Maila_Nurmi
Shurmano
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Los elementos que aparecieron el primer fin de semana debían de ser los miembros directos de la familia ocupante. Los visitantes sucesivos debían de ser los primos, a los que siguieron los amigos y los amigos de los amigos. De ahí, a racimo. Porque todos se parecían, panes de la misma masa, o en las anatomías, o en los atuendos o en los usos o en las tres cosas. Entre tíos, cuñados y amistades, los que paraban en Zarzahuriel eran muchos y de todas las edades.
A este conglomerado humano global y uniforme, Manuel pronto empezó a llamarlo La Mochufa.
Llegaban en tres o cuatro coches grandones, fuera de escala, aparcando ostentación en la patena zarzahurielense. Y con unos maletones de volumen considerable, para cursar tres o cuatro cambios de vestuario al día durante una estancia de solo dos.
Llevaban encima las marcas de su raigambre, las señas físicas del secular hispano que tres o cuatro generaciones atrás se desplazó a la capital a buscarse buenamente la vida. Los vástagos de hoy, renegados y apóstatas, llegaban ejerciendo de urbanos supuestamente sofisticados. Les saltaban al aspecto los siglos de azada, forraje, moscas y grasas animales. Y sin embargo hacían chistes sobre los tufos del campo, alardeaban de su conocimiento del callejero capitalino, exhibían pegatinas del oso y el madroño y se reían de todo lo que veían en Zarzahuriel, con los aires colonizadores de los metropolitanos imperiales. Les hacía gracia tirarse pedos y eructos, como a cabestros en un cuartel chusquero.
Independientemente de cómo fuera la de sus ancestros, ellos no lucían expresión de listos. Su comportamiento no contravino nunca esta sensación. Los tanques en los que venían en convoy no pequeño diríanse antes adquiridos con el dividendo del pelotazo, la recalificación o el trafullo en la suspensión de pagos que con las rentas del talento. Les tiraba la ostentación, esa forma que tienen los advenedizos y los acomplejados de expresar su confusa relación con su dinero.
Llevaban la marca de la ropa tan a la vista que Manuel podía leer las letras desde el sobrado. Fuera de esto, iban muy rotulados de indumentaria, con mensajes que muchas veces resultaban de desconcertante desajuste. Había varios que tenían que sujetarse las barrigas a pulso con las manos, y vestían camisetas de gimnasios. Una que no salía sin las joyas llevaba en la camisa el circulito de los hippies. Otro muy asnal se presentaba con la leyenda Oxford University, desprestigiando a un claustro que no le habría admitido en la casa sabia ni como cadáver donado. Banderas de países, lemas contradictorios, proclamas ininteligibles. Les podían endilgar en la chupa el anagrama de un club de balonmano de las Molucas o de la Baader-Meinhof y ellos como si no, empecinados en hacer eslogan de causas que no parecían llevar comprendidas.
Sentían un patente horror al silencio. No sabían estar sin hacer ruido, como si necesitaran la constante confirmación de que estaban presentes allí y en ese momento. Si el miedo al silencio es de gente acobardada ante sí misma, estos vivían en el pasaje del terror.
A veces ponían a aullar aposta la alarma de su coche, para ver lo bonito que sonaba. Los niños se reían, los padres bromeaban. Tardaban en apagarla porque el estruendo los hacía felices. Los ponía contentos porque la sirena rasgaba el silencio que los mochufas no soportaban.
Todo el tiempo les sonaba el móvil, que contestaban a gritos. Contaban siempre a través del teléfono lo bien que estaban en la soledad del campo, gran paradoja si los fines de semana se los pasaban hablando con el exterior.
Se rearmaban continuamente para meter más follón. Trajeron un cortacésped para la parcela, y mataban las mañanas paseándolo por la hierba, tres o cuatro veces por el mismo trozo. Un viejo una tarde sintió la llamada del bricolaje. Pretendía decapar el barniz de un portón de seis metros cuadrados con una lija circular fijada a un taladro doméstico. El bobo se cansaba cada diez minutos y lo dejaba. Retomaba sin aviso, y cada vez la herramienta rompía más los nervios.
Pronto instalaron una campana en su patio, para que los niños se entretuvieran. La tañían como locos, metiendo un jaleo de bayoneta pinchando tímpanos. Todo con tal de fulminar la quietud que decían haber ido a buscar en Zarzahuriel y que en realidad no aguantaban. «¡La paz que se respira allá!», contarían el lunes al vecino en su barrio. Manuel tenía que tener pelados los cantos de los dedos de los pies de tanto frotárselos unos con otros de repelús y asco.
Parte de ese ruido lo aportaba la asquera de música que gastaban, a base de radiofórmula refreída y emisoras de recopilatorios deslavados. Era la suya la puta música para las alimañas del coño y del cojón, pachangadas pensadas para la gentuza de cualquier clase social. Los mugidos los definían, en una etopeya sónica que les describía de forma exacta con más nitidez de como lo hubieran hecho sus biografías en tres tomos. Me apunté los deberes de indagar qué había sido de las vidas de aquellos de mis conocidos que compraron hacia 1983 los discos de Luis Cobos, de La Trinca o de El Puma. Estaba seguro de que les había ido como el culo, por cara-cacas, como vaticinaban sus gustos.
Todos hacían las mismas gracias todas las semanas, pero con cara de creerse que las inventaban nuevas y a estrenar. Las mismas, a repertorio fijo. Pero notándose anticipados, especiales, inéditos, originales, únicos: las cinco vocales iniciales para su novedad vieja. Y semana tras semana desfilaban los chistes sobre cómo vagueaban, los chistes sobre cómo se despatarraban, los chistes sobre el bajo estado de forma del otro, los chistes sobre lo pillos que eran porque se bebían una cerveza, los chistes sobre cómo se iban a poner a chuletas, los chistes picaritos y bienintencionados sobre celos cuando venían en parejas, los chistes diciendo «patata» al hacerse la foto de recuerdo.
La seriación de fotocopia persistía cuando abandonaban las regiones del humor y se lanzaban por las de la poesía. Se reiteraban entre ellos y a sí mismos cuando se veían en composición de estampas emotivas. Todos bebían una botella de vino al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de alta trascendencia gastronómica. Todos tertuliaban arrobados al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de vibrante estética filosófica. Todos enseñaban un efecto de la naturaleza a sus hijos al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de paternal pedagogía sobre la vida agreste y verdadera. Todos se besaban al atardecer, convencidos de ser los primeros en pintar un cuadro de evocador erotismo campestre. Durante estos ratos de pintar cuadros se callaban un poco.
En sus escenas, cómicas o líricas, los varones agravaban la voz y las hembras la agudizaban, que los papeles los tenían bien repartidos.
Ya he dicho que se besaban. Creo que era muy duro sufrir la dentera que daba ver a dos subderivados invocando el contacto carnal, y el retortijón de píloro que ofrendaba el imaginarse a uno mismo besando a eso.
Dejaban las luces encendidas por todos sitios. Daban la luz hasta para buscar el interruptor de la luz. Sin embargo, traían un perro al que sacaban a pasear por el campo con dos bolsitas de recoger cacas. En eso consistiría básicamente ser un fulano. En ir por el bosque con los paquetitos del remilgo. Pero estar de día y de noche quemando combustibles fósiles para la generación eléctrica como norma de civilización.
Un viernes por la tarde, unos de chaquetilla naranja les instalaron un dispositivo para subir las persianas dándole a un botón. Otro, se trajeron unos extensores para ejercitar los brazos, como si los brazos no se ejercitaran subiendo persianas. Un sábado les llegó una furgoneta de la que unos operarios bajaron una cinta de correr. La llanura y los cerros, pistas infinitas, los miraban clamando al cielo. Otra dotación vino poco después a colocar unas mosquiteras en las ventanas para que el campo no les entrara en la casa de campo.
Llamaban «cariño» a todo el mundo, marca de quien ofrece un afecto devaluado por exceso de oferta verbal. Hablaban muy adscritos a fórmulas predeterminadas. «Recargar las pilas», «planes con niños», «escapada», tufihuelas así. Decían «divina de la muerte», «momentazo», paquetillos verbales a base de fraseo prestado, botes de caca semántica consensuada que se recambia década a década, pero constituyendo siempre la señal oral del lerdo. «Cómo ser madre y no morir en el intento», qué risa. La de «Los hijos vienen sin manual de instrucciones» siempre provocaba gran alborozo, así se repitiera a cada minuto. Chorrudeces a palangana llena. «Aquí estoy, al sol, como los lagartos».
Decían todo el tiempo «disfrutar». Es la palabra que a la altura del siglo, según Manuel, usaban todos los sinvergüenzas que querían vender algo cuando ese algo era una puta mierda. Es también vocablo propio de los que tienen ansias de follar y no las echan para afuera. Término de obscenidad latente, soltarlo u oírlo da un respiro, porque sugiere una promesa de íntimos orgasmines a los de las ganas cautivas.
Se habían dejado abducir por los comentaristas de la tele, que todo lo arreglan con la «hoja de ruta», las «espadas en alto», la «línea roja» y con que si «yo no tengo una bola de cristal», peditos reproducidos a millares con los que un tertuliano se echa al coleto un buen pasar en debates de cualquier horario. Salía mucho «calidad de vida», la formulación con la que los desmigados se intentan convencer de que están contentos.
Daba la firme impresión de que vivían decididos a parecerse a la gente que sale en los anuncios.
De viernes a domingo, preñaban el campo de olor a cosmética. Abrían una ventana y apestaba a gel, a leches, a gilifrascos, a cadena de perfumerías, a hipermercado de fetideces. A champú, a acondicionador, a espuma fijadora, a tomadura de pelo.
Necesitaban medicinachas para todo. Les rondaban la contractura, la sequedad de ojos, la alergia a todo lo que se menea, las décimas de fiebre y el constipado, siempre en puertas. Manuel columbró en delirio que tiraban de una pomada para el picor común de espalda. Te untabas el preparado y a los dos minutos se te pasaba. Se vendía con un aplicador telescópico que extendido se parecía mucho a un limpiaparabrisas. Las toallitas húmedas a base de alcohol para el aseo fecal eran para ellos imprescindibles. No en balde, cada vez más, en un proceso simple de adicción proveído por el empapado etílico del orto y la inevitable alcoholización (por vía anal, la más innoble de las posibles) del usuario.
Se tumbaban en el patio a leer la prensa rosa. Es el carné de socio de los despresurizados, la chapa identificativa de los pulguientos en la perrera municipal y la tablilla collar de los esclavos vocacionales en el zoco. No sé por qué no se dice más.
Sus hábitos de consumo televisivo no eran alentadores, sosteniendo con su fidelidad la producción audiovisual de los directivos de cadena cuya dilución en humus menos va a importar.
Había entre La Mochufa varios gordos (los de las camisetas de gimnasio). Eran de esos que lo son por no reunir ganas de levantarse del sofá, por comer lo que sea con tal de no prepararlo, por pelotudez, por ser vagos, por andar dormidos, por no arrancar. De los de las grasas insaturadas fluyendo por las venas sin disolvérseles en la sangre por estar apanarrados en modorra terminal. Una cierta morfología de gordo justificadamente reprobable y cuyo comprobante va mucho antes en la expresión facial de panoli que en las lorzas y en las mollas. De estos había bastantes, no necesariamente adultos.
Estaba la cuñada chorraboba que se las daba de independiente porque salía a pasear sola. Volvía siempre con una foto de ella ante el paraje deshabitado, que enseñaba a todos. La titulaba con variaciones del lema DESCONECTANDO DEL MUNDO y la colgaba en Internet. Con lo que se conectaba a millones de mundianos. Menudeaban mucho entre los mochufas estas incongruencias de desvaídos colegiados.
Siempre había entre los invitados uno o dos un poco mayores que cuando se veían entre canchos y foresta desempolvaban una improbable vivencia rural infantil. La alegaban para constituirse en expertos de grupo sobre cómo hay que estar en el campo, y sacaban una brizna de acento de adobe, como de hombres llanos y de trato franco. Se ponían peritos en naturaleza y transmitían a los críos sus conocimientos. «Esta parte del árbol es el tronco. Lo de arriba son las ramas. Lo de abajo es la raíz. Pero que no se ve porque está enterrada». Se tiraban el pisto con palabrotes de estos terruñeros y campuzos, dando forzado testimonio de su previa experiencia en el medio campestre (que podía limitarse a unas vacaciones de una semana en un albergue). Que si la tolla, el cantorral y la aulaga, voces así de mucho antaño imponente, vocablazos del Santo Grial en el lavavajillas. A Manuel los ecos ancestrales no le sonaban sino a lo boberas que era el que los soltaba, disfrazado de explorador, metido a antropólogo antropobragas, que sacaba sus saberes para que se viera que es que él tenía un pasado de entremezcla con lo autóctono, el tío.
Habia más gentes cuyas particularidades llamaban la atención: el del chambergo de plástico, que iba cocido en su propia gelatina como si fuera una cazuela de callos. Otro muy peludo, que tenía pelo hasta en la raya del pelo. A uno le habían salido cartucheras en los muslos, y llevaba los fémures entre paréntesis. Una muchacha tenía los pezones como dos yoyós. Muchos tendían a vestir como si fueran a la jungla de Sumatra, dril, caqui, verde oliva y mucho bolsillo.
Pero sobre todos ellos destacaba la presencia de la matriarca. Se trataba de la mujer que había ido en su día a ver la casa con el trajeado de la inmobiliaria. Se llamaba Joaqui, madama, capitana de la tropa de mastuerzos de su cuerda.
Era, según Manuel, de cara legañosa. No porque tuviera legañas. Sino porque daba la impresión de que si miraras una legaña al microscopio verías algo similar a su cara. Hablaba pastosón, como si sus glándulas salivares segregaran yeso al tiempo que babas. Exhibía volúmenes en rostro y cuerpo de ubicación rara. Se debía de haber sometido a operaciones plásticas, que a Manuel le remitían al uso anómalo de insertarse bajo la dermis fuagrás, chicle usado o hule derretido.
A Joaqui, Manuel le tomó un asco de envergadura continental. Decía de ella cosas que me ponían intranquilo, y eso sin conocerla yo de nada. Nalguienta. Decía que se le notaba en la distancia que le olía mal la cara, como a esquinazos sin iluminar. Te huelen las corvas a guerras. El prototipo de mujer que nunca se acuerda de cuál era el cajón de las bragas sucias y el de las limpias. A Manuel, Joaqui le recordaba a las reinas de las mañanas de la tele, con su pinta de que empezaron a sufrir pérdidas de orina a los ocho años.
Los niños (hijos, sobrinos, nietos) les salieron culudos, y muy de decir pirrileras. Eran destinatarios infantes del infantilismo de sus padres, que en este caso era de la rama revenida, dolosa, bastarda y vergonzante, la del mal síntoma.
A los adultos se les notaba que si tenían tantos hijos era porque tampoco se les ocurría otra distracción para hacer vida. Parecían convencidos, por otro lado, de que un crío solo vivía su infancia plenamente en la medida en que la activaba en cuanto a memo.
Los críos eran constantemente hiperfelicitados por cualquier parida, con un «¡Bieeeen!» que se oía a todas horas: porque el crío había encestado una canica en la piscina hinchable o porque había pedaleado cinco metros sin que le volcara la bici de cuatro ruedas. Quizá era por tanta anuencia y por tanto premio gratis que no sabían hacer nada. Todo había que dárselo hecho. Llegarían a adultos sin conocer la compleja receta del bocadillo de chorizo.
Metían ruido todo el tiempo, por paterna transferencia. Los padres, que jamás los recondujeron hacia formas evolucionadas de desarrollo, parecían agradecerlo. O porque les quitaban de encima ese silencio que parecía asustarles. O acaso porque con los chillidos y los golpes chequeaban que los descendientes no se les habían muerto.
Los niños habían establecido el lloriqueo como forma estándar de relación con sus mayores. El chantaje del berrinche era su forma animalesca de decir las cosas. Unos lloricas, en fin, unos moñarros, con el llanto como vía básica de comunicación. Unos débiles de ánimo y unos extorsionadores bobalicones con el moco y el alarido siempre a punto para la consecución de sus demandas.
Eran niños plañidera. No les pasaba nada, pero sabían que tenían que llorar para cobrar. Eran cachorros sobreprotegidos que necesitaban ayuda para todo y que solo sabían hablar a base de sollozos. Cafres a gritos, a ver quién hacía más Fosbury sobre la cota de decibelios. A Manuel le tenían los oídos tan perforados que le podían haber puesto pendientes hasta en los cojones.
Cuando los gimoteos no les funcionaban hacían como que se ponían enfermos, de dolencias inubicables y tornadizas, volátiles, intermitentes, que se posaban en el niño un rato y que despegaban después, ahora sí, ahora no, un disgusto perenne. Para cualquiera con medio ojo en la cara, los críos eran unos pelafustanes con ganas de acopiar atenciones y de tocarle la gárgola al primero que se dejase.
La información deportiva era su principal influencia conductual y fraseológica, sin que ningún padre hiciera nada para corregir la malformación. Cuando el hámster de un crío se pusiera enfermo, diría que el animal estaba «librando el partido más importante de su vida». Cuando otro se comprara una bolsa de ganchitos en Navidad, contaría que la había adquirido «en el mercado de invierno». Cuando el de más allá presenciara una pelea en el colegio, explicaría que había asistido a «unas imágenes que preferiríamos no tener que ofrecerles». Jugaban al fútbol en el patio. Había dos o tres niños de diez años que celebraban sus goles metiéndose el pulgar en la boca. Se lo habrían visto hacer al futbolista en el estadio, y daba un asco de tripa dada la vuelta pensar que los críos procreaban y que en los momentos de éxito se acordaban de lo expelido. Así funcionaban como norma general. Por copia, sin saber ni a qué aludían.
Los chavalines tenían unos nombres de vergüenza ajena, por ver quién bautizaba con menos sentido. Los niños no eran responsables de sus títulos. Pero iban a ser criados por los mamarretes que se los habían endilgado. Las perspectivas a futuro eran las peores. No desaprovecharían el cretinismo surtido por los progenitores desde el momento mismo de su inscripción en el estadillo de natalicios. El maleamiento por transmisión se adivinaba ya en detalles como la afición de los pequeños por andarse en las narices. La rino-hurga, a dos índices y a falange plena, era presenciada por los padres nominadores sin que ninguno les dijera nada.
Los mochufas habían recalado allí para hacer las cosas que veían en los telefilmes de puré de mierda. Colocaron una canasta de baloncesto en una pared. Se agenciaron bates y guantes de béisbol. Compraron lo que ellos llamaban una barbacoa. No atinaban a encenderla ni a alimentarla, y no iban a aplicarse para aprender a manejarla. Así que siempre acababan recurriendo a bañar la madera con fuel, que eso ardía seguro. Se comían la carne con sabor a camión, tan felices de lo bien que quedaban las chuletas asadas en brasa de encina. Preparaban unas humaredas de la hostia, y se volverían a Madrid a contar probablemente cómo habían pasado el fin de semana respirando el aire puro del campo y comiendo producto de calidad gourmet.
Reseñable fue el día en que se hicieron con una vara de dos metros de longitud y se colocaron en el balcón de la fachada, en el primer piso. Se dedicaron entre grandes risas a destruir los nidos de barrillo de las golondrinas, construidos bajo el alero del tejado. Se conoce que les importunaba que les cagaran frente a la casa, y derribaron las mensulitas de arcilla hasta que no quedó ninguna al alcance de la caña. Se notaba que los mochufas no habían construido su casa. Manuel nunca se sintió un gran animalista. Pero esto le trastocó sobremanera. Más todavía.
En cuanto bajó un poco la temperatura, durante el templado septiembre, empezaron a hacer uso de una aplicación para móviles desde la que encendían la calefacción a distancia. El viernes a las once de la mañana ya la tenían prendida porque iban a aparecer a las seis de la tarde, no fueran a pasar frío. Y la máquina, echando humo y cerdería porque les era imprescindible tener toda la casa calentorra desde el mismísimo momento de entrar.
La Mochufa ensuciaba todo el día: con los motores de sus coches, que parecían carros de combate; con sus artilugios eléctricos, sin los que no eran capaces de batir un huevo; con las calderas de sus calefacciones anticipadas, no fueran a coger un catarro mientras no estaban. Para Manuel, este enguarramiento pertinaz era acción criminal. No tenía él mucho de ecólogo. Pero estas prácticas hacían que le entrechocaran las costillas. Tanto amor que los mochufas adultos declaraban a los hijos y a los nietos, y con qué saña les estaban dejando una decoración aérea amarilla ferrugino como para coger todos los enfisemas. Parecían negarse a ver que contribuían a un futuro sucio, en el que sus niños vivirían atosigados por las emisiones de veneno de las que advierten los peritos. Sus padrecitos eran infradotados que preferían sus artefactos antes que a sus hijos, si bien no parecía que lo supieran. Cuando fueran un poco más mayores, los niños a los que creían querer tanto morirían por abrase de gaznate, gracias papá y gracias mamá.
El domingo por la tarde, a eso de las seis, se volvían a sus casas, con expresión de haber quedado transidos de naturaleza e imbuidos de experiencia agreste. Como quien se va de putas y vuelve creyéndose un conquistador.
