Titovic
Shurmano Infinite
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Joji Obara fue un tipo que, si lo mirabas desde fuera, parecía tener una vida de lujo. Nació en Corea del Sur, pero se mudó a Japón de pequeño y se hizo japonés. Vivía en Tokio, tenía varias propiedades, coche caro, y parecía un hombre de negocios respetable. Pero lo que realmente hacía con su dinero no era nada bonito. Obara era un depredar.
Este tipo tenía una obsesión con las mujeres extranjeras, especialmente las que trabajaban como hostess en bares y clubs de Tokio. Las hostess son chicas que se encargan de acompañar a los clientes en bares, hablar con ellos, hacerles sentir bien, pero sin tener sexo. Muchas de estas chicas llegaban de países como Australia, Inglaterra o Estados Unidos buscando una vida mejor, y Japón parecía ofrecerles buenas oportunidades. Pero lo que no sabían es que iban a terminar siendo víctimas de Obara.
Este tipo las manipulaba. Se las ganaba, les decía lo que querían escuchar, las llevaba a cenas o a tomar algo, pero el plan de él nunca era el de una cita normal. Las drogaba con sedantes como Rohypnol y ketamina, que las dejaba completamente fuera de sí. No podían defenderse, no recordaban lo que pasaba. Mientras ellas estaban totalmente indefensas, Obara las violaba y grababa todo. Tenía cientos de videos donde se veían las mujeres completamente inconscientes y él haciendo lo que quería.
Ahora bien, Lucie Blackman fue la víctima que destapó todo el asunto. Lucie era una joven británica que llegó a Japón con la esperanza de encontrar trabajo y mejorar su vida. En 2000, después de quedar con Obara, desapareció. Nadie sabía nada de ella, y su familia se desesperó. Durante meses, buscaron sin descanso. Al final, la policía encontró su cuerpo en una cueva cerca de la playa de Miura. Estaba desmembrado y cubierto de cemento. Lucie no estaba viva, pero lo que más impactó fue que Obara no era un caso aislado. Este tipo había hecho esto muchas veces antes.
Obara había atacado a más de 400 mujeres. La mayoría eran extranjeras que trabajaban en bares y clubs, y a él les parecía un juego. Cuando la policía investigó, encontraron en su casa miles de fotos y videos de todas sus víctimas. Ellas ni siquiera sabían que estaban siendo grabadas, y muchas de ellas ni recordaban lo que les había hecho porque estaban completamente drogadas. Lucie fue solo una de muchas.
Y aunque las pruebas contra Obara eran claras, el juicio fue un poco raro. No lo condenaron por asesinato en el caso de Lucie Blackman, aunque claramente fue él el responsable de su muerte. Lo que sí pasó fue que lo condenaron por homicidio culposo en el caso de otra mujer llamada Caren Lopatta, y por violaciones. Al final, en 2007, Obara recibió cadena perpetua, pero el daño que hizo ya era irreversible.
Lo más loco de todo esto es cómo un tipo así pudo estar haciendo esto sin que nadie se diera cuenta. Japón es un país conocido por ser muy seguro, pero las mujeres extranjeras, especialmente las que trabajaban en esos bares, eran muy vulnerables. No sabían cómo funcionaba todo, ni a quién confiar, y Obara aprovechó eso para hacer lo que quería.
Hoy en día, Obara sigue en prisión, pero su historia nunca se olvida. Lo que hizo es una pesadilla, y aunque esté tras las rejas, las víctimas como Lucie Blackman, Caren Lopatta y las otras que pasaron por sus manos siguen siendo las que realmente importan. Este caso es una advertencia de que, por más que las cosas se vean bien por fuera, no todo lo que brilla es oro.
