Lectura El pasillo prohíbo. Autor Fenix_ardiente

Por favor shurlectores os ruego por favor que los comentarios sobre er relato los dejéis en este hilo del General y así tenemos este hilo libre para ir actualizandolo con los nuevos capitulos.
Muchas gracias por vuestra colaboración.





TITULO
El Pasillo Prohibido
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Autor: Fenix_ardiente

Capitulo 1
El pasillo
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En el Colegio San Agustín, un edificio centenario de paredes grises y pasillos interminables, circulaba una leyenda entre los estudiantes. Se decía que en el tercer piso, más allá de la biblioteca, existía un pasillo que permanecía cerrado desde hacía décadas. Los profesores evitaban hablar del tema y las preguntas al respecto eran desviadas con nerviosismo.

Martín, un estudiante de último año conocido por su escepticismo, estaba decidido a desmentir los rumores. Una tarde de invierno, cuando el sol se ocultaba temprano y las sombras se alargaban por los corredores, convenció a su amiga Elena para quedarse después de clases e investigar.

"Es solo un área en renovación", insistía Martín mientras subían las escaleras hacia el tercer piso. "La gente inventa historias para asustar a los de primer año".

La biblioteca estaba desierta cuando llegaron. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el crujir de la madera antigua bajo sus pies. Al fondo, tal como decían los rumores, había una puerta vieja con un cartel amarillento: "PROHIBIDO EL PASO - PERSONAL AUTORIZADO".

"¿Ves? Solo es un área restringida", dijo Martín, aunque su voz sonaba menos segura.

Elena sacó de su mochila una horquilla y, tras unos segundos manipulando la cerradura, la puerta cedió con un chirrido que resonó por todo el pasillo.

Lo que encontraron al otro lado desafiaba toda lógica. El pasillo parecía extenderse mucho más de lo que permitían las dimensiones del edificio. Las paredes estaban cubiertas de antiguos pupitres apilados hasta el techo, y en el suelo, tiza esparcida formaba símbolos incomprensibles.

"Deberíamos irnos", susurró Elena, pero la curiosidad pudo más.

Avanzaron lentamente. A medida que se adentraban, la temperatura descendía drásticamente. Las luces parpadeaban, proyectando sombras que parecían moverse por sí solas.

En las paredes había fotografías en blanco y negro de grupos escolares. En todas ellas, en la última fila, aparecía una niña de cabello largo y oscuro, con el rostro borroso. En cada fotografía sucesiva, la niña parecía estar más cerca del centro de la imagen.
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"Martín, mira esto", dijo Elena señalando las fotografías. "Es la misma niña en todas, pero estas fotos son de diferentes décadas".
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Un sonido de tiza contra pizarra los sobresaltó. Al fondo del pasillo, donde la luz apenas llegaba, una figura pequeña estaba de espaldas, escribiendo en una pizarra invisible.

"¿Hola?", llamó Martín, su voz temblando.

La figura se detuvo. Lentamente, comenzó a girarse.

Elena agarró el brazo de Martín con fuerza. "No deberíamos estar aquí", susurró.

Antes de que pudieran retroceder, todas las puertas del pasillo se cerraron de golpe. La figura ahora los miraba, aunque donde debería estar su rostro solo había un borrón oscuro, como en las fotografías.

"Llegaron tarde a clase", dijo una voz infantil que parecía provenir de todas partes. "Ahora tendrán que quedarse para siempre".

Las luces se apagaron por completo. En la oscuridad, sintieron manos frías tocando sus hombros, y risas infantiles rodeándolos.

Al día siguiente, el conserje encontró la puerta del pasillo prohibido abierta. Dentro, sobre el polvo acumulado, solo había dos mochilas abandonadas y, en la pared, dos nuevas fotografías escolares donde Martín y Elena aparecían en la última fila, con sus rostros completamente borrosos.

El director ordenó sellar la puerta con cemento esa misma tarde. Y en las aulas, dos pupitres quedaron vacíos, mientras los profesores evitaban mencionar a los estudiantes desaparecidos, como habían hecho con tantos otros a lo largo de los años.
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Capítulo 2
La Voz de la Pared
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Durante semanas, el colegio San Agustín mantuvo una calma extraña, como si el edificio supiera lo que había ocurrido. Nadie mencionaba a Martín ni a Elena, pero todos sabían. En los pasillos, el aire era más denso, y algunos alumnos juraban sentir miradas invisibles cuando pasaban cerca de la biblioteca.

Lucas, compañero de clase de Martín, fue uno de los pocos que no pudo dejarlo pasar. Martín era su mejor amigo. Se negaba a creer que se hubiera escapado sin decir nada, menos aún junto a Elena. Algo no encajaba. A escondidas, comenzó a investigar, husmeando en registros antiguos, hablando con los estudiantes mayores y observando el tercer piso cada vez que podía.

Fue así como conoció a Clara, una alumna nueva que aseguraba haber oído voces detrás de la pared recién sellada. “Susurran nombres”, le dijo un día en la azotea del colegio, donde sabían que nadie los escucharía. “Y anoche… anoche escuché el tuyo”.

Lucas se estremeció. No creía en fantasmas, pero tampoco podía ignorar la creciente sensación de que algo lo llamaba. Una noche, guiado por Clara, regresaron al colegio a escondidas. La pared que sellaba el pasillo parecía más reciente, el cemento aún con marcas de humedad. Pero en su superficie habían comenzado a aparecer grietas… y palabras. Nombres. Decenas de ellos. Todos escritos desde dentro.


Lucas pasó la mano por el suyo: LUCAS VARGAS. Las letras estaban frescas, como si acabaran de ser talladas.



“No puede ser”, murmuró.



Clara estaba pálida. “Mira más abajo”.





Debajo, en letras más pequeñas, decía:


AYÚDANOS. SIGUEN AQUÍ.





“Es Martín”, dijo Lucas. Lo sabía en lo profundo de su pecho. Su amigo seguía dentro. Y si lo habían escrito… ¿podía eso significar que aún estaba vivo?





Esa misma noche, regresaron con herramientas. Romper la pared fue más difícil de lo esperado, como si el cemento se resistiera a ser abierto. Pero al final, con los últimos golpes, una grieta dejó escapar un viento gélido y un susurro:


“Clase… comenzará de nuevo.”





Al otro lado, el pasillo seguía igual. Intacto. Inmóvil. Esperándolos.





Pero ahora, no estaba desierto.





A pocos metros de la entrada, de espaldas a ellos, una figura con uniforme escolar escribía en una pizarra. No era la niña de las fotos. Era Martín.





Lucas dio un paso al frente, pero Clara lo detuvo. “No es él”, dijo. “Mira bien”.





Martín se giró, y donde deberían estar sus ojos solo había dos huecos negros, profundos, sin fondo. Su boca se movió, pero no emitía sonido. En su pecho, colgado como un cartel de cartón, alguien había escrito con tiza blanca:


“Alumno ejemplar. No debe salir.”





De las sombras, comenzaron a surgir más figuras. Niños de distintas épocas, con uniformes antiguos, rostros borrosos, pasos lentos. Todos los miraban. Todos avanzaban.

Lucas comprendió que no era una leyenda.

Era una cárcel.

Y habían abierto la puerta.


Capítulo 3
El Aula Eterna
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Lucas retrocedió instintivamente, su corazón latiendo con furia en su pecho. Clara lo tomó de la muñeca, su agarre helado de miedo. Las figuras avanzaban lentamente, sus pasos apenas audibles sobre el suelo cubierto de polvo y tiza. Sus rostros borrosos parecían cambiar de forma, como si se difuminaran en el aire.

Martín—o lo que quedaba de él—extendió una mano hacia Lucas, pero no en un gesto de ayuda, sino de advertencia. En su pecho, el cartel de “Alumno ejemplar” tembló, y sus labios finalmente se movieron para pronunciar algo, aunque su voz era un eco distante:

"Corre."

Clara no esperó otra señal. Tiró de Lucas con fuerza y ambos dieron media vuelta, corriendo hacia la entrada del pasillo prohibido. Pero con cada paso que daban, la salida parecía alejarse más y más. Las sombras en las paredes se agitaban como si cobraran vida, susurrando palabras incomprensibles.

¡No pueden irse!

"Es hora de la lección."

De repente, las viejas puertas del pasillo se abrieron de golpe. Lucas y Clara fueron empujados por una fuerza invisible, y cuando lograron recuperar el equilibrio, se encontraron dentro de un aula.

Era una clase antigua, con pupitres de madera y una pizarra grande, cubierta de ecuaciones garabateadas que cambiaban por sí solas. En el fondo, el grupo de niños sin rostro tomó asiento, sus cabezas inclinadas como alumnos obedientes.

La puerta detrás de ellos se cerró con un estruendo seco.

¡Siéntense!

La voz no venía de los niños. Provenía de la pizarra misma, escrita con letras que aparecían y desaparecían en un goteo espectral de tiza.

Clara apretó los dientes, negando con la cabeza. “No podemos quedarnos aquí”, murmuró.

Lucas miró a Martín, quien aún estaba de pie en la esquina, con la expresión congelada en horror y desesperación. De repente, levantó las manos y comenzó a escribir en la pizarra.

"Encuentra la campana. Solo ella suena en el otro lado."

Lucas se giró frenéticamente, buscando en el aula algo que pudiera ser la clave de su escape. Y entonces la vio: en lo alto, colgando del techo, una vieja campana oxidada, apenas visible entre las sombras.

"Si la hacemos sonar... podremos salir," susurró Clara con un hilo de esperanza.

Pero cuando intentaron avanzar hacia ella, los estudiantes sin rostro se levantaron al unísono. Sus movimientos eran rígidos, casi mecánicos.

Lucas tragó saliva. Solo tenían una oportunidad.

Lucas y Clara sabían que solo tenían una oportunidad para hacer sonar la campana. Las figuras sin rostro avanzaban hacia ellos, moviéndose como sombras deslizándose entre los pupitres antiguos.

Clase comenzará de nuevo.

Las letras en la pizarra temblaban con cada palabra, escritas por una mano invisible. Lucas respiró hondo y miró hacia la campana oxidada en lo alto del aula.

Necesitamos llegar hasta ahí, susurró.

Pero el aula parecía jugar contra ellos. Con cada paso que daban, los pupitres cambiaban de lugar, bloqueando su camino. Los niños sin rostro se sentaban y levantaban en un bucle interminable, como si el tiempo se repitiera una y otra vez.

Entonces, Clara lo vio. Entre los pupitres, apoyado contra una esquina oscura, había un viejo mazo de madera, cubierto de polvo.

Eso servirá, dijo con urgencia, señalándolo.

Lucas corrió hacia el mazo, esquivando las manos frías que trataban de sujetarlo. Lo levantó con esfuerzo y, sin perder un segundo, giró hacia la campana.

Clara, ayúdame a mover los pupitres, dijo, golpeando la madera vieja con fuerza.

Las sombras chillaron, como si el sonido del impacto les doliera. La clase entera tembló, las paredes parpadearon por un instante, y Martín—o lo que quedaba de él—levantó la cabeza.

¡Más fuerte!

Lucas golpeó otra vez, con todas sus fuerzas, y el mazo tocó la campana de forma certera.

El sonido fue ensordecedor. Una nota clara y profunda que atravesó la realidad misma.

Las figuras se detuvieron. La pizarra se borró sola.

La campana volvió a sonar por sí sola.

Las paredes comenzaron a desmoronarse, como si la estructura misma del aula fuera una ilusión.

Martín extendió una mano hacia Lucas. Por primera vez, su rostro dejó de estar completamente borroso. Sus ojos volvieron a su lugar, y un destello de humanidad apareció en ellos.

¡Gracias! murmuró.

El pasillo prohibido se abrió.

Lucas sintió un tirón en su pecho, una fuerza que lo empujaba hacia la salida. Clara lo agarró con fuerza, y juntos corrieron sin mirar atrás.

Las sombras se desvanecían.

Los pupitres se convertían en polvo.

Y justo antes de salir, Lucas miró hacia atrás. En la última fila de la clase eterna, la niña de las fotografías los observaba, inmóvil.

Su rostro ya no estaba borroso.

Pero sus ojos reflejaban una tristeza infinita.

La puerta se cerró detrás de ellos con un estruendo que resonó por todo el Colegio San Agustín.

La leyenda del pasillo prohibido no terminó esa noche.

Pero Lucas y Clara nunca volvieron a hablar de lo que encontraron al otro lado.


Capítulo 4
Lucas y Clara Descubren la Historia de la Niña del Rostro Difuminado.
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La respiración de Lucas y Clara seguía agitada mientras se apoyaban contra la puerta de cemento, ahora sellada de nuevo. El corazón les latía con furia en el pecho, pero ya no era solo miedo. Era una mezcla de alivio y una punzada de tristeza por Martín y por la niña sin rostro que los había mirado al final.
"¿Estás bien?", preguntó Lucas, su voz apenas un susurro. Clara asintió, pálida, sus ojos fijos en la pared.
"Sí", respondió, "pero... ¿qué fue eso? ¿Y la niña?"
Volvieron a casa de Clara en silencio, la luna ya alta en el cielo. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una fatiga profunda y a un sinfín de preguntas. Una vez en el salón, bajo la suave luz de una lámpara, Clara se acercó a un viejo baúl de madera que su abuela, una ávida coleccionista de antigüedades, guardaba en un rincón.
"Mi abuela siempre ha guardado cosas extrañas", dijo Clara, abriendo el baúl con un crujido. "A veces encuentra objetos de coleccionista en los rastros, o incluso libros viejos con historias curiosas. Quizás aquí haya algo que nos ayude a entender".
Removieron entre mapas antiguos, joyas de fantasía y cientos de recortes de periódicos amarillentos. De repente, Lucas sacó un álbum de fotos descolorido, encuadernado en terciopelo carmesí. Las páginas estaban hechas de cartulina gruesa, y muchas de las fotos ya se habían despegado.
"Mira esto", dijo Lucas, señalando una imagen. Era una foto de grupo de un colegio antiguo, de principios del siglo XX. Los estudiantes, todos con uniformes impecables y rostros serios, posaban frente a un edificio que, a pesar del paso del tiempo, Lucas reconoció al instante: era el Colegio San Agustín.
Clara se inclinó. "Es el mismo edificio, pero se ve más nuevo".
Pasaron las páginas con expectación. En una de ellas, sus ojos se detuvieron. Una niña pequeña, de cabello largo y oscuro, aparecía en la última fila, su rostro extrañamente difuminado, como si un velo etéreo cubriera sus facciones.
"Es ella", dijo Clara, su voz temblorosa. "La niña del pasillo".
Siguieron hojeando el álbum, y la aparición de la niña se hizo más frecuente. Siempre estaba en la última fila, en el fondo, o ligeramente fuera de foco, pero su rostro era siempre la misma mancha borrosa. Parecía una sombra silenciosa observando desde los márgenes de cada fotografía.
Al final del álbum, encontraron una sección de recortes de periódicos antiguos. La tinta estaba casi borrada por el tiempo, pero Lucas logró descifrar un titular: "TRAGEDIA EN EL COLEGIO SAN AGUSTÍN: ACCIDENTE FATAL DURANTE LA CLASE".
El artículo describía cómo una niña, Elara Belmonte, de siete años, había desaparecido durante una clase de castigo en el colegio San Agustín. El incidente había ocurrido en un "aula especial", un espacio donde los alumnos eran confinados por mala conducta. La noticia hablaba de un repentino y violento temblor en el edificio y de cómo, al regresar al aula, Elara ya no estaba. La escuela había buscado durante días, pero el cuerpo nunca fue encontrado.
"Elara Belmonte...", murmuró Lucas. "La niña de las fotos. La del rostro difuminado".
Clara leyó otro recorte, un poco más claro. "Aquí dice que los profesores y el director de la época guardaron un silencio absoluto sobre el incidente. Se rumoreaba que el aula y el pasillo anexo fueron sellados de inmediato".
Lucas sintió un escalofrío. "Por eso nunca la encontramos en los registros del colegio. La historia fue encubierta. La abuela de Clara no guardaba esto por casualidad. Seguramente sus abuelos, o bisabuelos, estuvieron relacionados de alguna manera con el colegio en esa época."
La imagen de la niña del rostro difuminado, ahora identificada como Elara, se superpuso en la mente de Lucas con la tristeza que había visto en sus ojos justo antes de escapar. No era una entidad maligna, sino una alma atrapada, una víctima de una tragedia olvidada.
"Pero ¿por qué se nos apareció a nosotros?", preguntó Clara, cerrando el álbum con cuidado. "Y, ¿por qué los alumnos se quedan atrapados allí?"
Lucas la miró, el peso de la revelación en sus hombros. "Quizás... Elara necesitaba que alguien supiera la verdad. Que su historia no fuera olvidada. Y los otros... los otros eran como nosotros. Chicos curiosos que se atrevieron a ir al pasillo prohibido."
El silencio llenó la habitación. La historia de Elara se había revelado, pero aún quedaban preguntas. ¿Cómo había logrado Elara atrapar a los alumnos? ¿Y qué buscaba realmente?

Capítulo 5
El Laberinto de Recuerdos
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La revelación de la identidad de Elara y las circunstancias de su muerte dejó a Lucas y Clara con una sensación de urgencia. Sabían que no podían ignorar lo que habían descubierto. Elara no era solo un fantasma, era una niña cuya historia había sido silenciada, y su alma, de alguna manera, seguía atrapada en el colegio.
"Tenemos que volver", dijo Lucas, su voz firme. "Tenemos que encontrar una manera de ayudarla a descansar en paz".
Clara asintió. "Pero ¿cómo? El pasillo está sellado, y no sabemos qué nos espera al otro lado".
Decidieron buscar más información en el baúl de la abuela de Clara. Quizás hubiera algo que les diera una pista sobre cómo liberar a Elara. Entre los objetos antiguos, encontraron un diario de cuero con una caligrafía elegante y descolorida. Pertenecía a la bisabuela de Clara, la misma que había escrito la carta sobre la muerte de Elara.
"Aquí podría haber algo", dijo Clara, abriendo el diario con cuidado.
Las primeras entradas describían la vida cotidiana de la bisabuela, sus pensamientos y sentimientos. Pero a medida que avanzaban, el tono se volvía más sombrío. La bisabuela escribía sobre el accidente de Elara, su dolor y su culpa.
"Ella se sentía responsable", dijo Lucas, leyendo por encima del hombro de Clara. "Dice que Elara era su sobrina favorita, y que la había dejado sola en el aula especial ese día".
Clara encontró una entrada que les heló la sangre:
"Desde el accidente, el colegio ya no es el mismo. He visto cosas... sombras que se mueven por los pasillos, susurros en las aulas vacías. Creo que Elara sigue aquí, atrapada en un ciclo de dolor y soledad. He intentado hablar con el director, pero él se niega a escuchar. Dice que todo es producto de mi imaginación, que debo olvidar. Pero no puedo. No puedo olvidar a mi pequeña Elara."
En las últimas páginas, la bisabuela describía un sueño recurrente:
"Sueño con un laberinto. Un laberinto hecho de recuerdos, donde las paredes son fotografías y los pasillos son ecos de voces. En el centro del laberinto, veo a Elara, sola y perdida. Ella me llama, pero no puedo alcanzarla. El laberinto cambia constantemente, los recuerdos se distorsionan, y siempre termino despertando con el corazón roto."
Lucas y Clara se miraron. El laberinto de recuerdos... ¿Podría ser una metáfora del aula sellada, el lugar donde Elara había desaparecido?
"Quizás", dijo Clara, "si encontramos una manera de entrar en ese laberinto, podremos ayudar a Elara a encontrar la salida".
Pero ¿cómo entrar en un laberinto de recuerdos? ¿Y qué peligros les esperaban en su interior?

Capítulo 6
El Portal al Laberinto
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La decisión estaba tomada. Lucas y Clara


regresarían al colegio San Agustín y romperían el sello del pasillo prohibido. No sabían qué les esperaba al otro lado, pero la historia de Elara y la visión del laberinto en el diario de la bisabuela los impulsaba a actuar.


"Tenemos que estar preparados", dijo Lucas, examinando las herramientas que habían reunido. "La última vez, el cemento opuso mucha resistencia. Esta vez necesitaremos algo más potente".


Clara asintió. "Y no solo necesitamos fuerza bruta. Necesitamos un plan. El diario hablaba de un laberinto de recuerdos... ¿Qué significa eso


exactamente?"

Regresaron al colegio al anochecer, cuando las sombras eran más largas y los pasillos parecían respirar con secretos. La pared sellada del pasillo prohibido los esperaba, imponente y silenciosa.


Lucas sintió un escalofrío al verla, como si la misma piedra emanara una advertencia.


"¿Listos?",


", preguntó Clara, su voz apenas un


susurro.


Lucas asintió. Con un golpe certero, el martillo golpeó el cemento. La pared tembló, pero resistió. Golpearon una y otra vez, el sonido resonando en el silencio del colegio. Finalmente, con un estruendo, una grieta se abrió, dejando escapar un viento gélido y un eco distante.


"El laberinto nos espera", dijo Lucas, su voz grave.

Al otro lado, el pasillo prohibido no estaba igual que la última vez. Las paredes ya no estaban cubiertas de pupitres apilados. En su lugar, el pasillo se había transformado en un túnel oscuro, con fotografías antiguas colgando de las paredes. Las fotos parecían cambiar, los rostros se movían, y susurros ininteligibles llenaban el aire.


"Es el laberinto", , dijo Clara, su voz temblando. "El


laberinto de recuerdos".


A medida que avanzaban, las fotografías se hacían más grandes, más vívidas. Reconocieron algunos de los rostros: estudiantes de diferentes épocas, profesores con miradas severas, incluso la niña del rostro difuminado, Elara, aparecía en algunas de las fotos, su rostro siempre borroso, siempre observando.

"Son recuerdos", dijo Lucas. "Recuerdos del colegio, recuerdos de Elara... y quizás, recuerdos de lo que ocurrió aquel día".


El pasillo se bifurcó. Dos caminos se abrían ante ellos, ambos oscuros y llenos de sombras.


"¿Cuál elegimos?", preguntó Clara.


Lucas miró las fotografías. En una de ellas, vio un reflejo fugaz: una puerta, apenas visible entre las sombras.


"Por ahí"


", dijo, señalando el camino de la derecha. "Creo que ahí está la puerta al corazón del laberinto".


Pero ¿qué les esperaba al otro lado de la puerta?


¿Y cómo podrían encontrar a Elara en este laberinto de recuerdos?
 
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El Pasillo Prohibido
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Autor: Fenix_ardiente

Capitulo 1
El pasillo
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En el Colegio San Agustín, un edificio centenario de paredes grises y pasillos interminables, circulaba una leyenda entre los estudiantes. Se decía que en el tercer piso, más allá de la biblioteca, existía un pasillo que permanecía cerrado desde hacía décadas. Los profesores evitaban hablar del tema y las preguntas al respecto eran desviadas con nerviosismo.

Martín, un estudiante de último año conocido por su escepticismo, estaba decidido a desmentir los rumores. Una tarde de invierno, cuando el sol se ocultaba temprano y las sombras se alargaban por los corredores, convenció a su amiga Elena para quedarse después de clases e investigar.

"Es solo un área en renovación", insistía Martín mientras subían las escaleras hacia el tercer piso. "La gente inventa historias para asustar a los de primer año".

La biblioteca estaba desierta cuando llegaron. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el crujir de la madera antigua bajo sus pies. Al fondo, tal como decían los rumores, había una puerta vieja con un cartel amarillento: "PROHIBIDO EL PASO - PERSONAL AUTORIZADO".

"¿Ves? Solo es un área restringida", dijo Martín, aunque su voz sonaba menos segura.

Elena sacó de su mochila una horquilla y, tras unos segundos manipulando la cerradura, la puerta cedió con un chirrido que resonó por todo el pasillo.

Lo que encontraron al otro lado desafiaba toda lógica. El pasillo parecía extenderse mucho más de lo que permitían las dimensiones del edificio. Las paredes estaban cubiertas de antiguos pupitres apilados hasta el techo, y en el suelo, tiza esparcida formaba símbolos incomprensibles.

"Deberíamos irnos", susurró Elena, pero la curiosidad pudo más.

Avanzaron lentamente. A medida que se adentraban, la temperatura descendía drásticamente. Las luces parpadeaban, proyectando sombras que parecían moverse por sí solas.

En las paredes había fotografías en blanco y negro de grupos escolares. En todas ellas, en la última fila, aparecía una niña de cabello largo y oscuro, con el rostro borroso. En cada fotografía sucesiva, la niña parecía estar más cerca del centro de la imagen.
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"Martín, mira esto", dijo Elena señalando las fotografías. "Es la misma niña en todas, pero estas fotos son de diferentes décadas".
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Un sonido de tiza contra pizarra los sobresaltó. Al fondo del pasillo, donde la luz apenas llegaba, una figura pequeña estaba de espaldas, escribiendo en una pizarra invisible.

"¿Hola?", llamó Martín, su voz temblando.

La figura se detuvo. Lentamente, comenzó a girarse.

Elena agarró el brazo de Martín con fuerza. "No deberíamos estar aquí", susurró.

Antes de que pudieran retroceder, todas las puertas del pasillo se cerraron de golpe. La figura ahora los miraba, aunque donde debería estar su rostro solo había un borrón oscuro, como en las fotografías.

"Llegaron tarde a clase", dijo una voz infantil que parecía provenir de todas partes. "Ahora tendrán que quedarse para siempre".

Las luces se apagaron por completo. En la oscuridad, sintieron manos frías tocando sus hombros, y risas infantiles rodeándolos.

Al día siguiente, el conserje encontró la puerta del pasillo prohibido abierta. Dentro, sobre el polvo acumulado, solo había dos mochilas abandonadas y, en la pared, dos nuevas fotografías escolares donde Martín y Elena aparecían en la última fila, con sus rostros completamente borrosos.

El director ordenó sellar la puerta con cemento esa misma tarde. Y en las aulas, dos pupitres quedaron vacíos, mientras los profesores evitaban mencionar a los estudiantes desaparecidos, como habían hecho con tantos otros a lo largo de los años.
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Capítulo 2
La Voz de la Pared
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Durante semanas, el colegio San Agustín mantuvo una calma extraña, como si el edificio supiera lo que había ocurrido. Nadie mencionaba a Martín ni a Elena, pero todos sabían. En los pasillos, el aire era más denso, y algunos alumnos juraban sentir miradas invisibles cuando pasaban cerca de la biblioteca.

Lucas, compañero de clase de Martín, fue uno de los pocos que no pudo dejarlo pasar. Martín era su mejor amigo. Se negaba a creer que se hubiera escapado sin decir nada, menos aún junto a Elena. Algo no encajaba. A escondidas, comenzó a investigar, husmeando en registros antiguos, hablando con los estudiantes mayores y observando el tercer piso cada vez que podía.

Fue así como conoció a Clara, una alumna nueva que aseguraba haber oído voces detrás de la pared recién sellada. “Susurran nombres”, le dijo un día en la azotea del colegio, donde sabían que nadie los escucharía. “Y anoche… anoche escuché el tuyo”.

Lucas se estremeció. No creía en fantasmas, pero tampoco podía ignorar la creciente sensación de que algo lo llamaba. Una noche, guiado por Clara, regresaron al colegio a escondidas. La pared que sellaba el pasillo parecía más reciente, el cemento aún con marcas de humedad. Pero en su superficie habían comenzado a aparecer grietas… y palabras. Nombres. Decenas de ellos. Todos escritos desde dentro.


Lucas pasó la mano por el suyo: LUCAS VARGAS. Las letras estaban frescas, como si acabaran de ser talladas.



“No puede ser”, murmuró.



Clara estaba pálida. “Mira más abajo”.





Debajo, en letras más pequeñas, decía:


AYÚDANOS. SIGUEN AQUÍ.





“Es Martín”, dijo Lucas. Lo sabía en lo profundo de su pecho. Su amigo seguía dentro. Y si lo habían escrito… ¿podía eso significar que aún estaba vivo?





Esa misma noche, regresaron con herramientas. Romper la pared fue más difícil de lo esperado, como si el cemento se resistiera a ser abierto. Pero al final, con los últimos golpes, una grieta dejó escapar un viento gélido y un susurro:


“Clase… comenzará de nuevo.”





Al otro lado, el pasillo seguía igual. Intacto. Inmóvil. Esperándolos.





Pero ahora, no estaba desierto.





A pocos metros de la entrada, de espaldas a ellos, una figura con uniforme escolar escribía en una pizarra. No era la niña de las fotos. Era Martín.





Lucas dio un paso al frente, pero Clara lo detuvo. “No es él”, dijo. “Mira bien”.





Martín se giró, y donde deberían estar sus ojos solo había dos huecos negros, profundos, sin fondo. Su boca se movió, pero no emitía sonido. En su pecho, colgado como un cartel de cartón, alguien había escrito con tiza blanca:


“Alumno ejemplar. No debe salir.”





De las sombras, comenzaron a surgir más figuras. Niños de distintas épocas, con uniformes antiguos, rostros borrosos, pasos lentos. Todos los miraban. Todos avanzaban.

Lucas comprendió que no era una leyenda.

Era una cárcel.

Y habían abierto la puerta.


Capítulo 3
El Aula Eterna

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Lucas retrocedió instintivamente, su corazón latiendo con furia en su pecho. Clara lo tomó de la muñeca, su agarre helado de miedo. Las figuras avanzaban lentamente, sus pasos apenas audibles sobre el suelo cubierto de polvo y tiza. Sus rostros borrosos parecían cambiar de forma, como si se difuminaran en el aire.

Martín—o lo que quedaba de él—extendió una mano hacia Lucas, pero no en un gesto de ayuda, sino de advertencia. En su pecho, el cartel de “Alumno ejemplar” tembló, y sus labios finalmente se movieron para pronunciar algo, aunque su voz era un eco distante:

"Corre."

Clara no esperó otra señal. Tiró de Lucas con fuerza y ambos dieron media vuelta, corriendo hacia la entrada del pasillo prohibido. Pero con cada paso que daban, la salida parecía alejarse más y más. Las sombras en las paredes se agitaban como si cobraran vida, susurrando palabras incomprensibles.

¡No pueden irse!

"Es hora de la lección."

De repente, las viejas puertas del pasillo se abrieron de golpe. Lucas y Clara fueron empujados por una fuerza invisible, y cuando lograron recuperar el equilibrio, se encontraron dentro de un aula.

Era una clase antigua, con pupitres de madera y una pizarra grande, cubierta de ecuaciones garabateadas que cambiaban por sí solas. En el fondo, el grupo de niños sin rostro tomó asiento, sus cabezas inclinadas como alumnos obedientes.

La puerta detrás de ellos se cerró con un estruendo seco.

¡Siéntense!

La voz no venía de los niños. Provenía de la pizarra misma, escrita con letras que aparecían y desaparecían en un goteo espectral de tiza.

Clara apretó los dientes, negando con la cabeza. “No podemos quedarnos aquí”, murmuró.

Lucas miró a Martín, quien aún estaba de pie en la esquina, con la expresión congelada en horror y desesperación. De repente, levantó las manos y comenzó a escribir en la pizarra.

"Encuentra la campana. Solo ella suena en el otro lado."

Lucas se giró frenéticamente, buscando en el aula algo que pudiera ser la clave de su escape. Y entonces la vio: en lo alto, colgando del techo, una vieja campana oxidada, apenas visible entre las sombras.

"Si la hacemos sonar... podremos salir," susurró Clara con un hilo de esperanza.

Pero cuando intentaron avanzar hacia ella, los estudiantes sin rostro se levantaron al unísono. Sus movimientos eran rígidos, casi mecánicos.

Lucas tragó saliva. Solo tenían una oportunidad.

Lucas y Clara sabían que solo tenían una oportunidad para hacer sonar la campana. Las figuras sin rostro avanzaban hacia ellos, moviéndose como sombras deslizándose entre los pupitres antiguos.

Clase comenzará de nuevo.

Las letras en la pizarra temblaban con cada palabra, escritas por una mano invisible. Lucas respiró hondo y miró hacia la campana oxidada en lo alto del aula.

Necesitamos llegar hasta ahí, susurró.

Pero el aula parecía jugar contra ellos. Con cada paso que daban, los pupitres cambiaban de lugar, bloqueando su camino. Los niños sin rostro se sentaban y levantaban en un bucle interminable, como si el tiempo se repitiera una y otra vez.

Entonces, Clara lo vio. Entre los pupitres, apoyado contra una esquina oscura, había un viejo mazo de madera, cubierto de polvo.

Eso servirá, dijo con urgencia, señalándolo.

Lucas corrió hacia el mazo, esquivando las manos frías que trataban de sujetarlo. Lo levantó con esfuerzo y, sin perder un segundo, giró hacia la campana.

Clara, ayúdame a mover los pupitres, dijo, golpeando la madera vieja con fuerza.

Las sombras chillaron, como si el sonido del impacto les doliera. La clase entera tembló, las paredes parpadearon por un instante, y Martín—o lo que quedaba de él—levantó la cabeza.

¡Más fuerte!

Lucas golpeó otra vez, con todas sus fuerzas, y el mazo tocó la campana de forma certera.

El sonido fue ensordecedor. Una nota clara y profunda que atravesó la realidad misma.

Las figuras se detuvieron. La pizarra se borró sola.

La campana volvió a sonar por sí sola.

Las paredes comenzaron a desmoronarse, como si la estructura misma del aula fuera una ilusión.

Martín extendió una mano hacia Lucas. Por primera vez, su rostro dejó de estar completamente borroso. Sus ojos volvieron a su lugar, y un destello de humanidad apareció en ellos.

¡Gracias! murmuró.

El pasillo prohibido se abrió.

Lucas sintió un tirón en su pecho, una fuerza que lo empujaba hacia la salida. Clara lo agarró con fuerza, y juntos corrieron sin mirar atrás.

Las sombras se desvanecían.

Los pupitres se convertían en polvo.

Y justo antes de salir, Lucas miró hacia atrás. En la última fila de la clase eterna, la niña de las fotografías los observaba, inmóvil.

Su rostro ya no estaba borroso.

Pero sus ojos reflejaban una tristeza infinita.

La puerta se cerró detrás de ellos con un estruendo que resonó por todo el Colegio San Agustín.

La leyenda del pasillo prohibido no terminó esa noche.

Pero Lucas y Clara nunca volvieron a hablar de lo que encontraron al otro lado.


Capítulo 4
Lucas y Clara Descubren la Historia de la Niña del Rostro Difuminado.

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La respiración de Lucas y Clara seguía agitada mientras se apoyaban contra la puerta de cemento, ahora sellada de nuevo. El corazón les latía con furia en el pecho, pero ya no era solo miedo. Era una mezcla de alivio y una punzada de tristeza por Martín y por la niña sin rostro que los había mirado al final.
"¿Estás bien?", preguntó Lucas, su voz apenas un susurro. Clara asintió, pálida, sus ojos fijos en la pared.
"Sí", respondió, "pero... ¿qué fue eso? ¿Y la niña?"
Volvieron a casa de Clara en silencio, la luna ya alta en el cielo. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una fatiga profunda y a un sinfín de preguntas. Una vez en el salón, bajo la suave luz de una lámpara, Clara se acercó a un viejo baúl de madera que su abuela, una ávida coleccionista de antigüedades, guardaba en un rincón.
"Mi abuela siempre ha guardado cosas extrañas", dijo Clara, abriendo el baúl con un crujido. "A veces encuentra objetos de coleccionista en los rastros, o incluso libros viejos con historias curiosas. Quizás aquí haya algo que nos ayude a entender".
Removieron entre mapas antiguos, joyas de fantasía y cientos de recortes de periódicos amarillentos. De repente, Lucas sacó un álbum de fotos descolorido, encuadernado en terciopelo carmesí. Las páginas estaban hechas de cartulina gruesa, y muchas de las fotos ya se habían despegado.
"Mira esto", dijo Lucas, señalando una imagen. Era una foto de grupo de un colegio antiguo, de principios del siglo XX. Los estudiantes, todos con uniformes impecables y rostros serios, posaban frente a un edificio que, a pesar del paso del tiempo, Lucas reconoció al instante: era el Colegio San Agustín.
Clara se inclinó. "Es el mismo edificio, pero se ve más nuevo".
Pasaron las páginas con expectación. En una de ellas, sus ojos se detuvieron. Una niña pequeña, de cabello largo y oscuro, aparecía en la última fila, su rostro extrañamente difuminado, como si un velo etéreo cubriera sus facciones.
"Es ella", dijo Clara, su voz temblorosa. "La niña del pasillo".
Siguieron hojeando el álbum, y la aparición de la niña se hizo más frecuente. Siempre estaba en la última fila, en el fondo, o ligeramente fuera de foco, pero su rostro era siempre la misma mancha borrosa. Parecía una sombra silenciosa observando desde los márgenes de cada fotografía.
Al final del álbum, encontraron una sección de recortes de periódicos antiguos. La tinta estaba casi borrada por el tiempo, pero Lucas logró descifrar un titular: "TRAGEDIA EN EL COLEGIO SAN AGUSTÍN: ACCIDENTE FATAL DURANTE LA CLASE".
El artículo describía cómo una niña, Elara Belmonte, de siete años, había desaparecido durante una clase de castigo en el colegio San Agustín. El incidente había ocurrido en un "aula especial", un espacio donde los alumnos eran confinados por mala conducta. La noticia hablaba de un repentino y violento temblor en el edificio y de cómo, al regresar al aula, Elara ya no estaba. La escuela había buscado durante días, pero el cuerpo nunca fue encontrado.
"Elara Belmonte...", murmuró Lucas. "La niña de las fotos. La del rostro difuminado".
Clara leyó otro recorte, un poco más claro. "Aquí dice que los profesores y el director de la época guardaron un silencio absoluto sobre el incidente. Se rumoreaba que el aula y el pasillo anexo fueron sellados de inmediato".
Lucas sintió un escalofrío. "Por eso nunca la encontramos en los registros del colegio. La historia fue encubierta. La abuela de Clara no guardaba esto por casualidad. Seguramente sus abuelos, o bisabuelos, estuvieron relacionados de alguna manera con el colegio en esa época."
La imagen de la niña del rostro difuminado, ahora identificada como Elara, se superpuso en la mente de Lucas con la tristeza que había visto en sus ojos justo antes de escapar. No era una entidad maligna, sino una alma atrapada, una víctima de una tragedia olvidada.
"Pero ¿por qué se nos apareció a nosotros?", preguntó Clara, cerrando el álbum con cuidado. "Y, ¿por qué los alumnos se quedan atrapados allí?"
Lucas la miró, el peso de la revelación en sus hombros. "Quizás... Elara necesitaba que alguien supiera la verdad. Que su historia no fuera olvidada. Y los otros... los otros eran como nosotros. Chicos curiosos que se atrevieron a ir al pasillo prohibido."
El silencio llenó la habitación. La historia de Elara se había revelado, pero aún quedaban preguntas. ¿Cómo había logrado Elara atrapar a los alumnos? ¿Y qué buscaba realmente?

Capítulo 5
El Laberinto de Recuerdos
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La revelación de la identidad de Elara y las circunstancias de su muerte dejó a Lucas y Clara con una sensación de urgencia. Sabían que no podían ignorar lo que habían descubierto. Elara no era solo un fantasma, era una niña cuya historia había sido silenciada, y su alma, de alguna manera, seguía atrapada en el colegio.
"Tenemos que volver", dijo Lucas, su voz firme. "Tenemos que encontrar una manera de ayudarla a descansar en paz".
Clara asintió. "Pero ¿cómo? El pasillo está sellado, y no sabemos qué nos espera al otro lado".
Decidieron buscar más información en el baúl de la abuela de Clara. Quizás hubiera algo que les diera una pista sobre cómo liberar a Elara. Entre los objetos antiguos, encontraron un diario de cuero con una caligrafía elegante y descolorida. Pertenecía a la bisabuela de Clara, la misma que había escrito la carta sobre la muerte de Elara.
"Aquí podría haber algo", dijo Clara, abriendo el diario con cuidado.
Las primeras entradas describían la vida cotidiana de la bisabuela, sus pensamientos y sentimientos. Pero a medida que avanzaban, el tono se volvía más sombrío. La bisabuela escribía sobre el accidente de Elara, su dolor y su culpa.
"Ella se sentía responsable", dijo Lucas, leyendo por encima del hombro de Clara. "Dice que Elara era su sobrina favorita, y que la había dejado sola en el aula especial ese día".
Clara encontró una entrada que les heló la sangre:
"Desde el accidente, el colegio ya no es el mismo. He visto cosas... sombras que se mueven por los pasillos, susurros en las aulas vacías. Creo que Elara sigue aquí, atrapada en un ciclo de dolor y soledad. He intentado hablar con el director, pero él se niega a escuchar. Dice que todo es producto de mi imaginación, que debo olvidar. Pero no puedo. No puedo olvidar a mi pequeña Elara."
En las últimas páginas, la bisabuela describía un sueño recurrente:
"Sueño con un laberinto. Un laberinto hecho de recuerdos, donde las paredes son fotografías y los pasillos son ecos de voces. En el centro del laberinto, veo a Elara, sola y perdida. Ella me llama, pero no puedo alcanzarla. El laberinto cambia constantemente, los recuerdos se distorsionan, y siempre termino despertando con el corazón roto."
Lucas y Clara se miraron. El laberinto de recuerdos... ¿Podría ser una metáfora del aula sellada, el lugar donde Elara había desaparecido?
"Quizás", dijo Clara, "si encontramos una manera de entrar en ese laberinto, podremos ayudar a Elara a encontrar la salida".
Pero ¿cómo entrar en un laberinto de recuerdos? ¿Y qué peligros les esperaban en su interior?

Capítulo 6
El Portal al Laberinto
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La decisión estaba tomada. Lucas y Clara


regresarían al colegio San Agustín y romperían el sello del pasillo prohibido. No sabían qué les esperaba al otro lado, pero la historia de Elara y la visión del laberinto en el diario de la bisabuela los impulsaba a actuar.


"Tenemos que estar preparados", dijo Lucas, examinando las herramientas que habían reunido. "La última vez, el cemento opuso mucha resistencia. Esta vez necesitaremos algo más potente".


Clara asintió. "Y no solo necesitamos fuerza bruta. Necesitamos un plan. El diario hablaba de un laberinto de recuerdos... ¿Qué significa eso


exactamente?"

Regresaron al colegio al anochecer, cuando las sombras eran más largas y los pasillos parecían respirar con secretos. La pared sellada del pasillo prohibido los esperaba, imponente y silenciosa.


Lucas sintió un escalofrío al verla, como si la misma piedra emanara una advertencia.


"¿Listos?",


", preguntó Clara, su voz apenas un


susurro.


Lucas asintió. Con un golpe certero, el martillo golpeó el cemento. La pared tembló, pero resistió. Golpearon una y otra vez, el sonido resonando en el silencio del colegio. Finalmente, con un estruendo, una grieta se abrió, dejando escapar un viento gélido y un eco distante.


"El laberinto nos espera", dijo Lucas, su voz grave.

Al otro lado, el pasillo prohibido no estaba igual que la última vez. Las paredes ya no estaban cubiertas de pupitres apilados. En su lugar, el pasillo se había transformado en un túnel oscuro, con fotografías antiguas colgando de las paredes. Las fotos parecían cambiar, los rostros se movían, y susurros ininteligibles llenaban el aire.


"Es el laberinto", , dijo Clara, su voz temblando. "El


laberinto de recuerdos".


A medida que avanzaban, las fotografías se hacían más grandes, más vívidas. Reconocieron algunos de los rostros: estudiantes de diferentes épocas, profesores con miradas severas, incluso la niña del rostro difuminado, Elara, aparecía en algunas de las fotos, su rostro siempre borroso, siempre observando.

"Son recuerdos", dijo Lucas. "Recuerdos del colegio, recuerdos de Elara... y quizás, recuerdos de lo que ocurrió aquel día".


El pasillo se bifurcó. Dos caminos se abrían ante ellos, ambos oscuros y llenos de sombras.


"¿Cuál elegimos?", preguntó Clara.


Lucas miró las fotografías. En una de ellas, vio un reflejo fugaz: una puerta, apenas visible entre las sombras.


"Por ahí"


", dijo, señalando el camino de la derecha. "Creo que ahí está la puerta al corazón del laberinto".


Pero ¿qué les esperaba al otro lado de la puerta?


¿Y cómo podrían encontrar a Elara en este laberinto de recuerdos?

Capítulo 7
El Corazón del Laberinto

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La puerta, antigua y ornamentada, brillaba con una luz tenue y misteriosa. Lucas y Clara intercambiaron una mirada nerviosa antes de que


Lucas girara el pomo. La puerta se abrió con un crujido, revelando una habitación circular, iluminada por una luz dorada que parecía emanar de las paredes mismas.


"¿Dónde estamos?", susurró Clara, su voz llena de asombro.


La habitación estaba llena de objetos y recuerdos: juguetes antiguos, libros desgastados, cartas escritas a mano, incluso algunos de los pupitres del aula sellada. En el centro, una figura se movía lentamente. Era Elara, la niña del rostro difuminado, pero esta vez, su rostro era claro, aunque su expresión era de profunda tristeza.

"Bienvenidos", dijo Elara, su voz suave como un susurro. "Están en el corazón del laberinto. El lugar donde mis recuerdos aún viven".


Lucas dio un paso adelante. "Sabemos quién eres, Elara. Sabemos lo que te ocurrió".


Elara asintió. "Fue hace mucho tiempo. Un accidente... un castigo... y luego, la oscuridad.


Pero no puedo irme. No hasta que alguien recuerde"


Clara se acercó. "Queremos ayudarte, Elara.


Queremos que encuentres la paz"


Elara sonrió tristemente. "Para eso, deben revivir mis recuerdos. Deben ver lo que yo vi, sentir lo que yo senti".
Las paredes de la habitación comenzaron a cambiar. Las fotografías y los objetos se movieron, creando escenas vívidas: Elara jugando en el patio del colegio, Elara siendo castigada en el aula especial, Elara cayendo...


Lucas y Clara sintieron el dolor de Elara, su miedo, su soledad. Vieron el accidente, la oscuridad, el silencio.


"Ahora lo entienden"


", dijo Elara, su voz


temblando. "Ahora saben por qué no puedo irme".


"Pero ¿qué podemos hacer?", preguntó Lucas, con lágrimas en los ojos.


Elara señaló una pequeña campana de plata que colgaba en el centro de la habitación. "Deben sonar esta campana. Deben liberarme de este laberinto de recuerdos".

Pero al acercarse a la campana, las paredes del laberinto comenzaron a cerrarse. Los recuerdos se volvieron más intensos, más dolorosos.


"No pueden irse", susurró una voz, la misma voz que habían escuchado en el aula sellada. "Deben quedarse aquí para siempre".

Capítulo 8​

Elara por fin encuentra la paz​

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Las paredes del laberinto se cerraban, los recuerdos de Elara se arremolinaban a su alrededor, pero Lucas y Clara no se rindieron. Juntos, corrieron hacia la campana de plata, esquivando las sombras y los susurros que intentaban detenerlos.

"¡No podemos dejar que esto nos controle!", gritó Lucas, su voz resonando en el laberinto.

Alcanzaron la campana. Clara la tomó en sus manos, y con todas sus fuerzas, la hizo sonar.

El sonido fue diferente esta vez. No era un sonido de dolor, sino de liberación. Una nota clara, pura, que resonó en todo el laberinto, haciendo temblar los recuerdos y desvanecer las sombras.

Las paredes del laberinto comenzaron a desmoronarse, los recuerdos de Elara se desvanecieron, y la figura de la niña se hizo más brillante, más clara. Su rostro, por fin, irradiaba paz.

"Gracias", dijo Elara, su voz ahora llena de alegría. "Me han liberado. Ahora puedo descansar".

Elara comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en una luz dorada que llenó la habitación. Lucas y Clara la observaron, con lágrimas en los ojos, pero con una sensación de alivio en el corazón.

La luz se desvaneció, y el laberinto desapareció. Lucas y Clara se encontraron de nuevo en el pasillo prohibido, ahora vacío y silencioso.

"Lo hicimos", dijo Clara, su voz temblando. "Liberamos a Elara".

Lucas asintió. "Su historia ya no está silenciada. Ahora puede descansar en paz".

Salieron del colegio San Agustín, dejando atrás el pasillo prohibido y la leyenda de la niña del rostro difuminado. Sabían que nunca olvidarían lo que habían visto y sentido, pero también sabían que habían hecho lo correcto. Habían dado voz a una historia olvidada, y habían ayudado a un alma a encontrar la paz.


Capítulo 9
Comienza el rescate de Martín y Elena

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A pesar de la paz que habían encontrado para Elara, Lucas y Clara no podían olvidar a Martín y Elena. Sabían que seguían atrapados en algún lugar del colegio, víctimas de la misma fuerza oscura que había retenido a Elara durante tanto tiempo.
"Tenemos que volver", dijo Lucas, su voz llena de determinación. "Tenemos que encontrar a Martín y Elena y sacarlos de ahí".
Clara asintió. "Pero ¿cómo? El laberinto ha desaparecido. ¿Dónde los buscaremos?"
Decidieron regresar al aula sellada, el último lugar donde habían visto a Martín. Quizás, de alguna manera, el aula seguía conectada con el lugar donde estaban atrapados Martín y Elena.
Al llegar al aula, la encontraron igual que la última vez: los pupitres desordenados, la pizarra cubierta de garabatos, la atmósfera cargada de una energía inquietante. Pero esta vez, notaron algo diferente. En el centro del aula, en el lugar donde antes había estado la campana de plata, había un pequeño espejo antiguo, cubierto de polvo.
"¿Qué es esto?", preguntó Clara, acercándose al espejo.
Lucas lo limpió con cuidado. Al hacerlo, el espejo brilló, revelando una imagen borrosa: un pasillo oscuro, similar al laberinto, pero diferente. En el fondo, dos figuras se movían lentamente.
"¡Son ellos!", exclamó Lucas. "Es Martín y Elena".
El espejo parecía ser un portal, una ventana a otro lugar. Pero ¿cómo podían entrar?
De repente, la pizarra comenzó a escribir sola. Las letras, formadas por un goteo espectral de tiza, decían:
"Deben ofrecer algo a cambio. Un recuerdo. Un sentimiento. Algo que les importe".
Lucas y Clara se miraron. ¿Qué debían ofrecer? ¿Y qué peligros les esperaban al otro lado del espejo?
¿Qué recuerdo o sentimiento ofrecerán Lucas y Clara para intentar rescatar a Martín y Elena?

Capítulo 10
El Intercambio

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Lucas y Clara se miraron, el peso de la decisión sobre sus hombros. La pizarra les pedía un recuerdo, un sentimiento... algo que les importara. ¿Qué estaban dispuestos a sacrificar para salvar a sus amigos?
"Yo ofreceré mi recuerdo de la primera vez que conocí a Martín", dijo Lucas, su voz temblando ligeramente. "Fue en el primer día de clase. Estaba perdido y asustado, y él fue el primero en hablarme. Me ayudó a encontrar mi clase y nos hicimos amigos al instante. Ese recuerdo... es muy importante para mí".
Clara asintió, con lágrimas en los ojos. "Yo ofreceré mi sentimiento de esperanza. La esperanza que siento cada vez que pienso en el futuro, en todas las cosas buenas que aún pueden pasar. No quiero perder esa esperanza, pero... no puedo dejar que Martín y Elena se queden atrapados ahí".
Tomados de la mano, Lucas y Clara cerraron los ojos y se concentraron en sus ofrendas. El espejo brilló con más intensidad, y una fuerza invisible los atrajo hacia él.
Al otro lado, se encontraron en el pasillo oscuro que habían visto en el reflejo. Pero esta vez, el pasillo era diferente. Estaba lleno de ecos, susurros de voces familiares, fragmentos de recuerdos.
"Martín... Elena...", llamó Lucas, su voz resonando en el pasillo.
"¡Lucas! ¡Clara!", respondieron dos voces débiles.
Siguieron las voces, adentrándose en el laberinto de ecos. A medida que avanzaban, los recuerdos se hacían más intensos, más confusos. Vieron fragmentos de la vida de Martín y Elena: risas, lágrimas, momentos de alegría y de tristeza.
Finalmente, llegaron a una habitación circular, similar al corazón del laberinto de Elara. En el centro, dos figuras estaban atrapadas en una jaula de recuerdos: Martín y Elena, sus rostros cansados y desesperados.
"¡Estamos aquí!", gritó Lucas, corriendo hacia la jaula.
Pero una voz fría y siniestra resonó en la habitación.
"No tan rápido. Para liberarlos, deben pagar un precio".
¿Qué precio deberán pagar Lucas y Clara para liberar a Martín y Elena?


Capítulo 11
El Precio
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"No tan rápido. Para liberarlos, deben pagar un precio",


", resonó la voz siniestra. Lucas y Clara se estremecieron, buscando la fuente de la voz en la oscuridad de la habitación circular.

"¿Qué precio?", preguntó Lucas, su voz temblando ligeramente.


"Un intercambio. Un recuerdo por cada uno de ellos", respondió la voz. "Un recuerdo valioso, algo que les duela perder".


Lucas y Clara se miraron, el peso de la decisión cayendo sobre ellos una vez más. ¿Qué más estaban dispuestos a sacrificar?


"Yo... yo ofreceré mi recuerdo de la primera vez que bailé", dijo Clara, con lágrimas en los ojos.


"Fue en la fiesta de quince años de mi prima. Me sentía torpe y nerviosa, pero Martín me sacó a bailar y me hizo sentir especial. Ese recuerdo...


es uno de mis favoritos"


Lucas asintió, con el corazón apesadumbrado.


"Yo ofreceré mi sentimiento de valentía. El sentimiento que tengo cada vez que me enfrento a un desafío, el que me impulsa a seguir adelante. No quiero perder ese valor, pero... no puedo abandonarlos"


La voz siniestra pareció complacida. "Así sea. El intercambio está hecho".


El aire en la habitación se espesó, y una energía invisible envolvió a Lucas y Clara. Sintieron como si algo se arrancara de su interior, un dolor agudo y punzante.


Capítulo 12
La liberación y el eco del mañana

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Con el precio pagado, la jaula de recuerdos que aprisionaba a Martín y Elena comenzó a desvanecerse. Fragmentos de luz y color se dispersaron en el aire, liberándolos de su prisión.
"¡Lucas! ¡Clara!", exclamó Martín, corriendo hacia ellos junto con Elena.
Los cuatro amigos se abrazaron, aliviados y exhaustos. Habían superado la prueba, pagando un alto precio, pero juntos.
"Lo logramos", susurró Elena, con lágrimas de alegría corriendo por sus mejillas.
Un silencio se apoderó de ellos mientras salían de la habitación circular, dejando atrás el laberinto de Elara. La luz del exterior, aunque familiar, parecía diferente. Más brillante, más nítida. Como si sus sentidos hubieran sido reajustados.
Lucas y Clara intercambiaron una mirada, una sonrisa de triunfo y agotamiento. Habían perdido algo, sí, pero habían ganado mucho más: la vida de sus amigos.
"Lo importante es que estamos juntos", dijo Lucas, con una sonrisa cansada pero genuina. "Siempre encontraremos la forma de seguir adelante".
Martín y Elena asintieron, sus ojos reflejando la misma esperanza. Pero mientras caminaban hacia el pueblo, una extraña sensación los invadió. Pequeños detalles, casi imperceptibles, parecían fuera de lugar. Un color más vibrante en las flores, una melodía en el viento que nunca antes habían escuchado, una sombra que parpadeaba justo fuera de su visión.
¿Era la consecuencia del intercambio? ¿O el laberinto de Elara había dejado una huella más profunda de lo que imaginaban, abriendo una puerta a un mundo ligeramente distinto? La amistad los había salvado, pero la aventura, quizás, apenas comenzaba.

Capítulo 13
El bosque de los recuerdos perdidos


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La sensación extraña que los invadió al salir del laberinto persistió. El mundo era el mismo, pero a la vez, distinto. Martín y Elena sabían que algo había cambiado, algo importante. Y ese algo eran los recuerdos de Lucas y Clara.


"Tenemos que recuperarlos", dijo Martín, con determinación. "No podemos dejarlos así".


Elena asintió. "Pero, ¿cómo? ¿Dónde vamos a buscarlos?"


Una voz suave, como el susurro del viento, les llegó desde el bosque cercano. "El Bosque de los Recuerdos Perdidos. Allí encontrarán lo que buscan".


Sin dudarlo, Martín y Elena se adentraron en el bosque. Los árboles eran altos y retorcidos, sus ramas entrelazadas como dedos huesudos. La luz del sol apenas penetraba la espesa vegetación, creando un ambiente misterioso y sombrío.

A medida que avanzaban, el bosque se volvía más extraño. Flores de colores imposibles brillaban en la oscuridad, y criaturas de formas fantásticas los observaban desde las sombras.


Pero Martín y Elena no se detuvieron. Sabían que los recuerdos de sus amigos los esperaban.


Finalmente, llegaron a un claro en el centro del bosque. Allí, flotando en el aire, había unas esteras luminosas, cada una con un color y una forma diferente.


"Son los recuerdos", susurró Elena, con asombro.


¿Cómo recuperarán Martín y Elena los recuerdos perdidos de sus amigos? ¿Qué peligros les esperan en el Bosque de los Recuerdos Perdidos?


Capítulo 14
La inesperada ayuda de Elara
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Martín y Elena contemplaron las esferas luminosas, preguntándose cómo recuperar los recuerdos perdidos de sus amigos. De repente, una figura etérea apareció ante ellos. Era Elara, la guardiana del laberinto.

"¿Elara?", , preguntó Martín, sorprendido. "¿Qué


haces aquí?"


"He venido a ayudarlos", respondió Elara, su voz suave como una melodía. "Sé lo que han perdido, y sé cómo recuperarlo".


Elara les explicó que cada esfera luminosa contenía un recuerdo. Para recuperarlos, debían tocar cada esfera y revivir el momento que representaba. Pero advirtió que algunos recuerdos podrían ser dolorosos, y que debían estar preparados para enfrentar sus emociones.


Con la ayuda de Elara, Martín y Elena comenzaron su búsqueda. Tocaron las esferas una por una, reviviendo momentos felices y tristes, risas y lágrimas. Cada recuerdo los acercaba más a Lucas y Clara, pero también los obligaba a confrontar sus propios miedos y esperanzas.

¿Lograrán Martín y Elena recuperar todos los recuerdos perdidos? ¿Qué secretos revelará el Bosque de los Recuerdos Perdidos?


Capítulo 15
La intervención salvadora de Elara

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Mientras Martín y Elena se maravillaban con las esteras luminosas, un rugido estremecedor resonó en el bosque. De entre las sombras, una criatura monstruosa, con ojos rojos y garras afiladas, surgió, amenazando con devorarlos.

Martín y Elena retrocedieron, aterrorizados. Pero antes de que la criatura pudiera alcanzarlos, Elara se interpuso entre ellos y el monstruo. Sus manos brillaron con una luz dorada, y un escudo de energía los protegió del ataque.


"¡Corran! ¡Yo me encargaré de esto!", gritó Elara, su voz llena de poder.


Martín y Elena obedecieron, corriendo hacia las esferas luminosas. Mientras Elara luchaba contra la criatura, ellos tocaron las esferas restantes, reviviendo los recuerdos de Lucas y Clara. Cada recuerdo los fortalecía, dándoles la esperanza de que sus amigos volverían a ser los mismos.


Finalmente, con un último grito, Elara logró derrotar al monstruo. Exhausta pero victoriosa, se reunió con Martín y Elena.


"Lo logramos", dijo Martín, con alivio. "Gracias, Elara. Nos salvaste la vida".

"No hay de qué", respondió Elara, con una sonrisa cansada. "Ahora, es hora de devolverles sus recuerdos a Lucas y Clara"


¿Qué sucederá cuando Lucas y Clara recuperen sus recuerdos? ¿Qué secretos ocultos revelará el Bosque de los Recuerdos Perdidos?



Capítulo 16
El sacrificio de Elara

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Con el monstruo derrotado y los recuerdos de Lucas y Clara en sus manos, Elara reunió a los cuatro amigos en el centro del claro.

"Es hora de devolverles lo que perdieron", dijo Elara, con una sonrisa triste. "Pero para que sus recuerdos sean completamente restaurados, debo hacer un sacrificio".

Martín, Elena, Lucas y Clara la miraron con confusión y preocupación.

"¿Qué quieres decir?", preguntó Lucas.

"Mi energía es la que mantiene este bosque en equilibrio", explicó Elara. "Para restaurar sus recuerdos por completo, debo entregar esa energía. Eso significa... que dejaré de existir".

Las lágrimas corrieron por los rostros de los cuatro amigos. No querían perder a Elara, su amiga y salvadora.

"No tienes que hacerlo", suplicó Elena. "Debe haber otra manera".

"No la hay", respondió Elara, con firmeza. "Pero no se preocupen. Siempre estaré con ustedes, en sus corazones y en sus recuerdos".

Con una última mirada de amor y gratitud, Elara cerró los ojos y extendió sus brazos. Una luz brillante la envolvió, y su cuerpo comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en energía pura. Esa energía fluyó hacia las esferas luminosas, que a su vez se fusionaron con las mentes de Lucas y Clara.

Cuando la luz se desvaneció, Elara ya no estaba. Pero en los ojos de Lucas y Clara, brillaba un nuevo entendimiento, un reconocimiento de los momentos compartidos y el amor que los unía. Sus recuerdos habían sido restaurados, gracias al sacrificio de su amiga.



Capitulo 17
El Legado de Elara


El claro permaneció en silencio, envuelto en la magia residual del sacrificio de Elara. Lucas y Clara se miraron, con lágrimas aún en sus rostros, pero con una nueva comprensión brillando en sus ojos. Sus recuerdos habían regresado, completos y vívidos, gracias al acto


desinteresado de su amiga.


Martín y Elena se acercaron, compartiendo un abrazo silencioso con Lucas y Clara. La pérdida de Elara pesaba sobre ellos, pero también sentían una profunda gratitud por su sacrificio.


Sabían que su amiga siempre viviría en sus corazones y en los recuerdos que ahora


compartían Lucas y Clara.

En los días que siguieron, el bosque comenzó a florecer de nuevo, como si la energía de Elara hubiera revitalizado cada rincón. Lucas y Clara, guiados por sus recuerdos restaurados, se convirtieron en los guardianes del bosque, protegiéndolo de cualquier amenaza. Martín y Elena, inspirados por la valentía de Elara, continuaron explorando el mundo, llevando consigo la historia de su amiga y su sacrificio.


Y así, la leyenda de Elara perduró, contada y recontada a través de las generaciones. Su nombre se convirtió en sinónimo de valentía, sacrificio y amor incondicional. El bosque, para siempre marcado por su magia, se convirtió en un lugar sagrado, un recordatorio constante del poder del amor y la amistad.


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Capítulo 18
El Círculo Eterno

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Los años pasaron, o al menos eso parecía. Lucas y Clara, ahora adultos, habían dedicado sus vidas a proteger el Bosque de los Recuerdos Perdidos. Sus rostros reflejaban la sabiduría de incontables atardeceres y la serenidad de una existencia en armonía con la naturaleza. Martín y Elena, habiendo explorado el mundo en su totalidad, regresaron al bosque, sus cabellos canos y sus ojos llenos de historias. Los cuatro amigos, reunidos de nuevo, se sentaron bajo el árbol más antiguo del claro, donde la luz de Elara se había desvanecido.
El bosque, vibrante y mágico, era un testamento viviente al sacrificio de Elara. Las flores imposibles de Capítulo 13 brillaban con una luz aún más intensa, y las criaturas fantásticas ahora jugaban libremente alrededor de ellos, sin miedo. Parecía un paraíso, un santuario forjado por la amistad y el amor.
"Elara lo logró", dijo Clara, su voz suave. "Su legado es este lugar, esta paz".
"Y su sacrificio nos dio una segunda oportunidad", añadió Lucas, mirando a Martín y Elena con una profunda gratitud.
Martín sonrió, un brillo en sus ojos. "Siempre supimos que, de alguna manera, ella sigue con nosotros".
Elena, sin embargo, frunció el ceño. "Pero hay algo... algo que siempre me ha inquietado. El colegio San Agustín. ¿Qué pasó con él?"
Lucas se encogió de hombros. "Fue derribado hace décadas. Construyeron un parque en su lugar. Se dice que la energía oscura se disipó con la destrucción del edificio".
Una ráfaga de viento helado, extraña para la calidez del bosque, los envolvió de repente. Las flores perdieron su brillo, y las criaturas se escondieron. Un susurro, casi inaudible, pareció brotar del suelo bajo ellos.
"¿Están seguros de que todo... terminó?" La voz era familiar, infantil, y a la vez, insoportablemente antigua.
Los cuatro se levantaron de golpe. El aire se volvió denso. No era la voz de Elara. Era la voz que había habitado la pizarra en el Aula Eterna, la que había susurrado "Clase... comenzará de nuevo".
De repente, el árbol más antiguo, el que había sido el corazón de su refugio, comenzó a transformarse. Sus ramas se retorcieron, la corteza se agrietó, y lo que antes eran nudos en la madera, ahora parecían pupilas oscuras. Las raíces se alzaron del suelo, formando la silueta de una puerta antigua. No era una puerta al azar. Era idéntica a la puerta sellada del tercer piso del Colegio San Agustín.
"Llegaron tarde a clase", repitió la voz, más fuerte ahora, como si mil voces infantiles hablaran al unísono. "Ahora tendrán que quedarse para siempre".
Lucas y Clara se miraron, el horror creciendo en sus ojos. Martín y Elena palidecieron. La jaula de recuerdos, la pizarra que escribía sola, la campana oxidada... el sacrificio de Elara. Todo había sido un ciclo, una ilusión.
La puerta se abrió con un chirrido resonante, revelando un pasillo oscuro y borroso, como una copia fantasmal del original. En el fondo, una figura pequeña, con el rostro difuminado, los observaba. No era Elara. Era la misma niña de las fotografías, la que siempre estaba en la última fila, la verdadera guardiana del ciclo.
"Elara solo liberó una parte del bucle", dijo la voz desde la puerta. "La verdadera lección es que no hay escape. Solo hay comienzo y fin... que son lo mismo".
Sin previo aviso, el suelo bajo sus pies comenzó a ceder. Una fuerza invisible los arrastró hacia la puerta, hacia el pasillo borroso. Sus gritos se ahogaron en las risas infantiles que emergían del abismo.
Cuando el sol de la mañana se alzó sobre el ahora silencioso y vacío claro del bosque, cuatro nuevas fotografías aparecieron en las paredes de lo que había sido el pasillo prohibido. En la última fila de cada una, cuatro figuras borrosas se unían al coro silencioso de estudiantes atrapados. El Colegio San Agustín, aunque demolido, nunca había desaparecido realmente. Solo se había transformado, esperando a sus próximos "alumnos".
Y así, el ciclo continuaba, eterno, inexorable. En algún lugar, dos pupitres más quedaban vacíos.


FIN



AGRADECIMIENTOS @darl
Buena historia shur. A ver si publicas otra.
 
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