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Hades, al que muchos conocían como "el invisible", no porque se escondiera, sino porque literalmente nadie lo veía, era hijo de los titanes Cronos y Rea. Fue el mayor de todos sus hermanos, aunque no por eso el más popular. Después de esa guerra bestial contra los titanes, la famosa Titanomaquia, le tocó reinar en el Inframundo. No es que se lo dieran como premio… fue más bien un "bueno, alguien tiene que hacerlo".
Su reino estaba enterrado bajo tierra, lejos de la luz del sol, lleno de sombras y almas que alguna vez fueron personas. Pero allí abajo nadie recordaba quién había sido en vida. Todos habían bebido del río Lete, el río del olvido, y vivían en una especie de niebla eterna, sin rencores ni gloria. En ese mundo no se premiaba al bueno ni se castigaba al malo… a menos, claro, que hubieras cabreado a los dioses. Entonces sí, te caía lo tuyo.
Hades tenía tres hermanas —Deméter, Hestia y Hera— y dos hermanos bastante conocidos: Poseidón, el del tridente y los mares, y Zeus, el de los rayos y las broncas. Juntos formaban la primera plantilla oficial de los dioses olímpicos. Aunque, todo sea dicho, Hades no vivía en el Olimpo. Su casa estaba mucho más abajo, en un lugar cerrado, oscuro, y del que decían que no se salía ni con mapa. Bueno, hubo tres excepciones: Hércules (en uno de sus famosos "trabajitos"), Teseo, y el músico Orfeo, que bajó por amor. Casi nada.
Entrar al reino de Hades tampoco era un paseo. Todo empezaba en la laguna Estigia, un lago tenebroso donde las almas llegaban guiadas por Hermes, que hacía de mensajero y de psicopompo (sí, palabra rara, pero significa eso: guía de almas). Allí les esperaba Caronte, un barquero con mala leche que solo remaba si le pagabas. Y no se fiaba de promesas: quería su óbolo, una moneda bajo la lengua. Si no la tenías, te quedabas por ahí, vagando sin rumbo. Vamos, una eternidad de "ni vivo ni muerto".
Una vez cruzada la laguna, te recibía Cerbero, el perro con tres cabezas. No mordía a los que entraban, pero si intentabas salir… olvídalo. Dentro, tres jueces —Minos, Radamantis y Éaco— revisaban tu vida como si fueran funcionarios del karma. Si habías sido una persona decente, podías descansar en los Campos Elíseos. Tranquilito, sin dramas. Pero si habías hecho algo gordo contra los dioses, te esperaba el Tártaro, un lugar chungo donde el castigo era eterno y sin pausas.
Y aunque Hades mandaba en todo eso, también tenía sus momentos humanos. Estaba solo, rodeado de sombras, y claro… le entraron ganas de tener compañía. Y entonces vio a Perséfone, hija de su hermana Deméter. Era hermosa, libre, iba por el campo recogiendo flores, sin sospechar nada. Y Hades… no se le ocurrió nada mejor que raptarla. Salió de las profundidades, la agarró y se la llevó al Inframundo. Tal cual.
Deméter, al descubrir que su hija había desaparecido, se volvió loca de dolor. No comía, no dormía, no dejaba crecer ni una sola planta. La tierra se secó, las cosechas se echaron a perder y los humanos empezaron a pasarlo fatal. Los dioses, que sabían que sin humanos nadie les rezaba ni les hacía ofrendas, se preocuparon. Zeus, el jefe del Olimpo, se vio obligado a intervenir y mandó a Hermes a hablar con Hades.
El dios del inframundo aceptó dejar marchar a Perséfone… pero no sin antes jugar su última carta. Le ofreció unas semillas de granada. Ella, sin saber lo que eso significaba, se las comió. Y ahí la cagó, porque cualquier cosa que comas en el Inframundo te une a él para siempre.
Así que hubo que llegar a un acuerdo. Perséfone pasaría la mitad del año con su madre, y la otra mitad como reina del Inframundo. Cuando regresaba a la superficie, Deméter se alegraba tanto que la tierra florecía (primavera y verano). Pero cuando bajaba de nuevo con Hades, Deméter se entristecía y todo se marchitaba (otoño e invierno). Y así, sin quererlo, inventaron las estaciones.
Este mito, más allá de lo turbio que pueda parecer hoy en día, encierra un simbolismo profundo: habla del ciclo de la vida y la muerte, del cambio de estaciones, de las ausencias, y de cómo incluso los dioses no pueden tenerlo todo.
Como pasa con muchos mitos griegos, hay mil versiones. Se dice que Perséfone no fue una víctima, sino que se convirtió en una reina poderosa. Otros dicen que Hades, fue uno de los dioses más justos y menos caprichosos del Olimpo. Pero en lo que todos coinciden es en que, aunque se le asocia con la muerte, Hades no era malo. Solo hacía su trabajo. En el fondo, quizá, era el más serio y responsable de todos.
(Tema remasterizado)