Primera Parte
El confinamiento
Antes de que el tiempo fluyera por todo el universo, Prometeo robó el fuego del Olimpo y se lo entregó a los hombres. Desafiando a Zeus de ese modo, sólo pretendía vengar a su padre, Jápeto, y a su hermano, Atlas, pero al hacerlo, había puesto en marcha el reloj de la Historia.
El Rey de los Dioses estaba enojado, pues sabía que la partida de ajedrez había comenzado, y movió ficha para castigar a la Humanidad. Ideó un regalo especial para los hombres y ordenó al dios Hefesto que moldeara, de arcilla, la primera mujer. Los dioses, en asamblea, decidieron colmarla de dones: Pandora era diestra, encantadora y astuta, dotada de una belleza irresistible y de una curiosidad sin límites. Zeus no quiso ser menos, y le entregó un presente final, una preciosa caja sellada, con una advertencia: "Nunca la abras”.
Pandora descendió al mundo de los mortales, portando su caja como un secreto que pesaba más que el mármol. Rendido ante su belleza, Epimeteo desoyó las advertencias de su hermano Prometeo y la tomó por esposa.
Una noche, cuando la luna bañaba el mundo en plata, Pandora escuchó un coro de voces cantarinas que parecía salir del interior de la Caja. Se resistió cuando pudo, pero la curiosidad venció su voluntad. Con manos temblorosas, Pandora levantó la tapa de la caja. Fue apenas un instante, pero suficiente. Escapó un torbellino de espectros de males antiguos que los dioses habían confinado en su interior, y se dispersó por la tierra, sembrando el caos entre los mortales. La enfermedad, la guerra, el hambre y la desesperación tiñeron el aire de un gris opaco.
Pandora cerró la caja con un grito, pero ya era tarde. Las lágrimas que rodaban por sus mejillas, le impidieron ver una tenue luz que temblaba como el latido de una vela. Era la Esperanza, agazapada en el fondo de la Caja. Desde lo alto del Olimpo, Zeus sonreía, entre el atisbo de piedad y el arranque de ironía, observando cómo lloraba la bella Pandora, con la caja casi vacía en sus manos.