Es de esos libros que arrancas pensando que va a ser el típico cuento de casa encantada… y al final te das cuenta de que no, que Nevill juega en otra liga: la de la incomodidad lenta, la sensación de que algo está mal sin que puedas señalarlo del todo. Y lo hace en un escenario que ya da mal rollo de por sí: un edificio viejo, elegante por fuera, pero con la atmósfera de un lugar donde algo lleva pudriéndose décadas.
La historia se mueve en dos frentes. Por un lado está Apryl, una chica que hereda el piso de una tía a la que prácticamente no conocía. El apartamento es un museo de locura contenida: muebles antiguos, diarios extraños, objetos que parecen puestos para vigilar más que para decorar. Es ese típico sitio donde entras y piensas: “aquí no pasó algo bueno, seguro”.
Y por el otro lado está Seth, un vigilante nocturno del edificio, que empieza a notar que allí dentro hay cosas que no cuadran. Sus noches se vuelven raras, tensas, como si el edificio respirara, como si algo se moviera en los pasillos incluso cuando no hay nadie. O peor aún, cuando hay alguien… y no debería.
El edificio, el Barrington House, es casi un personaje más. Está lleno de gente rara, vecinos que parecen escondidos detrás de una máscara, gente que mira demasiado, que habla poco… y que saben más de lo que cuentan. Y cada vez que Apryl tira del hilo, parece que todo se vuelve más hostil, como si ese lugar no quisiera que descubriera nada.
Ese es el rollo de Nevill: no te mete sustos baratos, te mete sensación. Ese cosquilleo de “algo está entrando en tu cabeza” sin permiso. La novela es oscura, opresiva y a veces tan angustiosa que necesitas aire. Y lo hace muy bien, porque no usa monstruos evidentes ni fantasmas que chillan. Usa imágenes, silencio y unas cuantas visiones que, sin decirte nada, ya te revolven el estómago.