EL DÍA QUE EL MAR SE VOLVIÓ HIERRO
Relato de un soldado de los Tercios en la batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571
No he vuelto a ver un amanecer igual al de aquel 7 de octubre. El mar, que tantas veces me había parecido un espejo sereno, aquella mañana era un campo de acero bruñido, tensado bajo un cielo sin misericordia. Yo era soldado del Tercio de Miguel de Moncada, embarcado en la galera San Juan, y nunca olvidaré el temblor de la madera cuando el tambor anunció que habíamos avistado las velas del turco.
Llevábamos días rezando, limpiando arcabuces, afilando chuzos. Dicen que la Santa Liga; España, Venecia y el Papa, había reunido la mayor flota cristiana jamás vista. Más de doscientas galeras. Frente a nosotros, Alí Bajá y sus turcos. Dos mundos mirándose de frente, con siglos de odio entre ambos.
Don Juan de Austria, nuestro joven general, pasó en su galera Real, erguido como si no conociera el miedo. Nos habló con voz recia:
—Hijos de Cristo, hoy peleamos por su cruz y por la cristiandad. ¡Que cada disparo lleve su nombre!
Las palabras corrieron de barco en barco, como una llama. El viento traía olor a brea, a sal, y al incienso que ardía en los altares improvisados. Los sacerdotes nos dieron la absolución. Muchos lloraron. Yo también. No de miedo, sino porque presentía que aquel día no todos volveríamos a ver tierra.
Cuando los primeros cañones rugieron, el mar se llenó de humo. El estruendo era tan grande que apenas podía oír mis propios pensamientos. Vi a los arcabuceros disparar y recargar con manos temblorosas, a los piqueros bracear por no caer entre los remos rotos. Las flechas silbaban, los gritos se mezclaban con los golpes de hierro contra hierro.
La galera enemiga embistió la nuestra y el choque me lanzó al suelo. Sentí cómo la cubierta se abría bajo mis pies, y un chorro de agua salada me cegó. Me levanté empapado, con la espada en la mano, y vi a un jenízaro abalanzarse sobre mí. Nos miramos un instante; él tenía mis mismos ojos de miedo. Le clavé el acero antes de que su cimitarra descendiera. No tuve tiempo de pensar: otro, y otro más. El mar era un infierno.
En medio del humo, alguien gritó que la Real de Don Juan había abordado la galera de Alí Bajá. Miré hacia allí: un enjambre de hombres luchaba sobre las cubiertas entrecruzadas. Las banderas chocaban como bestias: la del Cristo Crucificado contra la de la media luna. Luego vimos ondear la enseña de la Santa Liga. El enemigo comenzaba a rendirse.
Cuando el sol empezó a caer, el mar estaba cubierto de cuerpos y restos de madera. Las gaviotas daban vueltas sobre nosotros. De los turcos quedaban pocos; su armada había sido destruida. Dicen que más de treinta mil murieron aquel día. Yo no sé cuántos fueron, solo sé que el agua estaba tan roja que parecía vino.
En la San Juan quedábamos menos de la mitad. Los heridos gemían entre tablones y sogas rotas. Y allí, apoyado contra el costado de la nave, vi a un joven con el brazo colgando, la mirada fija en el horizonte. Era un tal Miguel de Cervantes, un soldado como yo. Sonrió, pese a su dolor, y murmuró algo que apenas oí:
—Ha sido un buen día para morir por Dios y por España.
Yo asentí. Pero él no murió. Dicen que perdió el uso de su mano izquierda, pero ganó eternidad con la derecha.
Y yo… yo solo soy un soldado más que sobrevivió a Lepanto, el día en que el mar se volvió hierro y el cielo escuchó nuestras plegarias.