Lectura La bellota radioactiva

Fenix_ardiente

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AUTOR:Fenix_ardiente
Agradecimientos: @darl @Zagalico @Ludopatas @Yuman


Por favor los comentarios y sugerencias deben ir en el siguiente hilo del General:

 
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Capítulo 1:El claro maldito
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La noche había caído sobre la aldea de San Cernín con una espesura que parecía masticable. No había luna, solo un manto de nubes que ocultaba hasta la más mínima rendija de luz. En el bosque cercano, los robles centenarios crujían bajo el peso de un viento frío que arrastraba hojas muertas y secretos aún más antiguos.





Tomás, un niño de doce años, caminaba con paso inseguro entre los troncos. Le habían desafiado sus amigos: “Si de verdad no tienes miedo, trae algo del claro del cementerio de árboles”. Era un lugar prohibido, donde los viejos juraban que la tierra estaba enferma desde que, años atrás, un resplandor verde iluminó la zona durante varias noches. Nadie supo explicarlo, pero desde entonces nada volvió a crecer igual.





El claro apareció ante sus ojos de golpe, como si el bosque lo hubiera tragado y luego escupido. El suelo estaba seco, la hierba parecía quemada, y en el centro, destacando como una joya maldita, yacía una bellota enorme. No era marrón como las demás: brillaba con un resplandor esmeralda, pulsante, como el latido de un corazón.








Tomás se acercó despacio. El aire olía a óxido y tierra mojada, aunque no había llovido en días. Al alargar la mano, sintió un calor extraño, como si el objeto respirara. La tocó.





Un destello lo cegó. El bosque entero pareció contener la respiración.





Entonces lo oyó: un murmullo, lejano pero inconfundible, que surgía de dentro de la bellota. Palabras inhumanas, en un idioma que no conocía pero que, de alguna manera, entendía.





El suelo tembló bajo sus pies. Los troncos a su alrededor comenzaron a agrietarse, y de las hendiduras se escapaba un resplandor verdoso. La voz se hizo más clara:





“Despertadme.”





Tomás soltó la bellota, pero esta no cayó. Flotaba en el aire, vibrando con violencia. Y antes de que pudiera gritar, una sombra líquida, viscosa, emergió del suelo y se enroscó alrededor de sus tobillos.





El niño trató de correr, pero el bosque lo había atrapado. Y aquella cosa, aquella bellota radioactiva, apenas estaba empezando a abrir los ojos.



Capítulo 2: El rumor del pueblo


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San Cernín estaba perdido entre encinas y dehesas, en el corazón seco y bravo de Extremadura. Apenas una docena de casas de piedra y tejados rojizos se apretaban alrededor de la iglesia, cuyas campanas habían dejado de sonar hacía años. Allí, la gente vivía con un silencio hondo, casi resignado, como si todos guardaran un secreto que no debía nombrarse.





La desaparición de Tomás recorrió el pueblo en susurros. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos sabían que había cruzado el bosque prohibido. El claro. La bellota.





En la taberna, entre vino peleón y el humo de tabaco barato, los hombres se miraban sin atreverse a preguntar. Fue el viejo Mateo, con la voz gastada y la mirada en el suelo, quien murmuró:





—Lo que se despertó aquella noche no debió ser tocado nunca.





Un silencio pesado se extendió. Solo se oía la radio del fondo, donde sonaba una vieja cinta de Extremoduro. Las palabras, arrastradas por la voz rota de Robe, parecieron clavarse en el aire:





"Hizo el mundo en siete días
Extremaydura al octavo
A ver que coños salía
Y ese día no había jiñado
Cagó Dios en Cáceres y en Badajoz
Cagó Dios en Cáceres y en Badajoz
Cagó Dios en Cáceres y en Badajoz
Cagó Dios en Cáceres y en Badajoz
En Cáceres y en Badajoz"





Algunos apartaron la mirada. Otros, como si esas letras fueran una advertencia, se persignaron sin decir nada.





María, la hermana mayor de Tomás, no se resignaba. Sabía lo que la gente pensaba, lo que callaban. Pero aquella noche, cuando todos se encerraron en sus casas, ella se puso la chaqueta y cogió una linterna.





—Si nadie va a traerlo, iré yo.





El camino hacia el bosque parecía más largo de lo normal, como si los árboles crecieran con cada paso para cerrarle el paso. La oscuridad tenía una densidad casi líquida. El suelo, agrietado y seco, mostraba huellas: las de su hermano, más profundas de lo que deberían.





Al llegar al claro, lo sintió. El mismo resplandor verde, palpitante, aún iluminaba la tierra muerta. La bellota flotaba sobre el centro del claro, como una lámpara de otro mundo.





María tragó saliva. El aire estaba cargado, y en medio del silencio escuchó la misma voz que atrapó a Tomás:





“Despertadme.”





Un crujido resonó entre las encinas. No estaba sola.





Capítulo 3:
La llamada de las raíces









El crujido no fue de una rama al romperse, sino de algo más hondo, más vivo. Como si el propio suelo del claro se estirara y gimiera. María alzó la linterna, el haz tembloroso barriendo los troncos retorcidos. Nada. Solo sombras que parecían moverse cuando ella no miraba.





La bellota seguía flotando, latiendo, y a cada pulso el aire olía más fuerte a hierro y ceniza. La voz, que al principio parecía un murmullo, ahora sonaba dentro de su cabeza.





—Despertadme.





María retrocedió un paso, pero sus botas crujieron sobre la tierra seca y el claro entero respondió con un suspiro. Bajo sus pies, la superficie comenzó a agrietarse como un cristal a punto de romperse. Y entonces lo vio: unas raíces negras, gruesas como brazos humanos, trepaban desde las fisuras, buscando la luz.





La linterna parpadeó. Un fogonazo la dejó a oscuras. El resplandor verde de la bellota era ahora la única claridad. Y en ese fulgor apareció algo más.





Allí estaba Tomás. O al menos su forma. Quieto, al borde del claro, con la piel cenicienta y los ojos velados por un brillo esmeralda.





—Tomás… —murmuró ella, con la voz quebrada.





Él sonrió. Una sonrisa torcida, extraña, como si no terminara de pertenecerle.





—Vuelve conmigo, hermana. El bosque quiere que nos quedemos.





La campana de la iglesia, muda desde hacía años, resonó a lo lejos. Un tañido único, grave, que heló la sangre de María. El eco viajó hasta el claro y, por un instante, el niño pareció retorcerse de dolor, como si esa campanada lo hubiera quemado.





El resplandor de la bellota se intensificó, cegador. Las raíces negras se alzaron del suelo como serpientes, tanteando en el aire, y una de ellas se dirigió directo hacia la pierna de María.





Ella gritó. Corrió sin mirar atrás, tropezando con las piedras, sintiendo que el bosque entero respiraba a su alrededor. Cada árbol parecía inclinarse, cerrando el paso, alargando sus ramas como dedos.





Cuando por fin salió del claro, jadeante, el resplandor verde seguía brillando detrás de ella, como un faro maldito.





Y entonces lo comprendió: Tomás no estaba perdido. Tomás estaba con “eso”.





Y si quería salvarlo, tendría que volver.
 
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