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Themis no era una diosa cualquiera. Era hija de Urano, el cielo, y Gea, la tierra. O sea, estaba ahí desde el principio de los tiempos, antes de que el Olimpo se llenara de egos y rayos cruzados. Representaba la ley, la justicia divina y la voluntad que mantenía todo en orden, tanto arriba en los cielos como abajo entre los mortales. No era una juez cualquiera, no. Era la voz del equilibrio universal.
Siempre la imaginarás con una balanza en una mano y una espada en la otra, símbolo de la ley y la imparcialidad. Y sí, muchas veces con los ojos vendados. ¿Por justicia ciega? Puede. Aunque también hay quien dice que es porque perteneció al Oráculo y veía más allá de lo que los simples mortales podíamos entender.
Themis fue la segunda esposa de Zeus… o la primera, depende a quién preguntes. Y no era una esposa al uso. No era la típica diosa celosa ni la que andaba detrás de Zeus cuando este iba de flor en flor. Themis era su consejera, su equilibrio, la única a la que incluso él escuchaba sin levantar la ceja.
Juntos tuvieron una descendencia tremenda. Las Horas, diosas de las estaciones, y de la armonía del tiempo. Irene, la paz. Dice, la justicia. Y lo más importante, las tres Moiras: Cloto (la que hilaba el hilo de la vida), Láquesis (la que decidía cuánto duraba) y Átropos (la que lo cortaba). Vamos, que sus hijas controlaban directamente el destino de todo el mundo. No está mal para una madre, ¿no?
Cuando Zeus se sentaba en su trono, Themis a menudo lo acompañaba, y no era solo por protocolo. Él confiaba en su juicio más que en el de nadie. También se dejaba ver en los banquetes olímpicos y era la anfitriona perfecta, la que ponía orden entre tanto dios alborotado. La diosa de la hospitalidad, decían.
Durante la gran guerra contra los Titanes, la Titanomaquia, Themis bajó a la tierra en la Edad de Oro para enseñar a los humanos a comportarse. Les mostró lo que era la justicia, el respeto, la armonía… Pero como suele pasar, la humanidad no tardó en olvidarlo todo. Se volvieron avariciosos, egoístas, corruptos. Así que ella, harta, volvió al Olimpo. "Ahí os quedáis", debió pensar.
Pero Themis no se limitaba a juzgar. También tenía el don de la profecía. Lo usó muchas veces, tanto para ayudar a dioses como a humanos. Una de sus predicciones más famosas fue la que evitó un desastre: Zeus tenía en mente casarse con Tetis. Pero Themis le advirtió que el hijo que tuvieran sería más poderoso que su padre. Y claro, Zeus no era precisamente humilde. Así que se echó para atrás. Tetis acabó casándose con Peleo, un mortal, y de ahí nació Aquiles. Sí, ese Aquiles.
Otra gran profecía la dio a través de su hijo Prometeo. Themis le sopló al oído que los Titanes jamás vencerían a los dioses olímpicos solo con fuerza bruta. Que haría falta astucia, sabiduría, estrategia. Y así fue. Los que escucharon sobrevivieron. Los demás… bueno, acabaron encerrados en el Tártaro.
Prometeo, por cierto, acabó castigado por Zeus por regalar el fuego a los humanos. Y ya sabes: águila gigante, hígado regenerado cada día, dolor eterno. Pero Themis también predijo su liberación. Dijo que un arquero famoso lo rescataría, y así fue: llegó Heracles y le puso fin a su tortura.
Y si creías que Themis se limitaba a las profecías o a dar buenos consejos, espera. Cuando Zeus se hartó del comportamiento de los humanos —porque sí, hasta los dioses tienen un tope de paciencia— mandó una inundación brutal para limpiarlo todo. Solo sobrevivieron Deucalión y Pirra, una especie de Adán y Eva griegos. Cuando llegaron a un monte, desesperados, rezaron a Themis. Le pidieron que les ayudara a devolver la vida al mundo.
La diosa, que aunque severa tenía su corazoncito, les respondió con un acertijo: "lanzad los huesos de vuestra madre por encima del hombro". Suena raro, pero Deucalión y Pirra eran listos. Entendieron que "la madre" era Gea, la Tierra, y que los huesos eran las piedras. Así que las tiraron… y las piedras se convirtieron en hombres y mujeres. Y así comenzó una nueva humanidad. Gracias a Themis.
Y aún hay más. Themis también participó en el gran plan que acabaría en la Guerra de Troya. Junto a Zeus, ideó una forma de castigar a la humanidad por sus pecados y, de paso, reducir un poco la población. Todo comenzó con aquella boda de Tetis y Peleo, a la que invitaron a todos… menos a Eris, la diosa de la Discordia. Y Eris, rencorosa como ella sola, soltó la manzana de oro con la inscripción: "Para la más bella".
Y claro, se armó. Atenea, Hera y Afrodita se tiraron de los pelos por la dichosa manzana. El resto es historia: París, el juicio, Helena, el rapto, la guerra, Aquiles, el caballo de madera… Pero todo, todo, empezó con Themis y su profecía. Sin ella, ni Troya habría ardido ni Aquiles habría pisado el campo de batalla.