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En el corazón de Aragón, entre tambores y olivares, vivía Miguel Pellicer, un joven campesino de Calanda. Su destino pareció quebrarse una tarde cuando un carro le destrozó la pierna. Los cirujanos de Valencia no tuvieron elección: el miembro derecho fue amputado y enterrado en el hospital. Desde entonces, Miguel arrastró muletas y pobreza, mendigando en las puertas de la basílica del Pilar, donde rezaba con terquedad a la Virgen.
Pasaron los años. Miguel volvió a su aldea, a la casa humilde de sus padres. La vida transcurría con resignación, hasta que llegó aquella noche de marzo de 1640. El joven se acostó como siempre, cansado, con el muñón oculto bajo las mantas. Su madre entró al alba en la estancia, y lo que vio la hizo gritar: Miguel dormía profundamente… pero bajo las sábanas asomaban dos pies.
El desconcierto llenó la habitación. Miguel, al despertar, se tocó la pierna derecha y la encontró entera, tibia, con cicatrices antiguas como si hubiera estado siempre allí. La incredulidad dio paso a lágrimas y rezos. El rumor se extendió por Calanda, y pronto por todo Aragón: al cojo le había vuelto la pierna.
Las campanas repicaron sin que nadie las mandara tañer. El pueblo entero habló de prodigio. Los médicos juraron que era imposible. Los notarios levantaron acta. Y en los corazones quedó grabado que la Virgen del Pilar había obrado el más grande de sus milagros.
Desde entonces, el nombre de Miguel Pellicer dejó de ser el del “cojo de Calanda”. Fue el del hombre marcado por el misterio, el que una noche durmió lisiado y amaneció completo.