La Caja de Pandora

Compartamos aquí nuestros relatos, ideas de escritura y libros que nos inspiran.

Acerca de

Creado
Propietario
Y U M A N
Privacidad
Publico
Aprobación manual del usuario
No
Miembros
17
Temas
6
Mensajes
23
Vistas
426

Belge

Shurmano
Nº Ranking
882
Shurmano Nº
16266
Desde
18 Jun 2025
Mensajes
49
Reacciones
381
Largo poema de amor al amanecer

Libro 2: La Caja de Pandora











Primera Parte

El confinamiento














Antes de que el tiempo fluyera por todo el universo, Prometeo robó el fuego del Olimpo y se lo entregó a los hombres. Desafiando a Zeus de ese modo, sólo pretendía vengar a su padre, Jápeto, y a su hermano, Atlas, pero al hacerlo, había puesto en marcha el reloj de la Historia.

El Rey de los Dioses estaba enojado, pues sabía que la partida de ajedrez había comenzado, y movió ficha para castigar a la Humanidad. Ideó un regalo especial para los hombres y ordenó al dios Hefesto que moldeara, de arcilla, la primera mujer. Los dioses, en asamblea, decidieron colmarla de dones: Pandora era diestra, encantadora y astuta, dotada de una belleza irresistible y de una curiosidad sin límites. Zeus no quiso ser menos, y le entregó un presente final, una preciosa caja sellada, con una advertencia: "Nunca la abras”.

Pandora descendió al mundo de los mortales, portando su caja como un secreto que pesaba más que el mármol. Rendido ante su belleza, Epimeteo desoyó las advertencias de su hermano Prometeo y la tomó por esposa.

Una noche, cuando la luna bañaba el mundo en plata, Pandora escuchó un coro de voces cantarinas que parecía salir del interior de la Caja. Se resistió cuando pudo, pero la curiosidad venció su voluntad. Con manos temblorosas, Pandora levantó la tapa de la caja. Fue apenas un instante, pero suficiente. Escapó un torbellino de espectros de males antiguos que los dioses habían confinado en su interior, y se dispersó por la tierra, sembrando el caos entre los mortales. La enfermedad, la guerra, el hambre y la desesperación tiñeron el aire de un gris opaco.

Pandora cerró la caja con un grito, pero ya era tarde. Las lágrimas que rodaban por sus mejillas, le impidieron ver una tenue luz que temblaba como el latido de una vela. Era la Esperanza, agazapada en el fondo de la Caja. Desde lo alto del Olimpo, Zeus sonreía, entre el atisbo de piedad y el arranque de ironía, observando cómo lloraba la bella Pandora, con la caja casi vacía en sus manos.





—1—



Un leve ruido sacó a Iñaki del estado de somnolencia en el que estaba sumido en el sofá. Afinó el oído y, al cabo de unos segundos, volvió a escuchar unos golpecitos en la puerta. Más bien le parecieron los arañazos de un gato, pero ninguno de los vecinos del edificio tenía gato. Se levantó sin hacer ruido y sacó una pistola automática de detrás de una pila de libros. Oía respirar al otro lado de la puerta.

—¿Quién es?

—Soy yo. Abre, por favor.

Iñaki se quedó sorprendido. Hacía 5 años que no había vuelto a saber nada de Triana.

—Abre, por favor —suplicó Triana.

Iñaki guardó la pistola en el bolsillo. No la necesitaba para enfrentarse al paso del tiempo.

—¿Qué tal te va la vida? —dijo, como si no fuera evidente que les había golpeado a los dos.

Triana contuvo las lágrimas y le abrazó. Ni siquiera intentó disimular. Vestida de luto, con el pelo encenizado, aparentaba 10 años más. Ni rastro de aquella Triana campeadora que tiró la puerta abajo para entrar en su vida.

—Tenías razón…empezó Triana, a modo de disculpa.

Iñaki le puso el dedo sobre los labios.

—¿Tienes hambre? ¿Te apetece que salgamos a picotear algo?

Triana asintió con la cabeza y, muda, se dirigió al baño para lavarse la cara. Iñaki aprovechó para esconder la pistola y cambiarse de ropa, dándole vueltas a un pensamiento. La Triana que conocía nunca habría llamado a su puerta sin un buen motivo, pero tampoco habría dejado de teñirse el pelo.

—¿Sigues teniendo contacto con tus amigos? —se envalentonó Triana al apurar su segunda cerveza.

La pregunta descolocó a Iñaki. Se estaba haciendo mayor y notaba que cada vez le costaba un mayor esfuerzo encadenar ideas.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —dijo Iñaki, chistando al camarero para que les pusiera otra ronda.

—Tengo que desaparecer.

Iñaki le cogió las manos y notó que estaba tensa. Seguía sin saber por qué había llamado a su puerta y no pensaba decir nada que le diera pie para una mentira.

—¿Hay algo que me quieras contar?

Triana se bebió su tercera cerveza de un trago y suspiró. El alcohol empezaba a hacer mella en ella.

—Necesito tomar el aire.

Salieron a pasear y Triana se quitó los tacones para andar sin caerse.

—No parecen muy cómodos —señaló Iñaki.

—Creo que la he liado muy gorda—se lamentó Triana, incapaz de contener las lágrimas—. Nunca debí involucrar a Rubalcaba en esto.

—Descanse en paz.

—Sé que es una excusa de mierda, pero no sabía a quién más podía recurrir.

—¿De qué tienes tanto miedo? —preguntó Iñaki.

—No sabes de lo que son capaces.

—Si no me lo cuentas, no —ironizó Iñaki.

Triana se detuvo y sacó una memoria USB de su bolso de mano, como quien se saca un as de la manga.

—Hace unos meses vinieron a verme, para chantajearme. Querían que volviera a trabajar para ellos, que me encargara del voto por correo. Aquí están todas las pruebas del fraude. Si lo saca ahora, se lía la mundial.

Iñaki dudó si coger el pequeño dispositivo.

—¿Y qué quieres que haga con esto?

—Esconderlo. Si me pasa algo, mándaselo a la prensa.

—¿Tan preocupada estás?

—Alfredo me aconsejó que desapareciera, y ya ves…—suspiró Triana.

Iñaki jugueteó con el pendrive y alzó los hombros. No creía en las casualidades, pero no quería alimentar la paranoia de Triana. Recordó entonces lo que decía su amigo Andrés. En política, las casualidades no existen. ¿Por qué lo recordaba ahora?

—¿Te he hablado alguna vez de Patri La Roja?

Triana observó, antes de contestar, la silueta del Guggenheim al fondo de la calle. Y sonrió por primera vez en toda la tarde.

—No de forma consciente.

—Es una vieja amiga —pareció disculparse Iñaki.

—Algo más que una amiga —ironizó Triana—. No dejabas de nombrarla en sueños.

Iñaki se sonrojó como un adolescente. ¿Qué podía saber Triana de La Patri?

—Nunca me lo dijiste.

—Supuse que me lo contarías algún día, pero ese día nunca llegó.

—Fuiste tú la que elegiste —protestó Iñaki.

—Lo sé, lo sé, me equivoqué y lo lamento. Tenías razón. ¿Es lo que querías escuchar?

Iñaki le dio un beso en la mejilla y aprovechó para susurrarle al oído que les estaban siguiendo.

—¿La última y nos vamos? Conozco el sitio perfecto, no muy lejos de aquí

Triana se dejó arrastrar hasta lo que parecía un club, el Clandestino. El nombre no podía ser más apropiado. El portero saludó con una ligera inclinación de la cabeza e Iñaki le dijo algo al pasar. Era relativamente temprano, pero la zona de barra estaba llena de gente que esperaba para cenar. El ambiente, sofisticado a base de hormigón y madera reciclada, estaba saturado de aroma a cerveza artesanal y un suave olor a guindilla fresca.

—¿Cómo me han encontrado? —preguntó Triana

—Tu móvil o un dispositivo de rastreo en tu bolso —contestó Iñaki, de un aire distraído—. Habrá que darles esquinazo.

—¿Cómo?

—Llamaré a un amigo taxista —sonrió el vasco—, pero, ahora, lo más urgente es elegir la tapa. Aquí está todo bueno.

—¿Me vas a ayudar? —se impacientó Triana.

—Relájate. ¿Has estado alguna vez en Bayonne?





—2—



Igor Bogunov se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa, al lado de la cerveza. Hacía calor a pesar del chaparrón de agua que acababa de descargar sobre Moscú.

—No te dejes engañar por las apariencias, Pavel. Es la calma antes de la tormenta.

—En la embajada son bastante optimistas, y eso que la iniciativa ha partido de Francia.

Igor negó con a cabeza. Con los años se mostraba más resignado.

—Su estrategia para ganar tiempo no engaña a nadie.

Pavel se mostraba escéptico.

—Me ha parecido que el nuevo presidente era sincero.

—Zelensky es un lobo con piel de cordero —insistió Igor—. Su prioridad es ganar las elecciones.

—Es la de todos, supongo —ironizó Pavel, pegándole un trago a su cerveza antes de soltar la bomba—. El cónsul me ha pedido personalmente que acompañe la Misión Especial de Monitoreo del representante austriaco de la OSCE.

—Lo sé —contestó Igor, sin inmutarse—. Martin Sajdik es un viejo conocido, casi un amigo. Me imagino que te han elegido por eso.

Pavel Dudaev se agitó, abofeteado por la noticia, y balbuceó que no lo sabía. Igor sonrió y le contó que había sido embajador y luego representante de un banco austriaco en Moscú.

—Entiendo que le ayudaste y te debe algunos favores, ¿no?

—Digamos que nos ayudamos mutuamente —contestó Igor.

Pavel movió la cabeza y abrió los ojos, abrumado.

—Si Paty estuviera aquí, ahora, se burlaría de mí.

—Es la parte de ti que más le gusta —murmuró el ruso, con un aire paternal que Pavel no le conocía.

—¿Y si la cago?

—No te preocupes: lo harás bien…siempre que recuerdes que esa Misión solo sirve para ganar tiempo. La guerra es inevitable.

Pavel suspiró, terminó su cerveza y se levantó.

—Me tengo que ir.

—Otra cosa. Tu madre quiere que vengas a cenar.

—¿Mi madre está en Moscú? —se extrañó Pavel.

—Llegó anoche. Está loca por verte.





—3—



La luz dorada del atardecer alargaba las olas del agitado Atlántico hasta la pequeña carretera que bordeaba La Plage de la Barre. El agua fría lamía los bajos del vestido floreado de su madre que le había dejado Iñaki.

—Te queda bien.

—No está mal. Es muy…romántico —dijo Triana.

—Ella lo era.

Triana intentó descifrar la mirada perdida de Iñaki, girada hacia el mar, pero estaba más allá de este mundo.

—¿Cuántos años tenías cuando se fue?

—Seis o siete años —contestó Iñaki, con un pequeño nudo en la garganta.

—Pensé que el vestido era de Patri La Roja —dijo Triana, para cambiar de tema.

—Lo llevaba puesto el último día que nos vimos.

Triana le dio un codazo en las costillas.

—¿No me vas a contar nada más?

Iñaki dejó escapar una risa.

—Cuando me cuentes tú lo de las elecciones.

—¿Tenemos un trato? —preguntó la Triana burlona que ya conocía.

—¿Cómo se puede manipular el voto por correo?

—Es muy fácil: haciendo votar a los que nunca votan.

—No sé por qué, pero creo que he salido perdiendo —suspiró Iñaki.

—Te mueres de ganar de contarlo.

Iñaki asintió, intentando huir de sus propias emociones. El tiempo que anestesiaba sus recuerdos era el mismo que le corroía el alma. Al ver a Triana con ese vestido, sentía que la nostalgia del amor le arrastraba mar adentro.

—¿Has estado alguna vez enamorada hasta el punto de perder el juicio?

—Eso es algo que solo pueden permitirse los niños ricos —pinchó Triana.

—Se me olvidaba que las socialistas no creéis en el amor —contratacó Iñaki—. Pues te diré una cosa: Patri era más roja que la sangre.

—No lo decía por ella —se rio Triana.

—Patri era la novia de mi mejor amigo, casi un hermano para mí. Era tan…

—¿Especial?

—Ni te lo imaginas —sonrió Iñaki, recordando la primera vez que se vieron—. Fue reclutada por “la Secreta” a cambio de liberar a su padre de la cárcel, pero yo en ese momento no lo sabía. Tenía que seducirme para infiltrarse en ETA.

—Vaya. ¿Cómo la descubriste?

Iñaki puso cara de pena.

—Un día cometió el error de llamarme “Epeleko”. Era imposible que nadie conociera ese mote.

—¿Y a pesar de eso seguías con ella? —se extrañó Triana.

—Sí. Nos veíamos a escondidas, aquí en Bayonne. Era la casa de mi madre. Estaba echo un lío. Una parte de mí se negaba a creer que estuviera fingiendo, y otra parte se sentía mal por traicionar a Andrés, pero la verdad es que no quería que acabara. Nunca había experimentado nada igual.

—Estabas enganchado. ¿Follaba bien?

Iñaki se molestó e interrumpió su confesión, volviendo la cara hasta que Triana le rodeó con sus brazos y le besó el cuello.

—Te pido perdón. Me sentía un poco celosa. Continúa, por favor.

—No era sólo sexo. Cuando estaba con ella, me sentía más ligero. Toda la rabia y odio que había ido acumulando en mí, desaparecía. Cada uno de sus besos era un bocado de libertad. Era tan agradable y adictivo que se me hacía luego insoportable volver a la realidad de mi vida. Tenía que tomar una decisión.

—Me das miedo —dijo Triana, muy en serio, temiéndose lo peor.

—No andas muy desencaminada —confirmó Iñaki—. Me estaba volviendo loco y un día, tras amarnos hasta la madrugada, fuimos hasta un bosque cercano y la encañoné. Llevaba puesto ese mismo vestido. ¿Y sabes que hizo?

Triana se quedó con la boca abierta, asustada e incapaz de decir nada.

—¡Se quitó el vestido! —prosiguió el vasco— ¿Te lo puedes creer? Se quitó el vestido y lo dobló, para que no lo manchara de sangre. Me dijo “te quiero” y se dio la vuelta para que la ejecutara, pero no pude apretar el gatillo. Caí de rodillas y me puse a llorar todo lo que llevaba dentro. Temblaba de frío y me abrazó. Aquella fue la última vez que hicimos el amor.

—¿No la volviste a ver? —preguntó Triana.

—Sí, el día de su boda con Andrés.
 

Adjuntos

  • Flowers1.webp
    Flowers1.webp
    260.6 KB · Vistas: 38
Volver
Arriba