había pasado media comida mirándome como si fuera un insecto, y cuando me atreví a pedirle paciencia, ahí estaba yo, bajo el martillo del explotador en jefe.
"Es una clienta habitual", decía, como si eso justificara que yo tragara mierda con cuchara sopera. Claro, habitual. Venía todos los días a tomar café y tratar al personal como si fuéramos sus sirvientes del medievo. Y yo debía inclinarme, sonreír, pedir perdón por no ser lo suficientemente rápido, como si ser humano estuviera fuera del menú del día.
Con el tiempo las cosas no mejoraron, claro. El tipo encontró una manera aún más retorcida de joderme: el turno del infierno. Dieciséis horas seguidas los fines de semana. Treinta malditas horas entre sábado y domingo. Llegaba el sábado a las ocho de la mañana, y no veía la luz del día hasta que la última mesa estuviera recogida el domingo por la noche. Todo eso sin pausas, sin una mísera comida caliente. Apenas un batido proteico para no catabolizar rápidamente a escondidas para que no me viera el jefe descansar y parecer el empleado ejemplar, o mas bien, el siervo ejemplar.
Había momentos en los que me miraba en el espejo del baño del personal y no reconocía al tipo que me devolvía la mirada. ¿Qué había pasado con el Evaristo que soñaba con escribir poemas, o con viajar por el mundo? Ahora solo era un pedazo de carne explotado, con los pies destrozados y las manos oliendo a ajo y detergente barato.
Recuerdo una noche, después de uno de esos turnos maratónicos, cuando finalmente salí a la calle. La ciudad estaba en silencio, las farolas parpadeaban como si también estuvieran agotadas. Me senté en un banco, encendí un cigarro y me dije: “Esto no puede ser la vida. No puede ser.”
Pero al día siguiente estaba de vuelta. El hijo de puta de mi jefe me saludó con una sonrisa falsa, me dio un par de órdenes sin siquiera mirarme a los ojos, y ahí estaba yo, sirviendo cafés, recogiendo platos, y tragando toda la amargura del mundo. Porque, ¿a dónde iba a ir con 1.200 merkels? Era un círculo vicioso, un laberinto sin salida. Y yo, el idiota, no sabía cómo escapar.
Al final aquella rata miserable que era el jefe me despidió por lesionarme el hombro de cargar bandejas, platos y demás bazofia 16 horas seguidas, me hice una tendinitis, sin medias tintas me mandó a la calle. Era un negrero despiadado nos tenia a todos explotados y todos rindiéndole culto y lamiéndole el culo. Para que os deis cuenta de cuan repugnante ser era, el tipo estaba enfadado con sus propias hijas de lo egoista y miserable que era.
QUE TE JODAN MALDITO BASTARDO, PUDRETE EN EL INFIERNO.
@condiloma @Elvemon

supongo que es cuestión de actitud